Psicofonía en la cripta del Duratón II

julio 10, 2009

Así como ahora la gente se niega a quedar o viajar con descoñocidos, en mi época se montaban las excursiones de improviso, precisamente para convertirnos en coñocidos, aquellos que no nos coñocíamos de nada. Venía uno y nos decía: “Oye que dicen unos de Hortaleza que si nos vamos con ellos a La Pedriza”, y dicho y hecho: a la vuelta las dos pandillas de los dos barrios ya éramos como una piña. La ocasión se daba por buena para aumentar una banda de barrio. Puede que por eso haya tanta gente en Facebook que se sorprende cuando les agrego “para” conocerles. Dicen “Pero si no te conozco de nada”, y yo respondo: “Coño, por eso mismo, si las redes sociales no sirven para socializarnos, no sirven de nada”.

El coraje también es ajeno a estos tiempos que corren, así como la natural confianza. Recuerdo hace un par de veranos, tomando de postre un helado en Sagunto, seis personas (distinta procedencia, distintas edades, distinto todo) completamente calladas, Dije: “Podríamos ir a cenar a Andorra, así a los postres en vez de estar todos callados, seguro que hablamos como cotorras”. “¿Estás loco?” me dijeron, “¿Irnos hasta Andorra a estas horas, así, sin pensar?”. Al rato ya estábamos en la autopista dirección Reus. Y efectivamente, aquella noche en Andorra tras la cena, la tertulia fue de lo más animada. La mitad de aquellas personas no se habían atrevido jamás a hacer una cosa igual, en mí es algo inherente a mi demencia senil. No es que viajar sea una terapia, es que en el fondo, tenemos un miedo terrible a nuestra libertad. Emilio y yo, no nos conocíamos de nada, y nada teníamos en común: nos hicimos inseparables en el colegio porque ambos adorábamos el medioevo. Por eso queríamos ahora entablar “amistad” con los benedictinos enterrados en las Hoces del Duratón, pero lo que no sospechábamos es que se iban a interponer los templarios..

Emilio y yo salimos hacia Segovia a las seis de la mañana. Radio-cassette, cinta virgen sin ni siquiera retirar el precinto plástico en que venía cuando la compramos la tarde anterior, y poco más. Camping-Gas porque, aunque en las películas siempre hay una ráfaga de viento que apaga las mechas en los momentos de más pavor, los campos de fuerzas telúricas suelen inutilizar los aparatos eléctricos. No obstante me llevé dos linternas, si quiera para cuando hubiera que empezar a bajar a aquella cripta en la que, se decía, las lápidas de algunas sepulturas ya estaban rotas.

En el autocar de La Sepulvedana íbamos repasando nuestra bitácora, en la que habíamos anotado todo como si de un viaje espacial se tratara. Y al igual que en las re-entradas en la atmósfera tras un viaje a la luna, teníamos un sólo plan para la ida, pero varias opciones para bajar escapar de aquel monasterio según nos fuera aquella – para nosotros- auténtica noche de Valpurgis. Al aproximarnos a Sepúlveda, la fantasmagórica imagen de las hoces a lo lejos, hizo que se nos acelerara el corazón. Dejamos un sobre lacrado (éramos geniales, de verdad jajaja) en el Hostal del pueblo, donde se recogían nuestras últimas voluntades y la verdadera intención de nuestro viaje. Le dijimos a la mujer que nos atendió que si al dia siguiente a las 12 del mediodía no habíamos aparecido que abriera el sobre y ella ya sabría lo que tenía que hacer. Hecho esto, sólo nos quedaba bajar al río a estrenar la lancha.

Anuncios

Psicofonía en la cripta del Duratón

julio 9, 2009

Madrid, julio de 1977, son las cuatro de la tarde en el reloj del andén del metro. Me instalo, aburrido, en uno de los asientos de la izquierda de un vagón semivacío. Silencio. En la siguiente estación se abren las puertas y entra un tipo que al reparar en mí exclama: “¡Tú, rata inmunda, la has cagao!”. Era Emilio, antiguo compañero de clase, teníamos una cuenta pendiente que saldar. En los asientos de la derecha del vagón, abrió rápidamente un cuaderno y escribió compulsivamente una nota que, en silencio y tras incorporarse lo justo para pasármela, estampó sobre mi pecho. Ponía: “La tengo”. Hice un gesto reclamándole el boli que me lanzó certero. Escribí lo más rápido que pude: “¿Pelas?”. Le entregué la cuartilla aplastándola sobre su pecho, y le pasé el boli cuando me lo pidió, de igual modo que él me lo había lanzado a mí. Escribir y entregar: “500 pts”. Esta vez se pasó un pelín al estamparme el papel de marras. Le reclamé el boli de nuevo y en el poco espacio que quedaba para escribir le metí la puya: “No tienes cojones”. Antes de que le diera tiempo a escribirme su respuesta, se abrieron las puertas del vagón. Nos bajamos en la parada tan a prisa como si se hubiese iniciado para nosotros una cuenta atrás. “Es justo la que necesitamos, hinchable, dos plazas, suficiente para alcanzar la orilla del monasterio”. Nos cambiamos de andén mientras le decía: “Macho, lo peor va a ser que mis padres aflojen las 500 pesetas”. Emilio me dijo:”Déjalo en mis manos que soy especialista en dar pena a las madres” A lo que yo repliqué: “Nosotros sí que vamos a dar pena, cuando aparezcan nuestros cadáveres en aquella cripta, con los ojos desencajados y más secos que la mojama”, y por las mismas nos dispusimos a regresar cagando leches a mi barrio. Así, como si no hubieran pasado tres años desde la última vez que nos vimos, Y es que, aquella excursión a las Hoces del Duratón para realizar unas psicofonías en la cripta abandonada del Priorato de San Frutos, la teníamos pendiente desde la escuela elemental. Aquel encuentro fortuíto de dos críos locos, que urdieron la aventura en lo que da de sí una parada de metro, haría que aquel verano les dejara un espeluznante recuerdo para el resto de sus vidas.

Nuestro pensamiento científico nos había desencantado de Erick Von Daniken y de Jiménez del Oso. Por ejemplo, si en todos los lugares donde se cometieron asesinatos durante la guerra civil tuvieran que aparecer caras como las de Bélmez de la Moraleda, las cocinas de España lucirían unos estampados de órdago. ¿Porqué todo lo paranormal es siempre un relato en pasado?. Iker Jiménez pasaría mucha hambre si no se hubiese dedicado a la re-edición de las historias de Jiménez del Oso, Von Daniken, etc. Nosotros buscábamos tener una experiencia actual y propia. Nuestro bagaje cultural hundía sus raíces en la literatura y no en fanzines del sector. Tradición oral, en el caso de Emilio, cuya familia era toda ella gallega y se sabía un par de buenas tradiciones, Edgar Alan Poe (sí, en aquella escuela no leíamos a Harry Potter ni SuperKika ¡Laus Deo!), y servidor -siempre más modesto- que me aterrorizaban las Leyendas de Bécquer, leídas a la luz de una vela por aquello del Zeitgeist. Y es que no toda verdad ha de ser científica: el conocimiento, aun no siendo ciencia, contiene su propia verdad.