Y la policía

La reunión de la mafia había comenzado con la llegada de los amantes de Gordiel (gorda ella gordo el) escondiendose de la vida tras sus eternas gafas negras. Era el revuelo ideal para iniciar el descenso del tejado y alcanzar cuanto antes la tapia del chalet de Núria. “Tristán, Sultán, vosotros os quedais aquí. Vigilad al prisionero”. Pero lo que tenía que haber vigilado era la altura considerable desde la que iba a caer. Sonaron tejas rotas por todas partes, su pierna se resintió. Aún así, el jaleo en el patinillo de la vecina con la música de pasodobles taurinos a toda pastilla, evitó que le pillaran. A duras penas alcanzó la tapia del chalet de Núria y saltó por la ventana del baño quedando a salvo, de nuevo, en el interior de la casa.

La vecina anfitriona había cogido por banda al incauto francés haciéndolo víctima de (más o menos como ésta) su peculiar forma de hablar. La negra, con su afectado francés,(más o menos como ésta) montaba uno de sus pijos numeritos con la mujer del policía, haciéndola partícipe de sus próximos proyectos de boda con el francés. Nadie podía sospechar que en la polea que coronaba el tejado, un pato, con nombre en clave “Duck 1”, estaba enviando “vía móvil” anillado a su cuello, toda la conversación. El receptor era un segundo móvil manipulado conectado al portátil de Germán retransmitiendo via wifi, que a su vez era controlado por internet por Héctor desde su casa de Valencia. Germán llamó a Héctor que le reprochó la música de pasodoble: “Lo siento Héctor, la música es cosa del policía”, y haber olvidado suministrar al pato dos cápsulas de Fortasec: “Te dije que a los patos les entra diarrea cuando se ponen nerviosos. Como se siente alguien debajo nos van a pillar McAfee”.

El gran susto se lo llevó Núria. No sólo por el golpetazo que provocó aquel bruto saltando por la ventana del cuarto de baño, con todo lo grande que era, sino al ver la sangre en los dedos de Germán: “¡Pero Germaaán!. ¿Qué significa esto?”, preguntó enfadada señalando una cagada de pato en el jersey de Germán. “¡Uy!, pues no sé, la verdad. No he tocado los patos de la vecina”, trato de disimular Germán. “Ah, ¿No?. ¿Entonces qué es ésto?”, y tomó de los alborotados pelos de Germán una pluma de pato que se había quedado enganchada. “¿Puedes explicarme qué has estado haciendole a los animales de la vecina?”. Pero mientras Germán buscaba alguna mala excusa, Núria reparó en la sangre: “¡Dios mío Germán!…¡Estás sangrando!”. Tomó sus manos y las giró para ver las muñecas. Germán hizo un gesto de dolor y exclamó airado como un viejo excombatiente incomprendido: “A ver si te piensas tú que amordazar al pato con cinta aislante ha sido pan comido”. Núria se llevó las manos a la boca y dijo horrorizada: “¡Pobre pato!”. A lo que Germán, poniendo las manos bajo el chorro del grifo, dijo con tono de frustración: “Mujeres…”.

escriba en blanco, no le denunciarán

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