Las madres del ayer

Faltaba por utilizar una temible apelación que a nuestras madres nunca les fallaba: “¿Quieres que se lo diga tu padre?”. No, quiero decírselo porque te matará y a mí también por consentidora, que !toda la culpa la tengo yo, solamente yo!. Si esta mañana tu hubiera llevado arreando a la escuela no estaría pasando este sofoco. Acababan llorando; bueno, haciendo que lloraban tapándose la cara con las manos y haciendo gemidos que ya conocíamos de otras veces. Pero, curiosamente, a los niños de antes nos bastaba ver a las madres hacer semejante amago de llantina para que se nos rompiera el corazón y, temblando de miedo y fastidio accedíamos a sus requerimientos al fin. Años más tarde las psicólogas “modernas” prohibieron a nuestras madres utilizar ese recurso de amago de llorar. Lo tacharon de chantaje emocional ¡pernicioso para los dioses-niños! y claro, así les va ahora a las pobres madres.

Sentados en la cama (¡qué frío notábamos en la espalda!) nos envolvían cuello y brazos con uno de aquellos delantales de tela de saco, que usaban para llevar la tierra, porque la experiencia dictaba aquella especie de precauciones para la defensa de la pulcritud del dobladillo de la sábana. Acartonado de almidón del que sobresalían los “granos”: barrocas letras con las iniciales de nuestro nombre, escritas en hilo rojo.

El miedo, el deseo de quedar bien delante de nuestras madres, tan queridas a pesar de todo, el terrible fantasma de un padre indignado, hacía que al final nos hiciésemos el ánimo para el sacrificio. Pero el estómago y toda la parte irracional presentaba una dura resistencia y la garganta se cerraba desobediente a la orden de nuestra mente cuando se acercaba a los labios el tazón sanguinario.

Nuestras madres tenían alternativas de suntuosa melifuidad y de drásticos espartanismos y mientras “aquello” iba enfriándose y el aceite de ricino subía a la superficie, había una tregua en la lucha, con tal de que la chucharilla intentara de nuevo mezclarlo con el café y así se pudiera conseguir la imposible emulsión.

Al fin, después de la última batalla, que duraba medio día, nos aveníamos a acabar de una vez, cansados y aburridos, convencidos de que nuestra lucha era inútil. Frente a la dura realidad de aquella fe en la bondad de las purgas -nuestras madres eran el más claro ejemplo de ese credo- estaba nuestra resistencia a engullir el brebaje cesaba.

Сергей Рахманинов Variation nº 18. Rhapsody on a theme by Paganini

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