MP3 de la Psicofonía en la cripta (final)

julio 15, 2009

En el momento que uno de los guardia civiles presionó la tecla Play, con la cara A del cassette lista para ser escuchada, Emilio y yo decidimos alejarnos un poco de ellos y encendernos un pitillo. Aquellos tipos no sabían lo que estaban haciendo.

Habíamos negociado no bajar a la cripta porque demostramos que no habían pisadas en la arena del suelo,  ni huellas de nuestras manos sobre el polvo de las lápidas. Apelamos a sus creencias católicas implorando su caridad para con el descanso de los venerables muertos (a los que habríamos visto el careto, de haber tenido que bajar a taparles las tumbas), pero no hubo manera en lo de esperar allí dentro a escuchar el contenido de la cassette.

Finalizada la cara A por la grabación, aquellos mamelucos pusieron la cara B que no nos inquietaba en absoluto. Pero ahora estábamos oyendo ya aquello que habíamos ido a registrar en la cripta de San Frutos…

El inicio había registrado nuestra respiración al elevar el cassette, el roce de las cuerdas mientras lo descolgábamos por el foso que daba a la cripta, y luego ya, el silencio. A poco de apagar la colilla del que ya sería nuestro segundo o tercer cigarro, Emilio y yo quedamos sobrecogidos: aquella era la primera vez que habíamos obtenido nuestra propia psicofonía. Audio1.
Vale que no era una voz, pero la verdad, casi mejor. Los civiles se volvieron a nosotros para preguntarnos qué habíamos hecho. Les dije (Emilio estaba insistiéndome en que saliéramos por piernas de aquel monasterio) que “Es extraño, porque si se fijan, aquí no hay ningún objeto de madera…”

Apenas un momento antes de que la cara A llegara al final, el cassette había registrado este otro sonido: Audio2,

Hubimos de ir escoltados al cuartelillo, nos preguntaron por separado una y cien veces las mismas preguntas. Nosotros empleamos la técnica del espejo, a cada pregunta de “qué habeis venido a hacer aquí”, nosotros recordábamos que a las 12 salía nuestro autocar para Madrid. A cada pregunta de “porqué hicisteis noche allí arriba”, nosotros machacábamos como la prueba que más nos interesaba realizar antes de abandonar Sepúlveda: “Usted ha llegado a oir algo en esa cinta o estaba vacía?”. Necesitábamos salir de nuestra subjetividad; nuestro triunfo sería el testimonio de aquellos dos ceporretes.

A punto de montar en el autocar, la mujer del hostal se acercó a devolvernos el sobre que le habíamos entregado el dia anterios. Emilio soltó un: “Mierda, aún está la lacra sin romper”. ¡La guardia civil no sabía lo de las psicofonías!.  Aquella experiencia nos dejó claro dos cosas: las psicofonías existen, no porque nadie nos lo hubiera dicho, sino porque nosotros habíamos “cazado” un par de ellas. Y dos: si el registro sonoro de una psicofonía puede considerarse un dato objetivo, el método de interpretación siempre dejará mucho que desear. A mí me había respondido el guardia civil tantas veces cuantas le pregunté, que aquello era un golpe de tos. A Emilio su interrogador le había contestado que una tecla se había saltado cayendo al suelo. A nosotros sólo nos llenó de satisfacción, que dos personas corroboraban por tanto, que aquella cinta contenía sonidos. Eso nos bastó.

Psicofonías inéditas comentadas por el propio Jiménez del Oso, que dedico al causante de que este episodio de mi vida, haya acabado convertido en un post. Para PABLO BLASCO, por su cumpleaños.

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Psicofonía en la cripta del Duratón IV

julio 13, 2009

Resulta fácil comprender el simbolismo de la expresión “La luz que vence a las tinieblas” y cómo desde los albores de la humanidad, ha penetrado en nuestras mentes como un arquetipo. En verano a las 6 de la mañana, el cielo dibuja “un altre blau”; se perfila el cielo, separado de la tierra; lo que son árboles, de lo que son laderas; el agua, del lecho del río; y al tiempo que la luz rasga las tinieblas, van disipándose los miedos y resurge en nosotros la fortaleza. Evocar aquí películas como Titánic, Soy Leyenda, y las series de mi tiempo sobre comisarías de policía y hospitales, que terminaba siempre el capítulo cuando entraba el turno de la mañana y andaban todos con las tazas de café en la mano.

Habíamos superado la prueba, en Madrid nos esperaban largas tardes de verano en las que contar a los amigos nuestras hazañas. Empezaríamos a desmontar nuestra base de operaciones cuando el sol se elevara sobre el horizonte, de modo que mejor pegar un bocado antes de entrar por última vez a la iglesia a recoger nuestra grabadora. Empezaba a untar unas aplastadas rebanadas de pan de molde Panrico con mantequilla sabor a chocolate (Nocilla era sólo para bolsillos pijos), y nos pareció escuchar un extraño zumbido proveniente del otro lado de la iglesia. “¡Para!. ¿Oyes lo mismo que yo?”, me preguntó Emilio. Por un momento creí escuchar, es cierto, algo así como un ronco zumbido, pero como había ya tanta claridad como hambre le dije: “Por las mañanas NUNCA ha pasado nada Milio, joder”. Mi amigo se quedó medio convencido (pobrecito, si llego a saber lo que ocurriría después, le habría hecho caso).

Al entrar en la nave de la iglesia, las trampas que habíamos preparado nos daban luz verde para acercarnos al foso: habíamos borrado nuestras pisadas con hierbas para comprobar si “algo” había plasmado dibujos sobre la arena del suelo, los bloques de piedra desprendidos aparecían en la misma posición, el encoltorio de plástico del cassette virgen seguía donde lo habíamos dejado con una piedrecita encima, y las cuerdas que sujetaban el radio-cassette estaban tensas.
Recuperamos la grabadora: las teclas Play y Record habían saltado. Levantamos la tapa y el cassette ¡Eureka!, había llegado al final. Eso significaba que había estado 45 minutos grabando. ¿Cabía más felicidad?. Habíamos enrrollado ya casi todos los tramos de cordada, me acerqué a Emilio para que me diera sus cuerdas, e inadvertidamente rocé sus dedos: estaban húmedos y extremadamente fríos. Aquí lo llamamos “La gelor de la mort” (el frío de La Muerte”). “¿Te encuentras bien?”, le pregunté. “No tanto”, me respondió. Salí al exterior algo preocupado, parecía que se encontrara francamente mal.

Estaba metiendo las cuerdas al fondo de la mochila cuando, desde dentro de la iglesia, Emilio dió un grito desgarrador. En ese mismo instante una negra sombra cruzó corriendo a mis espaldas y sentí un aire helado que me llegó desde la nuca hasta cada punta de mis extremidades. La neurología afirma que nuestro cerebro es incapaz de tener dos pensamientos en un mismo instante (facultad reservada a la inteligencia artificial), pero creo que ese día estuve cerca de conseguirlo. Emilio se habría precipitado accidentalmente por el foso a la cripta, y yo acababa de tener una experiencia parapsicológica sensorial. Fué una micra de segundo, justo antes de que unas manos huesudas se hundieran en mis hombros, su capa rozara mi espalda y yo diese -lo confieso-  el grito menos viril que haya podido dar en toda mi vida. ¿O acaso es que después de matar a Emilio me iban a matar a mí también?.

Me giré y al ver aquel rostro me zafé y caminando de un lado a otro del muro , al tiempo que estiraba los brazos y manos hacia el suelo, repetí una y otra vez: “¡Joder!, ¡Joder!, ¡Pero joder!”. El guardia civil no me quitaba ojo de encima. Al instante apareció el pobre Emilio llevado del pescuezo por otro número de la benemérita. Al verme exclamó: “Creía que me quedaba seco del susto que me ha pegao el cabrón”. Claro, el pobre Emilio saliendo de la iglesia al tiempo que, recortándose a contra luz,  una figura con capa se abalanzaba sobre él y le agarraba del pescuezo…

Rodolfo Martín Villa, con su constumbre de salir en la única tele de España  explicando cómo identificar a ” Los ETA”: pelo largo, camisa a cuadros, pantalones vaqueros y zapatillas de deporte ¬¬ hizo que la mujer del hostal creyera ver en nosotros a dos de “Los ETA”, y tras pensarlo un poco, dió parte al cuartelillo más cercano. Por la noche habían recorrido la zona tratando de buscarnos (los destellos que creímos ser las almas de los eremitas), y cuando al clarear vieron nuestra balsa negra amarrada a los arbustos, decidieron cruzar a por nosotros en su patato-lancha  (el zumbido que dijo Emilio). Ahora el cassette con la grabación “de lo que sea”, esquivaba su obligación de volver a Madrid con Emilio y yo.

Habíamos recorrido muchos kilómetros para registrar 45 minutos de grabación en una cripta abandonada, habíamos remado contracorriente, habíamos pasado miedo, hambre, frío, y que justo cuando ya teníamos en nuestras manos el material y dábamos por finalizada la expedición, apareciera la Guardia Civil, lejos de tranquilizarnos, comenzó a presagiar una más terrible pesadilla que la de haber pasado allí la noche. Comenzamos a temer lo peor sobre el destino de nuestra cassette.

Sí porque claro, esto no es américa ¿sabes?. En las películas catastrofistas americanas, cuando la situación llega a un punto insostenible y el fin del mundo parece inevitable, siempre surge un menda de entre la multitud al que la policía intercepta diciéndole: “¡Alto ahí, está prohibido el paso!, dónde cree que va”. Y el menda responde: “Soy, ciudadano de los estados unidos de américa”, y ya sabes que a partir de ese momento a los malos les va a ir de puta pena, los buenos van a hacer muchas explosiones, y al final el bien y la verdad triunfan sobre el mal y tal. PUES NO: aquí los de la benemérita sólo nos dieron dos órdenes: 1) que Emilio y yo teníamos que bajar a la cripta a poner bien las lápidas y 2) que mientras, ellos oirían el contenido de esa cassette para saber qué ocultábamos.

Osea, total y casi nada: sabiendo que si hubiéramos tenido la suerte de captar una psicofonía  (cosa improbable) , cuando empezara a escucharse ellos iban a ser los primeros en salir corriendo ladera abajo dejándonos sólos en la cripta, encima tener que acercarnos a unos sepulcros medio abiertos con el alma en vilo mientras ellos allá arriba oían “la nada” , pero que si después empezaban a oirse psicofonías a todo volúmen, nosotros allá abajo, abandonados por la benemérita, rodeados de tumbas y con los gritos de los muertos sonando a todo trapo. No, el cine en España no es como el de América.

Himno de la Guardia Civil


Psicofonía en la cripta del Duratón III

julio 12, 2009

Si han viajado a lugares donde se producen fenómenos paranormales se habrán percatado que, por más fuerzas telúricas que existan en la zona, a plena luz del dia nada invita al miedo ni se siente inquietud alguna. Remábamos en bañador pendientes de las horas de luz solar que nos quedaban sí, pero lo suficientemente relajados como para buscar las “bocas” negras en las laderas del Duratón, porque sabíamos que esos huecos negros indicaban que pasábamos por delante de una de las cuevas donde vivieron en su época los eremitas templarios. Emilio y yo relatábamos en voz alta pasajes de la historia sepulvedana, el eco nos divertía, y nuestra pasión por las historias de caballeros templarios, batallas, monasterios asaltados, etc, se desataba conforme nos adentrabamos en las aguas que ya lamían la ladera del priorato.

Amarramos la balsa a unos arbustos al pie del peñasco e iniciamos la subida a pie entusiasmados. Al coronar el ascenso, las ruinas del monasterio, el silencio, el viento soplando en nuestros oídos, la satisfacción de haber logrado nuestro sueño escolar, el paisaje de tanta hermosura que contemplaban nuestros ojos, nos hizo comprender definitivamente el empeño de un puñado de hombres por erigir, en aquel lugar, un priorato.

Nos adentramos en lo que quedaba de la nave principal de la iglesia, y ante nuestros ojos apareció el foso, en medio del suelo, que daba acceso a la cripta donde estaban sepultados los monjes benedictinos. Calculamos los pasos necesarios para entrar y salir de la iglesia por si fallaban las linternas, los metros de cuerda necesarios para bajar el radio-cassette que habría de registrar una hipotética psicofonía, removimos algunos bloques de piedra desprendidos para la sujección y otros para señalar el límite al que podíamos aproximarnos al foso sin correr peligro de caernos. Siempre habíamos pergeñado la idea de bajar a la cripta, colocar el cassette encima de uno de los sepulcros (algunas lápidas, ciertamente, estaban abiertas), y pernoctar allí pero, sinceramente, una vez dentro del priorato, nos convencimos de que “¡Y una mierda, bajo yo ahí!”.

Cerca de la media noche, nos acercamos al foso abierto que daba a la cripta. Desprecintamos la cassette, la introdujimos y pulsamos las teclas Play y Record. Descolgamos el radiocassette tres metros, para que quedara suspendido en mitad de la cripta. Anudamos las cuerdas a los pedruscos que habíamos preparado al efecto. Nos alejamos cuanto pudimos para alcanzar la salida al exterior d la nave, y una vez al raso nos acurrucamos junto al camping-gas aplastando nuestra espalda contra un murete. Aquella noche allí no iba a dormir ni el Tato.

A pesar de la maravillosa noche estrellada, a pesar de la luz de la luna, a pesar de las viandas que descansaban olvidadas en el fondo de nuestras mochilas, a pesar de ser una mágica noche de verano, pensamientos sombríos se iban apoderando poco a poco de nosotros. Primero fue un mal presagio de que en los 45 minutos que duraba la cinta no se grabara nada, pero que de madrugada empezaran a producirse voces, gritos audibles, o fenómenos paranormales sin que -a oscuras- pudiéramos escapar. . Después nuestros negros pensamientos se transformaron en culpabilidad: que si habíamos ido demasiado lejos con nuestra afición a estas cosas, que nosotros éramos de Madrid y quieras que no aquello no era Madrid sino un pueblo perdido en la provincia de Segovia, que cualquier desalmado podría habernos seguido desde lo alto de las hoces que bordean el priorato sin que nosotros nos hubieramos apercebido entretenidos como estábamos remando con la balsa, o algo que en España en aquella época no era inusual: la existencia de perros sueltos que hubieran contraído la rabia y por la noche nos vinieran a atacar.

Ya de madrugada (la cinta habría dejado de grabar), empezamos a observar un extraño fenómeno, una especie como de destellos ténues asomaban por los promontorios que coronaban las hoces, al otro lado del río. Emilio me ofreció su mano, nos estrechamos la mano con una fuerza inusitada. Creo que jamás unos ojos han podido transferir más gigas de información en apenas unos segundos, que los nuestros en aquel instante. Íbamos a apagar el camping.gas para descartar que los destellos fueran un efecto óptico por estar tanto rato pegados a su luz. Pero suponía quedarnos a oscuras en aquel priorato, y nuestras miradas silenciosas gritaban que los ténues destellos perfectamente podrían ser las almas de los eremitas de las cuevas; que algo incluso peor nos ocurriría si decidiesen cruzar el Duratón, porque no lo harían precisamente nadando, sino que se dirigirían volando sobre las hoces hasta el punto donde nos encontrábamos, habría que fijarse en qué momento una primera luz nos pareciera que “flotaba” en el aire en vez de seguir la cota del horizonte; que si venían por propia iniciativa, o estaban siendo reclutados por los cadáveres de los monjes de la cripta que yacían bajo nuestros culos. Ríanse ustedes si quieren, pero al apagar el camping-gas las luces allí estaban otra vez.


Psicofonía en la cripta del Duratón II

julio 10, 2009

Así como ahora la gente se niega a quedar o viajar con descoñocidos, en mi época se montaban las excursiones de improviso, precisamente para convertirnos en coñocidos, aquellos que no nos coñocíamos de nada. Venía uno y nos decía: “Oye que dicen unos de Hortaleza que si nos vamos con ellos a La Pedriza”, y dicho y hecho: a la vuelta las dos pandillas de los dos barrios ya éramos como una piña. La ocasión se daba por buena para aumentar una banda de barrio. Puede que por eso haya tanta gente en Facebook que se sorprende cuando les agrego “para” conocerles. Dicen “Pero si no te conozco de nada”, y yo respondo: “Coño, por eso mismo, si las redes sociales no sirven para socializarnos, no sirven de nada”.

El coraje también es ajeno a estos tiempos que corren, así como la natural confianza. Recuerdo hace un par de veranos, tomando de postre un helado en Sagunto, seis personas (distinta procedencia, distintas edades, distinto todo) completamente calladas, Dije: “Podríamos ir a cenar a Andorra, así a los postres en vez de estar todos callados, seguro que hablamos como cotorras”. “¿Estás loco?” me dijeron, “¿Irnos hasta Andorra a estas horas, así, sin pensar?”. Al rato ya estábamos en la autopista dirección Reus. Y efectivamente, aquella noche en Andorra tras la cena, la tertulia fue de lo más animada. La mitad de aquellas personas no se habían atrevido jamás a hacer una cosa igual, en mí es algo inherente a mi demencia senil. No es que viajar sea una terapia, es que en el fondo, tenemos un miedo terrible a nuestra libertad. Emilio y yo, no nos conocíamos de nada, y nada teníamos en común: nos hicimos inseparables en el colegio porque ambos adorábamos el medioevo. Por eso queríamos ahora entablar “amistad” con los benedictinos enterrados en las Hoces del Duratón, pero lo que no sospechábamos es que se iban a interponer los templarios..

Emilio y yo salimos hacia Segovia a las seis de la mañana. Radio-cassette, cinta virgen sin ni siquiera retirar el precinto plástico en que venía cuando la compramos la tarde anterior, y poco más. Camping-Gas porque, aunque en las películas siempre hay una ráfaga de viento que apaga las mechas en los momentos de más pavor, los campos de fuerzas telúricas suelen inutilizar los aparatos eléctricos. No obstante me llevé dos linternas, si quiera para cuando hubiera que empezar a bajar a aquella cripta en la que, se decía, las lápidas de algunas sepulturas ya estaban rotas.

En el autocar de La Sepulvedana íbamos repasando nuestra bitácora, en la que habíamos anotado todo como si de un viaje espacial se tratara. Y al igual que en las re-entradas en la atmósfera tras un viaje a la luna, teníamos un sólo plan para la ida, pero varias opciones para bajar escapar de aquel monasterio según nos fuera aquella – para nosotros- auténtica noche de Valpurgis. Al aproximarnos a Sepúlveda, la fantasmagórica imagen de las hoces a lo lejos, hizo que se nos acelerara el corazón. Dejamos un sobre lacrado (éramos geniales, de verdad jajaja) en el Hostal del pueblo, donde se recogían nuestras últimas voluntades y la verdadera intención de nuestro viaje. Le dijimos a la mujer que nos atendió que si al dia siguiente a las 12 del mediodía no habíamos aparecido que abriera el sobre y ella ya sabría lo que tenía que hacer. Hecho esto, sólo nos quedaba bajar al río a estrenar la lancha.