Cuando me creí superior a los demás. Confesiones

mayo 22, 2007
Confieso que Jorge Galindo ha abierto una via de agua en mi blog: jamás he posteado sobre el tiempo en que me creí superior a los demás. Esto es importante para que no os creais que es oro todo lo que reluce en mi pasado, si bien tampoco es mierda todo lo que huele. Cabe la posibilidad de que esa arrogancia haya perdurado a través de los años camuflada en forma de anarquía y caos de mi pensamiento, a vosotros corresponderá darme caña a partir de hoy en esa faceta latente.
A los 16 años de edad, mis amigos y yo funcionábamos con cuatro verdades que, no siendo empíricas, conformaron nuestros años de juventud que murieron con el advenimiento de vuestra democracia:
1.- Cuando muera el dictador todos podrán hacer ya lo que les dé la gana.
2.- Porqué coño tenemos que esperar a que se muera el dictador
3.- Vivamos como se vive fuera de España: ignorando las normas y la propiedad privada
4.- Si este mundo es injusto y está en crisis, mejor, acabemos con él, no hagamos nada.
A partir de ahí, calquiera que venía a intentar explicarnos el mundo de otra manera, sencillamente: ni le prestábamos atención. Luego es verdad: nos creíamos que ya lo sabíamos todo. Y esto está mal.

Esto no os lo han contado nunca por televisión, es que esto es lo que se vivía desde el lumpen, nuestras familias no eran de clase media, eramos los hijos de la clase obrera. En el colegio era obligado el pelo corto, en la mili “al rape” y los de Cristo Rey… si cuando muriera el dictador podríamos dejarnos crecer el pelo, porqué no empezar desde ahora. Frente al rasurado metrosexual y aspecto “limpio” de los hijos de la nueva España (de nueva nada, que ya duraba casi 40 años), nosotros obviábamos muchas veces el jabón, el afeitado y las ropas variadas. Os mienten: hace 50 años ya leíamos viñetas yankees sobre ecología. Tener una pequeña huerta colectiva a las afueras del barrio en los terrenos que dentro de un año serían fincas, nos permitía consumir algunos productos saliendonos del sistema de producción. Robar libros en El Corte Inglés era revertir la plusvalía de los sobrecostes que la empresa cargaba a nuestras madres en navidad. De comprar libros, lo hacíamos en el rastro o las pequeñas librerías de lance por ser lo más próximo al negocio personal. Os mienten: no pasábamos el dia o follando o drogados. Eso no es verdad. No al menos hasta llegar la heroína y la necesidad de la gente de evadirse, de huir de la realidad aplastante que no ofrecía garantías ni a ellos ni a sus padres.

Adormecíamos nuestras conciencias sí, pero no con opio, sino repitiéndonos hasta la saciedad que si bien no hacíamos nada de provecho, tampoco molestábamos a nadie. No matábamos ballenas, ni focas, ni usábamos oro ni diamantes, con lo que no colaborábamos con la explotación de los esclavos. Que si no luchábamos en Angola junto al Che (qué poco libertario, matar por política), tampoco exterminábamos a los africanos. Que si no hacíamos nada por solucionar la hambruna en el mundo, al menos consumíamos lo justo, porque el consumismo era la comida del capital. Os mienten: jamás tuvimos miedo a otra guerra civil, es sólo que consideramos que serían muy poco “instructivas” las hazañas que ambos bandos pudieran haber cometido durante la guerra civil. De hecho cuando el rey dijo aquella gilipollez del pueblo que no aprende del pasado está condenado a repetirlo, le dijimos algo así como “Vete pa tu cueva”. Porque ni las tribus salvajes de la amazonía cometían en aquel entonces tales atrocidades. Sí, Franco también había matado a nuestros abuelos, pero no por eso nos habíamos vuelto irremisiblemente idiotas. Su república, su cruzada divina y sus guerras con sus 40 años de paz no nos servían: queríamos otro futuro, mejor, distinto. El daño más grave que nosotros infligíamos a la naturaleza era aplastar la hierba cuando nos tumbábamos en ella. Poco más. Ya he advertido al principio: un ideario nada empírico.

Pero tiene razón Jorge Galindo: fuímos unos engreídos “sabelotodo”, pecamos de soberbia cuando apenas si hacíamos que llegar. Pensábamos: hoy es 21 de julio, sábado por la mañana, estamos tumbados en la hierba viendo las nubes pasar, siento en mi vientre el peso de la persona que más quiero, acaricio sus cabellos y no hacemos sino cantar. Venimos a este planeta para poder hacer esto, aunque de vivir juntos con otras personas, podríamos hacer más, pero seguro que sería en este plan. Cualquier otra cosa que decidiera hacer hoy sería menos importante. No estamos haciendo mal a nadie, estamos con todos en paz, la naturaleza es la mejor pantalla de cine. Innecesaria cualquier otra actividad. Ya veis, hicimos de ello una verdad absoluta, un dogma. Yo mismo sospecho seguir buscando (cuando releo a veces el tipo de blog que escribo), alguien que me dijera. “Sí, sí, lo sabías todo, eras el más listo de tu clase, yo habría vivido contigo así” U_U . La arrogancia perdurable de que os hablaba y que gracias al comment de ayer creo que se me cae a cachos por momentos. Creímos poseer ya una idea exacta de lo que era el mundo, cuando apenas llevábamos 16 años en él. Así os ha ido, y así nos fue…después.

Anuncios

Esquelas 7

mayo 15, 2007
Tras firmar el finiquito y recoger sus bártulos, buscó al viejo para despedirse de él pero no lo encontró, de modo que hizo mutis por el foro y se largó. Se dirigió al ascensor que… ¿Eso de ahí detrás qué era?. Regresó sigilosamente, a hurtadillas, intentando no hacer ruido con la suela de sus deportivas y acompasando los brazos con el movimiento de las piernas arriba y abajo. Al girar el pasillo… El viejo estaba con la frente apoyada en la puerta de la Sala de Juntas, los ojos cerrados y las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta. “No sabía que eras judío”, le dijo el joven. -Y no lo soy, melón. Salió de su ensoñación un poco contrariado de que lo hubieran pillado en esa postura. -¿Quién hay dentro?. -Todos. -¿Ocurre algo?, quiero decir, además de lo de ayer. -Van a dar portazo. -Pues pobre de al que le toque poner la nariz. -Pues sí, pobre. -En fin gracias por todo, -Gracias Juan, ahora debo entrar. -Gracias ti por lo de la calle, por lo menos me he podido desahogar. -Voy para dentro. -Adiós. El viejo entró en la sala de juntas de la que salían muchas voces y él giró sobre sus pasos dirigiéndose lentamente hacia el fondo del largo pasillo donde esperaba el ascensor.

Apenas si acarició el led del botón de apertura la puerta del ascensor, al abrirse, dejó ver frente a él su propia figura reflejada en el espejo y un flash vino a su mente que lo dejó petrificado. La puerta se cerró y él volvió a pulsar el botón buscando desesperadamente el espejo donde creía haber encontrado la clave de lo que estaba ocurriendo. “Van a dar portazo”, cuando esa mañana había visto a sus compañeras y otros periodistas jóvenes en animado corrillo, comentando la famosa foto de las victimas que todos los periódicos habían publicado esa mañana en portada menos ellos “por culpa” del gordo de corbata apretada al cuello, cuando “Pobre del que le toque poner la nariz”, como había encontrado a su jefe: “¿Eres judío?”. Se puso tan nervioso que dudó por un momento qué dirección tomar. Al fín giró sobre sus pasos, llegó corriendo a los despachos de la izquierda y encontró a Miguélez. Sí, era su tipo. ¡Rápido Miguélez, ven!, esbozó una sonrisa forzada, aquel se le acercó. ¡Hola Miguélez, cómo estás coño. Ven, ven!, Le pasó la mano por el hombro empujándole con fuerza y deprisa hacia una puerta: “Entra Miguélez, te invito al servicio”. Pero… ¿Qué coño te pasa Juan?. Le agarró con fuerza del cuello y al tiempo que habría la puerta del wáter le empujó dentro y gritó: ¡Qué entres coño!.

Quítate la ropa Miguélez. “Vamos tío, ¿Estás loco?. ¡Desnúdate!. Este tío se ha grillado… ¡Vamos!, necesito tu camisa, la corbata y la chaqueta, dijo mientras él hacía lo mismo con su ropa. ¿Quieres decirme qué pretendes?. Antes que Miguélez pudiese darse cuenta, estaba desnudo de medio cuerpo para arriba y el joven reportero vestido elegantemente aunque… ¡Espera Juan!, ¿corbata y zapatillas de deporte?. Que le den, a mí lo de intercambiar calzado siempre me ha dado mucho asco. Y salió corriendo atravesando el pasillo desesperado, hacia el mostrador de la secretaria que custodiaba la Sala de Juntas.
Humm… Montse, hola, qué buena que estás. Se inclinó sobre la mesa buscando sus labios mientras sus dedos se interesaban por las caderas de la arisca secretaria. “¡Vete a la mierda niñato!. ¿A que te grabo con el móvil y ya tengo prueba?. Te voy a empapelar por acoso laboral, que soy del sindicato, ya lo sabes. Él insistía: Vamos Montse, que tú yo sabemos lo rico que está eso de follar. “O dejas de meterme mano o te disparo con este sparay”. Oh, lo que me faltaba, perfumado con “Aromas de Montserrat”. Pero para entonces la secretaria se había echado a un lado porque no atinaba con la cámara del móvil. ¡Gracias Montse, ya tengo lo que quería!. Se abalanzó sobre la mesa, asió el sillón de la secretaria por el reposabrazos y de un estirón lo alzó en vilo y lo cargó sobre su cabeza. Sin dudar, se dirigió a las puertas de la Sala de Juntas con el sillón en la cabeza y les aplicó la Ley Corcuera. ¡Poumm! y las abrió. Definitivamente ese chico y las puertas no se llevaban nada bien.

Con permiso, permisooo, ¿me deja pasar?, con permiso, un poco más y… Y fue abriéndose camino por detrás de todos los sillones ocupados, en dirección al lugar donde estaba sentado su jefe. El revuelo no acababa de tomar forma porque quien entraba de esas maneras parecía un modelo híbrido de “Hombre-sillón con patas arriba” al que no se le veía el rostro. Al llegar al lado del gordo y viejo hombre de nuestra historia, echó hacia adelante el sillón de forma que el hombrecillo soplapollas que estaba sentado allí para husmear de reojo en los papeles del viejo y chivárselo a los del grupo tácito, empujó con fuerza sus manos contra la mesa para salir disparado en el sillón con ruedas hacia atrás. “Muy hábil, sí señor. Llegas a quedarte donde estabas y te plancho”, dijo el joven, pero sonrió hipócritamente para disimular su ira hacia aquellas personas. El viejo no se había inmutado en ningún momento. Sin alzar la vista de los legajos que manejaba pronunció en voz baja y cerca de su oido estas palabras: “A los tres de tu derecha les están haciendo señas los del fondo de la sala, para que protesten o averiguen porqué estás aquí”. El joven se giró hacia ellos: la secretaria abortó hace un rato en el lavabo, yo hice lo que pude pero al final se la tuvieron que llevar. Después Don Enrique me llamó al móvil para decirme que se había dejado las gafas en casa y que necesitaba alguien que tomara algunas notas y les leyera el informe anual. ¡AAuu!. El viejo le había clavado ligeramente la estilográfica cerrada en la cintura. Bueno el informe anual no, porque todavía no es la época pero… El viejo gordo cortó en seco y le obligó a contestar lo más discretamente posible: dime Juan, porqué has entrado, y siguió con sus papeles. El joven apretó los labios y frunció el ceño antes de contestar. “Si por tener las manos limpias nunca haces nada, se te acaban manchando con la pobre sangre de los demás”.

Esquelas es una idea original de Toni
La selección musical corre a cargo de Cashhern25