Las tetas de las ayas eran nuestro consuelo

No había transcurrido una hora desde nuestro despertar cuando se encendía la luz de la habitación, o se abría de par en par la ventana llenándola con su insolente iluminación de los pre-otoñales rayos del sol. Nuestras madres aparecían con la temida tacita, campaneando dentro la cucharilla que removía continuamente el aceite de ricino, con un imposible empeño: hacer que se mezclara con el café, que lucía por encima “medallones” de grasa flotante.

El primer movimiento instintivo, era taparnos cabeza y todo al ver aparecer la temible poción. Primero era a las buenas, con besitos y ñoñerías; intentaban convencernos diciendo que aquello era bueno para la salud e  incluso que no hacía mal gusto: en la cocina lo habían probado ellas y no tenía gusto a nada. Mentían sin escrúpulos.

-¡Ah!, de modo que…¿no te lo crees? -decían haciéndose las ofendidas por nuestra falta de confianza. Cuando la cosa se iba poniendo peor, pedían a gritos la ayuda del servicio. – “¡Carmenciiín!, ¡Consuelitooo ! . Venid, que no puedo con él”. Subían las ayas (dormían en el piso) y tampoco se sacaba nada en claro. Al fín, de las amenazas se pasaba a los hechos y venían los cabezazos, los sonoros manotazos, los cáusticos pellizcos bajo el brazo -pellizco de monja, se le llamaba- hasta la intervención de las ayudantas sí, pero para protegernos a los chiquillos, que era lo que nuestras madres estaban deseando en realidad, con el corazón hecho pedazos.

– “No le pegue, angelito…” decían acariciándonos con sus mullidas y tiernas manos, apretándonos contra los delicados barrotes de la celda de sus tiernas costillas. Nuestros rostros humedecidos por las lágrimas, aprovechaban para hundirse en sus senos y aspirar el perfume de aquellas cálidas y virginales ubres donde gustosos habríamos tomado -sin problema- la dichosa poción. Las tetas de Consuelito, aquellos pezones rosados e intocables sí que eran un consuelo para mí. Ains… buenas chicas aquellas del servicio doméstico. Aquello sí que eran personas de buenos sentimientos, no como nuestras madres que tenían el corazón duro e inmisericorde, como aquellos monstruos gigantes que empezaban a poblar de pesadillas nuestras primeras y definitivamente frescas noches de otoño.

Sonata No. 6 In G Minor: Allegro

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