Psicofonía en la cripta del Duratón

julio 9, 2009

Madrid, julio de 1977, son las cuatro de la tarde en el reloj del andén del metro. Me instalo, aburrido, en uno de los asientos de la izquierda de un vagón semivacío. Silencio. En la siguiente estación se abren las puertas y entra un tipo que al reparar en mí exclama: “¡Tú, rata inmunda, la has cagao!”. Era Emilio, antiguo compañero de clase, teníamos una cuenta pendiente que saldar. En los asientos de la derecha del vagón, abrió rápidamente un cuaderno y escribió compulsivamente una nota que, en silencio y tras incorporarse lo justo para pasármela, estampó sobre mi pecho. Ponía: “La tengo”. Hice un gesto reclamándole el boli que me lanzó certero. Escribí lo más rápido que pude: “¿Pelas?”. Le entregué la cuartilla aplastándola sobre su pecho, y le pasé el boli cuando me lo pidió, de igual modo que él me lo había lanzado a mí. Escribir y entregar: “500 pts”. Esta vez se pasó un pelín al estamparme el papel de marras. Le reclamé el boli de nuevo y en el poco espacio que quedaba para escribir le metí la puya: “No tienes cojones”. Antes de que le diera tiempo a escribirme su respuesta, se abrieron las puertas del vagón. Nos bajamos en la parada tan a prisa como si se hubiese iniciado para nosotros una cuenta atrás. “Es justo la que necesitamos, hinchable, dos plazas, suficiente para alcanzar la orilla del monasterio”. Nos cambiamos de andén mientras le decía: “Macho, lo peor va a ser que mis padres aflojen las 500 pesetas”. Emilio me dijo:”Déjalo en mis manos que soy especialista en dar pena a las madres” A lo que yo repliqué: “Nosotros sí que vamos a dar pena, cuando aparezcan nuestros cadáveres en aquella cripta, con los ojos desencajados y más secos que la mojama”, y por las mismas nos dispusimos a regresar cagando leches a mi barrio. Así, como si no hubieran pasado tres años desde la última vez que nos vimos, Y es que, aquella excursión a las Hoces del Duratón para realizar unas psicofonías en la cripta abandonada del Priorato de San Frutos, la teníamos pendiente desde la escuela elemental. Aquel encuentro fortuíto de dos críos locos, que urdieron la aventura en lo que da de sí una parada de metro, haría que aquel verano les dejara un espeluznante recuerdo para el resto de sus vidas.

Nuestro pensamiento científico nos había desencantado de Erick Von Daniken y de Jiménez del Oso. Por ejemplo, si en todos los lugares donde se cometieron asesinatos durante la guerra civil tuvieran que aparecer caras como las de Bélmez de la Moraleda, las cocinas de España lucirían unos estampados de órdago. ¿Porqué todo lo paranormal es siempre un relato en pasado?. Iker Jiménez pasaría mucha hambre si no se hubiese dedicado a la re-edición de las historias de Jiménez del Oso, Von Daniken, etc. Nosotros buscábamos tener una experiencia actual y propia. Nuestro bagaje cultural hundía sus raíces en la literatura y no en fanzines del sector. Tradición oral, en el caso de Emilio, cuya familia era toda ella gallega y se sabía un par de buenas tradiciones, Edgar Alan Poe (sí, en aquella escuela no leíamos a Harry Potter ni SuperKika ¡Laus Deo!), y servidor -siempre más modesto- que me aterrorizaban las Leyendas de Bécquer, leídas a la luz de una vela por aquello del Zeitgeist. Y es que no toda verdad ha de ser científica: el conocimiento, aun no siendo ciencia, contiene su propia verdad.

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