Psicofonía en la cripta del Duratón III

Si han viajado a lugares donde se producen fenómenos paranormales se habrán percatado que, por más fuerzas telúricas que existan en la zona, a plena luz del dia nada invita al miedo ni se siente inquietud alguna. Remábamos en bañador pendientes de las horas de luz solar que nos quedaban sí, pero lo suficientemente relajados como para buscar las “bocas” negras en las laderas del Duratón, porque sabíamos que esos huecos negros indicaban que pasábamos por delante de una de las cuevas donde vivieron en su época los eremitas templarios. Emilio y yo relatábamos en voz alta pasajes de la historia sepulvedana, el eco nos divertía, y nuestra pasión por las historias de caballeros templarios, batallas, monasterios asaltados, etc, se desataba conforme nos adentrabamos en las aguas que ya lamían la ladera del priorato.

Amarramos la balsa a unos arbustos al pie del peñasco e iniciamos la subida a pie entusiasmados. Al coronar el ascenso, las ruinas del monasterio, el silencio, el viento soplando en nuestros oídos, la satisfacción de haber logrado nuestro sueño escolar, el paisaje de tanta hermosura que contemplaban nuestros ojos, nos hizo comprender definitivamente el empeño de un puñado de hombres por erigir, en aquel lugar, un priorato.

Nos adentramos en lo que quedaba de la nave principal de la iglesia, y ante nuestros ojos apareció el foso, en medio del suelo, que daba acceso a la cripta donde estaban sepultados los monjes benedictinos. Calculamos los pasos necesarios para entrar y salir de la iglesia por si fallaban las linternas, los metros de cuerda necesarios para bajar el radio-cassette que habría de registrar una hipotética psicofonía, removimos algunos bloques de piedra desprendidos para la sujección y otros para señalar el límite al que podíamos aproximarnos al foso sin correr peligro de caernos. Siempre habíamos pergeñado la idea de bajar a la cripta, colocar el cassette encima de uno de los sepulcros (algunas lápidas, ciertamente, estaban abiertas), y pernoctar allí pero, sinceramente, una vez dentro del priorato, nos convencimos de que “¡Y una mierda, bajo yo ahí!”.

Cerca de la media noche, nos acercamos al foso abierto que daba a la cripta. Desprecintamos la cassette, la introdujimos y pulsamos las teclas Play y Record. Descolgamos el radiocassette tres metros, para que quedara suspendido en mitad de la cripta. Anudamos las cuerdas a los pedruscos que habíamos preparado al efecto. Nos alejamos cuanto pudimos para alcanzar la salida al exterior d la nave, y una vez al raso nos acurrucamos junto al camping-gas aplastando nuestra espalda contra un murete. Aquella noche allí no iba a dormir ni el Tato.

A pesar de la maravillosa noche estrellada, a pesar de la luz de la luna, a pesar de las viandas que descansaban olvidadas en el fondo de nuestras mochilas, a pesar de ser una mágica noche de verano, pensamientos sombríos se iban apoderando poco a poco de nosotros. Primero fue un mal presagio de que en los 45 minutos que duraba la cinta no se grabara nada, pero que de madrugada empezaran a producirse voces, gritos audibles, o fenómenos paranormales sin que -a oscuras- pudiéramos escapar. . Después nuestros negros pensamientos se transformaron en culpabilidad: que si habíamos ido demasiado lejos con nuestra afición a estas cosas, que nosotros éramos de Madrid y quieras que no aquello no era Madrid sino un pueblo perdido en la provincia de Segovia, que cualquier desalmado podría habernos seguido desde lo alto de las hoces que bordean el priorato sin que nosotros nos hubieramos apercebido entretenidos como estábamos remando con la balsa, o algo que en España en aquella época no era inusual: la existencia de perros sueltos que hubieran contraído la rabia y por la noche nos vinieran a atacar.

Ya de madrugada (la cinta habría dejado de grabar), empezamos a observar un extraño fenómeno, una especie como de destellos ténues asomaban por los promontorios que coronaban las hoces, al otro lado del río. Emilio me ofreció su mano, nos estrechamos la mano con una fuerza inusitada. Creo que jamás unos ojos han podido transferir más gigas de información en apenas unos segundos, que los nuestros en aquel instante. Íbamos a apagar el camping.gas para descartar que los destellos fueran un efecto óptico por estar tanto rato pegados a su luz. Pero suponía quedarnos a oscuras en aquel priorato, y nuestras miradas silenciosas gritaban que los ténues destellos perfectamente podrían ser las almas de los eremitas de las cuevas; que algo incluso peor nos ocurriría si decidiesen cruzar el Duratón, porque no lo harían precisamente nadando, sino que se dirigirían volando sobre las hoces hasta el punto donde nos encontrábamos, habría que fijarse en qué momento una primera luz nos pareciera que “flotaba” en el aire en vez de seguir la cota del horizonte; que si venían por propia iniciativa, o estaban siendo reclutados por los cadáveres de los monjes de la cripta que yacían bajo nuestros culos. Ríanse ustedes si quieren, pero al apagar el camping-gas las luces allí estaban otra vez.

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