Psicofonía en la cripta del Duratón IV

Resulta fácil comprender el simbolismo de la expresión “La luz que vence a las tinieblas” y cómo desde los albores de la humanidad, ha penetrado en nuestras mentes como un arquetipo. En verano a las 6 de la mañana, el cielo dibuja “un altre blau”; se perfila el cielo, separado de la tierra; lo que son árboles, de lo que son laderas; el agua, del lecho del río; y al tiempo que la luz rasga las tinieblas, van disipándose los miedos y resurge en nosotros la fortaleza. Evocar aquí películas como Titánic, Soy Leyenda, y las series de mi tiempo sobre comisarías de policía y hospitales, que terminaba siempre el capítulo cuando entraba el turno de la mañana y andaban todos con las tazas de café en la mano.

Habíamos superado la prueba, en Madrid nos esperaban largas tardes de verano en las que contar a los amigos nuestras hazañas. Empezaríamos a desmontar nuestra base de operaciones cuando el sol se elevara sobre el horizonte, de modo que mejor pegar un bocado antes de entrar por última vez a la iglesia a recoger nuestra grabadora. Empezaba a untar unas aplastadas rebanadas de pan de molde Panrico con mantequilla sabor a chocolate (Nocilla era sólo para bolsillos pijos), y nos pareció escuchar un extraño zumbido proveniente del otro lado de la iglesia. “¡Para!. ¿Oyes lo mismo que yo?”, me preguntó Emilio. Por un momento creí escuchar, es cierto, algo así como un ronco zumbido, pero como había ya tanta claridad como hambre le dije: “Por las mañanas NUNCA ha pasado nada Milio, joder”. Mi amigo se quedó medio convencido (pobrecito, si llego a saber lo que ocurriría después, le habría hecho caso).

Al entrar en la nave de la iglesia, las trampas que habíamos preparado nos daban luz verde para acercarnos al foso: habíamos borrado nuestras pisadas con hierbas para comprobar si “algo” había plasmado dibujos sobre la arena del suelo, los bloques de piedra desprendidos aparecían en la misma posición, el encoltorio de plástico del cassette virgen seguía donde lo habíamos dejado con una piedrecita encima, y las cuerdas que sujetaban el radio-cassette estaban tensas.
Recuperamos la grabadora: las teclas Play y Record habían saltado. Levantamos la tapa y el cassette ¡Eureka!, había llegado al final. Eso significaba que había estado 45 minutos grabando. ¿Cabía más felicidad?. Habíamos enrrollado ya casi todos los tramos de cordada, me acerqué a Emilio para que me diera sus cuerdas, e inadvertidamente rocé sus dedos: estaban húmedos y extremadamente fríos. Aquí lo llamamos “La gelor de la mort” (el frío de La Muerte”). “¿Te encuentras bien?”, le pregunté. “No tanto”, me respondió. Salí al exterior algo preocupado, parecía que se encontrara francamente mal.

Estaba metiendo las cuerdas al fondo de la mochila cuando, desde dentro de la iglesia, Emilio dió un grito desgarrador. En ese mismo instante una negra sombra cruzó corriendo a mis espaldas y sentí un aire helado que me llegó desde la nuca hasta cada punta de mis extremidades. La neurología afirma que nuestro cerebro es incapaz de tener dos pensamientos en un mismo instante (facultad reservada a la inteligencia artificial), pero creo que ese día estuve cerca de conseguirlo. Emilio se habría precipitado accidentalmente por el foso a la cripta, y yo acababa de tener una experiencia parapsicológica sensorial. Fué una micra de segundo, justo antes de que unas manos huesudas se hundieran en mis hombros, su capa rozara mi espalda y yo diese -lo confieso-  el grito menos viril que haya podido dar en toda mi vida. ¿O acaso es que después de matar a Emilio me iban a matar a mí también?.

Me giré y al ver aquel rostro me zafé y caminando de un lado a otro del muro , al tiempo que estiraba los brazos y manos hacia el suelo, repetí una y otra vez: “¡Joder!, ¡Joder!, ¡Pero joder!”. El guardia civil no me quitaba ojo de encima. Al instante apareció el pobre Emilio llevado del pescuezo por otro número de la benemérita. Al verme exclamó: “Creía que me quedaba seco del susto que me ha pegao el cabrón”. Claro, el pobre Emilio saliendo de la iglesia al tiempo que, recortándose a contra luz,  una figura con capa se abalanzaba sobre él y le agarraba del pescuezo…

Rodolfo Martín Villa, con su constumbre de salir en la única tele de España  explicando cómo identificar a ” Los ETA”: pelo largo, camisa a cuadros, pantalones vaqueros y zapatillas de deporte ¬¬ hizo que la mujer del hostal creyera ver en nosotros a dos de “Los ETA”, y tras pensarlo un poco, dió parte al cuartelillo más cercano. Por la noche habían recorrido la zona tratando de buscarnos (los destellos que creímos ser las almas de los eremitas), y cuando al clarear vieron nuestra balsa negra amarrada a los arbustos, decidieron cruzar a por nosotros en su patato-lancha  (el zumbido que dijo Emilio). Ahora el cassette con la grabación “de lo que sea”, esquivaba su obligación de volver a Madrid con Emilio y yo.

Habíamos recorrido muchos kilómetros para registrar 45 minutos de grabación en una cripta abandonada, habíamos remado contracorriente, habíamos pasado miedo, hambre, frío, y que justo cuando ya teníamos en nuestras manos el material y dábamos por finalizada la expedición, apareciera la Guardia Civil, lejos de tranquilizarnos, comenzó a presagiar una más terrible pesadilla que la de haber pasado allí la noche. Comenzamos a temer lo peor sobre el destino de nuestra cassette.

Sí porque claro, esto no es américa ¿sabes?. En las películas catastrofistas americanas, cuando la situación llega a un punto insostenible y el fin del mundo parece inevitable, siempre surge un menda de entre la multitud al que la policía intercepta diciéndole: “¡Alto ahí, está prohibido el paso!, dónde cree que va”. Y el menda responde: “Soy, ciudadano de los estados unidos de américa”, y ya sabes que a partir de ese momento a los malos les va a ir de puta pena, los buenos van a hacer muchas explosiones, y al final el bien y la verdad triunfan sobre el mal y tal. PUES NO: aquí los de la benemérita sólo nos dieron dos órdenes: 1) que Emilio y yo teníamos que bajar a la cripta a poner bien las lápidas y 2) que mientras, ellos oirían el contenido de esa cassette para saber qué ocultábamos.

Osea, total y casi nada: sabiendo que si hubiéramos tenido la suerte de captar una psicofonía  (cosa improbable) , cuando empezara a escucharse ellos iban a ser los primeros en salir corriendo ladera abajo dejándonos sólos en la cripta, encima tener que acercarnos a unos sepulcros medio abiertos con el alma en vilo mientras ellos allá arriba oían “la nada” , pero que si después empezaban a oirse psicofonías a todo volúmen, nosotros allá abajo, abandonados por la benemérita, rodeados de tumbas y con los gritos de los muertos sonando a todo trapo. No, el cine en España no es como el de América.

Himno de la Guardia Civil

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