Please, Mr. Postman (Marvelettes)

mayo 19, 2007
Yo también tuve 16 años y a final de curso andaba ya con pantalones cortos y haciendo los recados en bicicleta. Nuestros padres no sabían que si nada más levantarnos, poníamos el tocadiscos a toda pastilla haciendo sonar “Puff The Magic Dragon”, es porque la canción hablaba en realidad de marihuana. (Puff the marijuana dream you – pass the magic dragon you, mother fucker taking all the puff – Those pretty boys always are singing snuffing puff the magic dragon.). Si, en realidad ya no pensabamos en dragones, la rebeldía había llegado a nuestras habitaciones, con las melenas nos habíamos hecho malos y mayores. Y el primer amor estaba a punto de aparecer en nuestras vidas. En la panda de aquel barrio a las afueras de Madrid se respiraba la proximidad del final definitivo de nuestra etapa de estudiantes: habíamos suspendido todas. En la calle me enseñaron a escupir, robar pequeñas piezas de fruta, fumar, tomar cerveza, reirme sin tener que disculparme por ello y otras cosas que sí vienen a cuento (y de gusto os contaría) pero la Ojirris acecha, y no voy a darle ese gusto.

Nuestra calle no era muy grande, pero el portero de la finca de al lado (era de gente con pelas) nos enchufaba la manguera a mediodía que en Madrid aquellos años también llegaban los 40º al asfalto y allí que nos quedábamos en gallumberos y las chicas con bañador: putos hijos de trabajadores jugando bajo un chorro de agua como si estuviéramos en los 50 en las mismísimas calles de Nueva York. Más quisierais ahora colegas, que la calle fuera vuestra. Los sábados por la mañana nos sentábamos con miradas cómplices y las espaldas apoyadas en la pared cantando Puff the magic dragon con risas tan estúpidas como intencionadas. Eramos los putos fracasados del colegio, como después lo seríamos de la sociedad, pero mientras ello llegaba, en la calle eramos como putos hermanos.

El primer día de vacaciones se cumplían dos semanas carteándome con SSC -no sabía más- y que era de León. Me había caído en suerte por lista de correo, complejo de explicar ahora, pero juro que se llamaba así, pero era Correos, Correos, el de siempre :D. Antes de las 11 de la mañana todos los días había bajado ya 3 veces a comprobar si había algo en el buzón. “Muchacho, qué coño tienes tú en la escalera que no paras de asomarte”. Mirando por la ventana y en cuanto veía a Don Joaquín, el cartero del barrio, ya estaba echando a correr escaleras abajo en busca de mi ración de felicidad diaria. Lo primero mirar la dirección, siempre me gustó imaginar lo que habría pensado escribiendo mi nombre, si habría cogido el bic con cariño, o si mi nombre aparecía escrito de corrido. Ver mi nombre escrito con su letra me emocionaba. Luego el remite, siempre ansiaba ver de una puñetera vez su dirección y nombre completo. Pero no: “Lista de Correos”. Guardaba la carta bajo el pantalón, subía las escaleras y me encerraba en mi cuarto echándome en la cama boca arriba de un salto, “Mecagüen la leche que te han dao (mi bro), te tengo dicho que jodas tu cama, no la mía”, pero para entonces yo estaba ya con Please Mr. Postman de las Marvelettes a todo trapo. Primero la leía de corrido buscando que apareciera la expresión “te quiero”, pero nada, como el remite, esta vez tampoco. Después calculaba si era más larga que la de ayer (me quería más) o si menguaba (me habría suicidado), detesto la brevedad cuando de hablar con alguien a quien se ama se refiere. Y derecho al final: ¿recuerdos?¿Un saludo?,¿Un abrazo?,¿Un beso?, no, ese día había puesto “nada me gustaría más que estar contigo ahora”. ¡Bieeeeen!. Aquello metía vértigo a lo que venía ahora que era la lectura reposada de la carta, me incorporaba quitando la almohada para apoyar la espalda en el cabecero de la cama. Estiraba las piernas, las cruzaba a la altura de los tobillos y empezaba a leer…

Cuando terminaba me subía a la silla, desmontaba el foco empotrado del techo y guardaba la carta allí arriba, rehacía un poco la cama y marchaba al parque con mi bloc de notas y un lápiz para inspirarme en mi carta de respuesta. Debía echarla al correo antes de la una y el sobre y el sello lo pagaría con las vueltas de los recados. Por las tardes trabajaba en el bar de mi tio “Chacho pero qué necesidad tienes…”. Y mi madre neurótica perdida pensando que me había echado a la droga o que tendría deudas de juego jajaja Estaba ahorrando por si en una de aquellas cartas aceptaba mi reto de vernos un sábado, a mitad de camino, entre León y Madrid, en Ávila. Pero eso casi que lo cuento mañana.

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