Jesús, María y José

septiembre 19, 2008

Mira, dí “Jesús, María y José” y verás como ni te enteras. La voz de nuestras madres se tornaba plañidera como si maullara un gatito, el cuerpo lleno de sonrosadas huellas del forcejeo, la cama deshecha que parecía un campo de batalla: “Jesús, María y José” y nos lo bebíamos todo de golpe. -“¡Muy bien! ¿Ves, lo ves tú?. Ahora quédate quietecito, no te muevas, no pienses en ello, la mamá va a hacer que la habitación esté a oscuras”, decía melosa adrezando la cama. “¡Si vomitas te mato!”, nos decían cambiando el gesto y sobre todo el tono de voz en milesímas de segundo… Tal les duraba la congoja que habían fingido. 

La ciencia adelanta que es una barbaridad, tanto que parece ya pura magia. En las casas ya no se recomiendan purgas, el primer dia de clase ya no es -dicen- una experiencia melancólica para los escolares más pequeños. Ahora bien, en la vida de las personas quedan todavía muchas purgas que tragar, más que antes, incluso, al menos cuanto más viejo me hago con más claridad lo veo así. Y estas experiencias de “O lo tragas o te lo tragas” , no cabe taparse la nariz, esconder la cabeza bajo las sábanas, o cerrar la boca con tozudez, ni refugiarse en la compasión de las ayas o nuestras madres.

Cuántas veces, cuando quiero emprender alguna cosa que me parece terroríficamente difícil, me acuerdo de mi madre y de aquella invocación, cuyo significado tardé algunos años en comprender. Para mí siempre había sido una palabra cabalística sin sentido que pudiera relacionarla con la ingesta de una purga: a mis oídos sonaba como un “Ábrete Sésamo” de los 40 ladrones o el “abracadabra” de los brujos de los relatos infantiles en noches de otoño con el viento silbando en mi ventana. Así pues, cuando tengo alguna dificultad, y sólo para mis adentros, en voz baja si hay gente delante, y a plena voz cuando estoy sólo en casa o conduciendo el coche digo, y ahora dicho bien: “Jesús, María y José”, como niño que se enfrenta a su primer dia de clase.


Las madres del ayer

septiembre 16, 2008

Faltaba por utilizar una temible apelación que a nuestras madres nunca les fallaba: “¿Quieres que se lo diga tu padre?”. No, quiero decírselo porque te matará y a mí también por consentidora, que !toda la culpa la tengo yo, solamente yo!. Si esta mañana tu hubiera llevado arreando a la escuela no estaría pasando este sofoco. Acababan llorando; bueno, haciendo que lloraban tapándose la cara con las manos y haciendo gemidos que ya conocíamos de otras veces. Pero, curiosamente, a los niños de antes nos bastaba ver a las madres hacer semejante amago de llantina para que se nos rompiera el corazón y, temblando de miedo y fastidio accedíamos a sus requerimientos al fin. Años más tarde las psicólogas “modernas” prohibieron a nuestras madres utilizar ese recurso de amago de llorar. Lo tacharon de chantaje emocional ¡pernicioso para los dioses-niños! y claro, así les va ahora a las pobres madres.

Sentados en la cama (¡qué frío notábamos en la espalda!) nos envolvían cuello y brazos con uno de aquellos delantales de tela de saco, que usaban para llevar la tierra, porque la experiencia dictaba aquella especie de precauciones para la defensa de la pulcritud del dobladillo de la sábana. Acartonado de almidón del que sobresalían los “granos”: barrocas letras con las iniciales de nuestro nombre, escritas en hilo rojo.

El miedo, el deseo de quedar bien delante de nuestras madres, tan queridas a pesar de todo, el terrible fantasma de un padre indignado, hacía que al final nos hiciésemos el ánimo para el sacrificio. Pero el estómago y toda la parte irracional presentaba una dura resistencia y la garganta se cerraba desobediente a la orden de nuestra mente cuando se acercaba a los labios el tazón sanguinario.

Nuestras madres tenían alternativas de suntuosa melifuidad y de drásticos espartanismos y mientras “aquello” iba enfriándose y el aceite de ricino subía a la superficie, había una tregua en la lucha, con tal de que la chucharilla intentara de nuevo mezclarlo con el café y así se pudiera conseguir la imposible emulsión.

Al fin, después de la última batalla, que duraba medio día, nos aveníamos a acabar de una vez, cansados y aburridos, convencidos de que nuestra lucha era inútil. Frente a la dura realidad de aquella fe en la bondad de las purgas -nuestras madres eran el más claro ejemplo de ese credo- estaba nuestra resistencia a engullir el brebaje cesaba.

Сергей Рахманинов Variation nº 18. Rhapsody on a theme by Paganini


Las tetas de las ayas eran nuestro consuelo

septiembre 14, 2008

No había transcurrido una hora desde nuestro despertar cuando se encendía la luz de la habitación, o se abría de par en par la ventana llenándola con su insolente iluminación de los pre-otoñales rayos del sol. Nuestras madres aparecían con la temida tacita, campaneando dentro la cucharilla que removía continuamente el aceite de ricino, con un imposible empeño: hacer que se mezclara con el café, que lucía por encima “medallones” de grasa flotante.

El primer movimiento instintivo, era taparnos cabeza y todo al ver aparecer la temible poción. Primero era a las buenas, con besitos y ñoñerías; intentaban convencernos diciendo que aquello era bueno para la salud e  incluso que no hacía mal gusto: en la cocina lo habían probado ellas y no tenía gusto a nada. Mentían sin escrúpulos.

-¡Ah!, de modo que…¿no te lo crees? -decían haciéndose las ofendidas por nuestra falta de confianza. Cuando la cosa se iba poniendo peor, pedían a gritos la ayuda del servicio. – “¡Carmenciiín!, ¡Consuelitooo ! . Venid, que no puedo con él”. Subían las ayas (dormían en el piso) y tampoco se sacaba nada en claro. Al fín, de las amenazas se pasaba a los hechos y venían los cabezazos, los sonoros manotazos, los cáusticos pellizcos bajo el brazo -pellizco de monja, se le llamaba- hasta la intervención de las ayudantas sí, pero para protegernos a los chiquillos, que era lo que nuestras madres estaban deseando en realidad, con el corazón hecho pedazos.

– “No le pegue, angelito…” decían acariciándonos con sus mullidas y tiernas manos, apretándonos contra los delicados barrotes de la celda de sus tiernas costillas. Nuestros rostros humedecidos por las lágrimas, aprovechaban para hundirse en sus senos y aspirar el perfume de aquellas cálidas y virginales ubres donde gustosos habríamos tomado -sin problema- la dichosa poción. Las tetas de Consuelito, aquellos pezones rosados e intocables sí que eran un consuelo para mí. Ains… buenas chicas aquellas del servicio doméstico. Aquello sí que eran personas de buenos sentimientos, no como nuestras madres que tenían el corazón duro e inmisericorde, como aquellos monstruos gigantes que empezaban a poblar de pesadillas nuestras primeras y definitivamente frescas noches de otoño.

Sonata No. 6 In G Minor: Allegro


La prueba de la mano en la frente

septiembre 9, 2008

¡Venga, venga que harás tarde y te castigarán, que ya hace un ratito que han pasado las cabritas”; me decía mi madre cuando estaba demasiado remolón. Pero, es que el ensueño de las vacaciones era tan delicioso, y ahora tan fresco el clima, el cielo anunciando el otoño, y las tablas de multiplicar tan olvidadas, que recurríamos al viejo truco de fingirnos enfermos.

Unas veces “la mare”, que no se sabía si llevada del amor por el niño del momento en detrimento del hombre que de nosotros querían hacer el dia de mañana, atendían a nuestro ruego temeroso y poniéndonos la mano en la frente, se quedaban un momento en silencio hasta que hacían el dulcísimo diagnóstico: “Sí, parece que estás caliente… A ver, saca la lengua… ¡Mira si sabía yo!. ¡Sucia, muy sucia!. Hala, no te levantes, te daré una purga…” Nos ordenaban la cama y los meneos de las sábanas y las mantas producían zonas menos calientes donde nos hacía gozo poner los piececitos.

Otros primeros dias de colegio el diagnóstico, después de la prueba de la frente, era inapelable: “¡Calla, calla!, levántate, levántate, verás que pronto se te pasa todo. ¿Sabes que el cabritillo ya come solo?. El pajarito, pobrecito, sin comer, está llamándote, animalito, pidiendo su alpiste. Mentía; mi madre mentía sin hacer mención de los lloros y restregando sin piedad, con la áspera toalla enrollada en la mano, cara y cuello, llenándonos los ojos si nos descuidábamos, de un jabón que picaba más que las guindillas.

Cuando la enfermedad era real siendo casualidad que coincidiera con el primer dia de colegio, o al menos tolerada, tampoco había felicidad completa. Pero es cierto que nos ahorrábamos el primer dia de colegio y los capones y palmetazos que nos infringía Don Manuel como castigo por la ignorancia de aquel “Parvulito” de Enciclopedias Álvarez en que vivíamos, nos movíamos y existíamos.

escuchando Partita in III fur violin solo in e no


La purga

septiembre 8, 2008

Setembre fruiter, alegre i fester. Mi generación tuvo una infancia muy desgraciada. La vivimos en plena época de “la purga”. En aquella época todo se resolvía terapeuticamente, administrando por la fuerza una de aquellas terribles purgas: constipados, un resfriado al levantarse de buena mañana, dolores de cabeza ¡y hasta los granos y furúnculos!. Y no digamos cuando realmente se trataba de una indigestión, algo tan frecuente en aquella época, sobretodo en las temporadas de la fruta.

Ay, qué dolores de barriga causados por los albaricoques verdes, inolvidables por su agridulce sabor. Los cacahuetes recién torrados en la llanda, con los tramussos amarillos y húmedos, de piel estirada de tanto estar a remojo, amarguitos sí, pero frescos. Los nísperos dulcísimos y empalagosos, las “sorolles“, las bresquillas de piel roja, los higos con los que nos llenábamos la boca mientras no apareciera el amo del campo.

Mi madre, como todas las mujeres de antes, era inflexible en su fanática fe en la purga, panacea infalible para todos los males, convencida como estaba de que todo aquello que a los niños nos afligía era hijo en lo espiritual del pecado, y en el cuerpo, de la panxa sucia.

Aquellas mañanas de primer dia de colegio limpísimas por el viento fresco de septiembre iluminado, con aquella humedad valenciana tan nuestra que se nos mete en los huesos y de la que tanto nos resentíamos los niños. Cuando tocaban en el campanario de la iglesia las ocho de la mañana, nos despertaba la madre “inicialmente” amorosísima (a las y cuarto cambiaban su estrategia) con besitos, diciendonos, para que nos fuera más fácil abandonar el nido de la cama: “Mante, rei meu, mira la campaneta como os llama a ti y a todos los niños i niñas. Escucha como se sabe todos vuestros nombres. Joaqui-met levanta-té, Batis-tet levanta-té, Vicen-tet levanta-té, Saore-ret levanta-té, Ampa-rigües que li- diues…

¡Y era verdad que parecía que aquel demonio de campana nos conocía y nos llamaba de uno en uno con su metálica voz desde lo alto de la iglesia que el viento transportaba por todas las callejuelas de mi pueblo. Es cierto que yo no la escuchaba, como decía mi madre, llena de bondadosa y alegre obstinación, sino tan imperativa y cruel como el agua fría con que nos lavaban  se llevaba, a trozos, como delicadas telarañas,  las dulcísimas ensoñaciones que teníamos en aquel mundo venturoso de los sueños en los que no había escuela ni campanarios ni…  pero para ese momento ya era tarde. Primer dia de escoleta y la madre iba a emplear otra estrategia más contundente.

escuchaba  “País petit“, Lluís Llach