Blanca Vilela. Tú al plato, yo a un relato

noviembre 12, 2009

Todas las comparaciones son odiosas, de modo que no voy a equipararme con Frederick Tácito. Soy viejo y lerdo pero no padezco la estultícia del soberbio, de modo que no cito a Frederick Tácito por el autobombo. Aprecio más de lo que él entiende a Frederick Tácito, pero otros me han visto entrar a saco en este mismo tema, porque lo mío es ya una cruzada contra el autoendiosamiento cibernético y las letras españolas, como Rimbaud orinaba sobre los libros abiertos de Moliere y Dumas. Este surealismo rimbaudiano mío que practico y la edad, son cosas que me separan del Señor Frederick Tácito. Pero señora Blanca Vilela, sepa que escribo este post como lector de Tácito, no como “fan”. Él, porque no lo necesita, usted porque me parece que lo suyo no tiene nombre.

Columnistas del diario “Levante EMV” publicando con su nombre y apellidos, textos sobre la “Mierdosfera” refiriéndose al mundo de los blogs, blogueros “pro” de esos del EBE, y algún/una reconocido/a escritor/ora contemporáneo/ánea (nunca les llamen modernos porque no llegan ni al betún de los zapatos del modernismo), me han entrado con el ritual “yo no me escondo detrás de ningún nick”. ¿Habremos inventado nosotros los pseudónimos?, Es más, ¿Camilo José Cela -su mentor, señora Vilela- no le enseñó la diferencia entre nickname y pseudónimo?. ¿Acaso quienes más los usaron no eran como nos, vulgares aficionados más llenos de inspiraciones que de aspiraciones?. “Yo no me escondo detrás de ningún nick”. ¡Ni yo me escondo tras unos apellidos consagrados, que es vuestra única coartada para que os paguen por escribir memeces sobre tanto cuánto desconoceis!.

Señora Blanca Vilela, venir a estas alturas con que “fue una cosa de la imprenta”, la coloca en la misma estantería que Ana Rosa Quintana, plagiadora oficial del Reyno de España, con aquello de “fue una cosa del sistema informático”, o Lucía Etxebarría (do más grande corta-pega de las letras hispanas), con su “fue una cosa del procesador de textos”. Eso ya dice mucho de usted pero, puesto que otorga el epíteto “rastrero” al Sr. Frèderick Tàcito, atienda a lo que ha hecho usted.

Fréderick Tácito crea contenidos de su puño y letra, mas no seré yo quien el dia de mañana ofrezca por internet su único y escueto correo electrónico que me envió, para demostrar que tuve trato de amistad con él. Soy viejo, mas por ello obligado a dejar en buen lugar a los de mi edad. Los viejos no traicionamos una amistad vendiendo un par de frases a cambio de reconocimiento. Niega el desaire a Yolanda Castaño y se ofrece a hacer público un  mail que recibió de ella para demostrar su amistad. Los que empleamos un pseudónimo en internet jamás cometeríamos semejante infamia con un amigo, señora. ¡Ni las quinceañeras de Tuenti hacen eso!. Que venga usted con la metralla de sus menciones honoríficas, premios, conferencias internacionales, etc no es sino esconderse tras un apellido consagrado. Y su semifinalista “Premio Internacional Rubén Darío” a cuestas, empleando la expresión “emilio” (por correo electrónico) para entrarle en plan colegueo a Fréderick Tácito, es de lo más penoso, lamentable y al tiempo revelador. Señora Vilela, no soy escritor, pero como viejo y en nombre de otros viejos que convivimos en internet con autores jóvenes le digo: compórtese en internet atendiendo a su edad coño: con honor.

Afirmaciones de que puede permitirse el lujo de publicar un libro al año “no como otros” en varias editoriales porque usted lo vale, y por tanto identificar toda  crítica literaria negativa como fruto de la sola envidia… entre los bloggers españoles -por desgracia- de eso ya andamos servidos, para más de lo mismo no la necesitamos a usted. Cierto blogger mexicano, lo habría resuelto de un plumazo con el tan manido (como mentiroso), concepto de “troll”. Las personas que como él y usted, señora Blanca Vilela, tienen tan exígua masa encefácila que no llegan más que para hacer esta suma: “me critica + usa un nickname = eres imbécil, eres un troll”,  tenían que tener prohibido el acceso a internet. Escupirle al Sr Friéderick Tácito sus 21 años ¿Sabes?: “aún te queda mucho por aprender” es, sencillamente, una falta de educación.

Por último, voy a hablar de lo peor, de lo que no tiene nombre. Jamás he pertenecido al círculo de amistades de Fréderick Tácito. Jamás, voto a bríos,  he tenido trato con nadie de su familia. Pero no por ello eludo una defensa que me parece obligada, a tenor de un suceso personal que me ha sangrado leyendo el post (esto no debiera seguir ocurriendome, a mi edad no, por favor).
Sólo la muerte vió el final de nuestra guerra. No sé en qué coño de gen del ADN de los putos fachas españoles, se esconde la alusión (voy suave señora, no crea; debería haber empleado la expresión “amenaza”) a la familia de uno, para hacerle callar la boca. Su “Ya sé quienes te rodean” dirigido a Frèderick Tácito, me recuerda a un “ahora ya sabemos quienes son tus amigos” que me enviaron via Twitter hace año y medio a raíz de una agria polémica sobre domainers y blogs. Usted no lo sabe, doña sabelotodo, el malnacido que me envió aquel mensaje tampoco, pero esas fueron justo las palabras que escuchó mi abuelo antes de ser fusilado en la Ciudad Universitaria, durante la guerra civil española. No, no me entre ahora por la vena del: “revanchismo” “demagogia”, “yo no fui…”. Sólo me he preguntado muchas veces, y se lo digo con un nudo en la garganta, porqué cojones mis ojos han de seguir soportando que los nietos de los fascistas españoles, aún podais hablarnos, en pleno s.XXI, igual que vuestras familias le hablaron a nuestros abuelos.

los_ojos_de_un_niño_que_lo_vio_todo

escuchaba mientras posteé: esto

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Psicofonía en la cripta del Duratón II

julio 10, 2009

Así como ahora la gente se niega a quedar o viajar con descoñocidos, en mi época se montaban las excursiones de improviso, precisamente para convertirnos en coñocidos, aquellos que no nos coñocíamos de nada. Venía uno y nos decía: “Oye que dicen unos de Hortaleza que si nos vamos con ellos a La Pedriza”, y dicho y hecho: a la vuelta las dos pandillas de los dos barrios ya éramos como una piña. La ocasión se daba por buena para aumentar una banda de barrio. Puede que por eso haya tanta gente en Facebook que se sorprende cuando les agrego “para” conocerles. Dicen “Pero si no te conozco de nada”, y yo respondo: “Coño, por eso mismo, si las redes sociales no sirven para socializarnos, no sirven de nada”.

El coraje también es ajeno a estos tiempos que corren, así como la natural confianza. Recuerdo hace un par de veranos, tomando de postre un helado en Sagunto, seis personas (distinta procedencia, distintas edades, distinto todo) completamente calladas, Dije: “Podríamos ir a cenar a Andorra, así a los postres en vez de estar todos callados, seguro que hablamos como cotorras”. “¿Estás loco?” me dijeron, “¿Irnos hasta Andorra a estas horas, así, sin pensar?”. Al rato ya estábamos en la autopista dirección Reus. Y efectivamente, aquella noche en Andorra tras la cena, la tertulia fue de lo más animada. La mitad de aquellas personas no se habían atrevido jamás a hacer una cosa igual, en mí es algo inherente a mi demencia senil. No es que viajar sea una terapia, es que en el fondo, tenemos un miedo terrible a nuestra libertad. Emilio y yo, no nos conocíamos de nada, y nada teníamos en común: nos hicimos inseparables en el colegio porque ambos adorábamos el medioevo. Por eso queríamos ahora entablar “amistad” con los benedictinos enterrados en las Hoces del Duratón, pero lo que no sospechábamos es que se iban a interponer los templarios..

Emilio y yo salimos hacia Segovia a las seis de la mañana. Radio-cassette, cinta virgen sin ni siquiera retirar el precinto plástico en que venía cuando la compramos la tarde anterior, y poco más. Camping-Gas porque, aunque en las películas siempre hay una ráfaga de viento que apaga las mechas en los momentos de más pavor, los campos de fuerzas telúricas suelen inutilizar los aparatos eléctricos. No obstante me llevé dos linternas, si quiera para cuando hubiera que empezar a bajar a aquella cripta en la que, se decía, las lápidas de algunas sepulturas ya estaban rotas.

En el autocar de La Sepulvedana íbamos repasando nuestra bitácora, en la que habíamos anotado todo como si de un viaje espacial se tratara. Y al igual que en las re-entradas en la atmósfera tras un viaje a la luna, teníamos un sólo plan para la ida, pero varias opciones para bajar escapar de aquel monasterio según nos fuera aquella – para nosotros- auténtica noche de Valpurgis. Al aproximarnos a Sepúlveda, la fantasmagórica imagen de las hoces a lo lejos, hizo que se nos acelerara el corazón. Dejamos un sobre lacrado (éramos geniales, de verdad jajaja) en el Hostal del pueblo, donde se recogían nuestras últimas voluntades y la verdadera intención de nuestro viaje. Le dijimos a la mujer que nos atendió que si al dia siguiente a las 12 del mediodía no habíamos aparecido que abriera el sobre y ella ya sabría lo que tenía que hacer. Hecho esto, sólo nos quedaba bajar al río a estrenar la lancha.