El detective de Giangrossi

A menos de 24 horas de que empezaran a destrozar el chalet de Núria, Héctor estaba decepcionado: no había averiguado nada sobre la estafa del oro. Una cosa le había dejado clara a Núria: “Andate con cuidado Núria, van todos a por ti. Debes hacer algo”. El resto de la tarde, consumida la batería del móvil, Germán se enfrascó en su ragout de ternera con pistaños mientras Núria conversaba con los del laboratorio que ultimaban la descarga de la maquinaria a la entrada de su chalet. Uno de ellos le invitó a un cigarro y conversaron. Llegó la hora de cenar la exquisita receta y ambos comenzaron a poner la mesa.
De pronto, Germán pareció entusiasmado con una idea genial: “¿Sabes lo que necesitas?”, exclamó, “¡Un detective!. Alguien que te ayude a buscar y que le impida hacer tonterías”. “Ya veremos”, dijo algo apagada. “Me lo pensaré. Pero sí, reconozco que tengo que hacer algo con esa mujer y pronto”. Germán imitó su poca confianza: “Sí, claro, me lo pensaré…” De repente, Núria se levantó y se dirigió a su cuarto: “¡Serán sólo cinco minutos!. Voy a hacer una llamada”. Al rato entró apremiándole a seguirla: “¡Vamos!. ¡Deprisa!. Nos están esperando. Aún no había comenzado a cenar”. Estupefacto, Germán se la quedó mirando como si le hubieran dicho que tenían una cita con Papá Nöel. “Pero… ¿quién nos está esperando?”. Ella le lanzó la trenka y la bufanda al pecho y lo empujó hacia la puerta buscando las llaves del coche en su bolso: “El detective. Me he acordado de que conozco al especialista en estrategias de la Ojirris”. Mientras se dirigían al coche a toda prisa y ella empezaba a meter la llave en la puerta del conductor: “Pero… ¿no íbamos a cenar juntos?”, dijo él poniendo una mano encima del capó del coche y extendiendo el brazo en dirección a la casa de la que acababan de salir. Su cara era… su cara era de agripín. “Cenaremos con él, estamos invitados. Es un tipo muy simpático, verás como te gusta. ¡Pero corre, entra de una vez!”.Al tiempo que se ajustaba el cinturón, soltó un lamento por un pequeño detalle en el que ni ella, ni el detective habían reparado: “Y mi ragut de ternera con pistachos, echado a perder”. “Espero que no haya mucho tráfico, le gusta que sus invitados sean puntuales. Aparcarás tú ¿de acuerdo?”. Y Germán: “Vaya hombre, ahora sí que me dejas conducir tu coche… para aparcarlo”. Pensó que aquella era la mujer más inteligente del mundo. En cuanto le había convencido de que necesitaba un detective lo había encontrado instantáneamente. Iban a conocerlo, iban a cenar con él. “¿No eres supermaravillosa?”, dijo de forma teatralmente shakespeariana y ácida mientras le dedicaba una mal disimulada sonrisa fingida. “Salvo por ese pequeño detalle de mi ragut de ternera con pistachos, of course”. En realidad estaba molesto por algo más: iba a conocer a un hombre por el que ella sentía entusiasmo. Los celos. Aparecen siempre una primera vez.
¿No se suponía que aquella noche de sábado por fín iba a haber sexo?. Tristán dió un ladrido en cuanto oyó arrancar el coche. “¡Tristán, no hace falta que lo recuerdes! ¿vale?”. Hasta el perro se daba cuenta de su fracaso sexual. Ella acabó de enfurruñarlo: “Me ha dicho que si algún dia va a Madrid me invita a acompañarle”. Se giró a Germán sonriendo, los ojos como platos y meneando la cabeza a un lado y a otro, haciendo bailar su melena, como si hubiera regresado a su época estudiantil. Se mordía los labios y no podía contener la emoción: “En Madrid quiere llevarme a Giangrossi. ¡Wow!. Sólo pensar en esa idea hace que me sienta entusiasmada. ¿Se me nota?”. Y vaya que estaba contenta aquella mujer. Germán, con aspecto de crío enfadado, frunció el ceño, se acurrucó en el asiento, cruzó de brazos y se subió el cuello de la trenka hasta ocultar su boca. Aún exclamó: “Pues qué bien”.
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3 Responses to El detective de Giangrossi

  1. mahaya dice:

    😀
    La verdad me tienes enganchada eh???

  2. Luis Amezaga dice:

    Vas a convertirlo en novela por entregas. Permíteme aparcarme en el fondo de la sala.

  3. johnymepeino dice:

    Por entregas es, Don Luis, desde luego. Lo de novela… habría que saber contarlo y decididamente: escribir no es lo mío, desde luego.

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