La purga

Setembre fruiter, alegre i fester. Mi generación tuvo una infancia muy desgraciada. La vivimos en plena época de “la purga”. En aquella época todo se resolvía terapeuticamente, administrando por la fuerza una de aquellas terribles purgas: constipados, un resfriado al levantarse de buena mañana, dolores de cabeza ¡y hasta los granos y furúnculos!. Y no digamos cuando realmente se trataba de una indigestión, algo tan frecuente en aquella época, sobretodo en las temporadas de la fruta.

Ay, qué dolores de barriga causados por los albaricoques verdes, inolvidables por su agridulce sabor. Los cacahuetes recién torrados en la llanda, con los tramussos amarillos y húmedos, de piel estirada de tanto estar a remojo, amarguitos sí, pero frescos. Los nísperos dulcísimos y empalagosos, las “sorolles“, las bresquillas de piel roja, los higos con los que nos llenábamos la boca mientras no apareciera el amo del campo.

Mi madre, como todas las mujeres de antes, era inflexible en su fanática fe en la purga, panacea infalible para todos los males, convencida como estaba de que todo aquello que a los niños nos afligía era hijo en lo espiritual del pecado, y en el cuerpo, de la panxa sucia.

Aquellas mañanas de primer dia de colegio limpísimas por el viento fresco de septiembre iluminado, con aquella humedad valenciana tan nuestra que se nos mete en los huesos y de la que tanto nos resentíamos los niños. Cuando tocaban en el campanario de la iglesia las ocho de la mañana, nos despertaba la madre “inicialmente” amorosísima (a las y cuarto cambiaban su estrategia) con besitos, diciendonos, para que nos fuera más fácil abandonar el nido de la cama: “Mante, rei meu, mira la campaneta como os llama a ti y a todos los niños i niñas. Escucha como se sabe todos vuestros nombres. Joaqui-met levanta-té, Batis-tet levanta-té, Vicen-tet levanta-té, Saore-ret levanta-té, Ampa-rigües que li- diues…

¡Y era verdad que parecía que aquel demonio de campana nos conocía y nos llamaba de uno en uno con su metálica voz desde lo alto de la iglesia que el viento transportaba por todas las callejuelas de mi pueblo. Es cierto que yo no la escuchaba, como decía mi madre, llena de bondadosa y alegre obstinación, sino tan imperativa y cruel como el agua fría con que nos lavaban  se llevaba, a trozos, como delicadas telarañas,  las dulcísimas ensoñaciones que teníamos en aquel mundo venturoso de los sueños en los que no había escuela ni campanarios ni…  pero para ese momento ya era tarde. Primer dia de escoleta y la madre iba a emplear otra estrategia más contundente.

escuchaba  “País petit“, Lluís Llach

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