Psicofonía en la cripta del Duratón II

Así como ahora la gente se niega a quedar o viajar con descoñocidos, en mi época se montaban las excursiones de improviso, precisamente para convertirnos en coñocidos, aquellos que no nos coñocíamos de nada. Venía uno y nos decía: “Oye que dicen unos de Hortaleza que si nos vamos con ellos a La Pedriza”, y dicho y hecho: a la vuelta las dos pandillas de los dos barrios ya éramos como una piña. La ocasión se daba por buena para aumentar una banda de barrio. Puede que por eso haya tanta gente en Facebook que se sorprende cuando les agrego “para” conocerles. Dicen “Pero si no te conozco de nada”, y yo respondo: “Coño, por eso mismo, si las redes sociales no sirven para socializarnos, no sirven de nada”.

El coraje también es ajeno a estos tiempos que corren, así como la natural confianza. Recuerdo hace un par de veranos, tomando de postre un helado en Sagunto, seis personas (distinta procedencia, distintas edades, distinto todo) completamente calladas, Dije: “Podríamos ir a cenar a Andorra, así a los postres en vez de estar todos callados, seguro que hablamos como cotorras”. “¿Estás loco?” me dijeron, “¿Irnos hasta Andorra a estas horas, así, sin pensar?”. Al rato ya estábamos en la autopista dirección Reus. Y efectivamente, aquella noche en Andorra tras la cena, la tertulia fue de lo más animada. La mitad de aquellas personas no se habían atrevido jamás a hacer una cosa igual, en mí es algo inherente a mi demencia senil. No es que viajar sea una terapia, es que en el fondo, tenemos un miedo terrible a nuestra libertad. Emilio y yo, no nos conocíamos de nada, y nada teníamos en común: nos hicimos inseparables en el colegio porque ambos adorábamos el medioevo. Por eso queríamos ahora entablar “amistad” con los benedictinos enterrados en las Hoces del Duratón, pero lo que no sospechábamos es que se iban a interponer los templarios..

Emilio y yo salimos hacia Segovia a las seis de la mañana. Radio-cassette, cinta virgen sin ni siquiera retirar el precinto plástico en que venía cuando la compramos la tarde anterior, y poco más. Camping-Gas porque, aunque en las películas siempre hay una ráfaga de viento que apaga las mechas en los momentos de más pavor, los campos de fuerzas telúricas suelen inutilizar los aparatos eléctricos. No obstante me llevé dos linternas, si quiera para cuando hubiera que empezar a bajar a aquella cripta en la que, se decía, las lápidas de algunas sepulturas ya estaban rotas.

En el autocar de La Sepulvedana íbamos repasando nuestra bitácora, en la que habíamos anotado todo como si de un viaje espacial se tratara. Y al igual que en las re-entradas en la atmósfera tras un viaje a la luna, teníamos un sólo plan para la ida, pero varias opciones para bajar escapar de aquel monasterio según nos fuera aquella – para nosotros- auténtica noche de Valpurgis. Al aproximarnos a Sepúlveda, la fantasmagórica imagen de las hoces a lo lejos, hizo que se nos acelerara el corazón. Dejamos un sobre lacrado (éramos geniales, de verdad jajaja) en el Hostal del pueblo, donde se recogían nuestras últimas voluntades y la verdadera intención de nuestro viaje. Le dijimos a la mujer que nos atendió que si al dia siguiente a las 12 del mediodía no habíamos aparecido que abriera el sobre y ella ya sabría lo que tenía que hacer. Hecho esto, sólo nos quedaba bajar al río a estrenar la lancha.

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