La mina de oro

La hiperactividad es un gen que heredan los hijos de los delincuentes. Los moros son maltratadores porque tienen amigos homosexuales. Los gitanos son los responsables directos del embarazo entre las adolescentes. La violencia doméstica es culpa de tener muebles oscuros en el comedor. Y ahora, la vecina, le estaba contando a Núria que bajo su campo había una mina de oro; que siempre había sabido que algún dia la gente reconocería su mente privilegiada: ella era ¡un diamante en bruto!. Se lo habían dicho personas muy sabias, y por ello los propietarios de los tres chalets afectados habían constituído una asociación de afectados nombrándola a ella, y por aclamación, secretaria general. “Soy la única que sabe redactar discursos”, argumentó. Pero el problema de aquella pobre desgraciada es que cuando te pillaba por banda, sabías cuándo iba a empezar a desvelarte su intimidad familiar, pero nunca la hora en que iba a acabar. Total, aquel dia había abordado a Núria con la excusa de que su marido le había robado un billete de 500 euros, y tras una hora de conversación ya se ha visto por qué derroteros había discurrido su autoconversación.
Núria no hallaba el momento de meter baza, aquello era una cotorra descontrolada. Apenas musitó: “Germán dice que no hará falta levantar este chalet porque aquí no hay nada”. Entonces, la mujer descubridora del gen de la hiperactividad, le advirtió sobre una historia dada por real, aunque inventada sobre la marcha, de un joven pianista que inducido por sus padres engatusaba a mujeres solteras para luego degollarlas y quedarse con sus posesiones para vivir de orgías con chicos de instintos suicidas. Sólo en ese instante Núria comprendió que tenía razón Germán, al señalar a la vecina de al lado como principal instigadora de sus problemas en la ciudad y autora, no de discursos, sino del soez y vulgar cartel que sobre la verja de su chalet aquella mañana había encontrado.
“Pero (se preguntaba), ¿Dónde está Germán?. ¿Qué estará haciendo en este momento?”. Bueno, desde una considerable altura y gracias a sus prismáticos, más o menos esto era lo que se veía. Sí, aprovechando la distracción de la vecina, se había colado en su parcela, se había encaramado en lo alto del tejado de su chalet, y había descolgado a Sultán que ahora mordisqueaba un pato de goma. “Este perro no ha entendido nada de nuestra misión”, dijo desesperado. De repente, a su lado, y como caído del cielo, uno de los patos de la vecina apareció a su lado. El momento era difícil. Su cuerpo, resbalándose por momentos sobre las húmedas tejas, en dirección a donde los cuerpos tienden a alcanzar el reposo: el puto suelo. En la mano derecha, la cuerda que sostenía a Sultán para poder volver a recuperarlo, bajo su barbilla una bolsa con cables, cinta adhesiva y el móvil manipulado, y a la izquierda, un pato desorientado que sobre las tejas venía hacia él, unas veces con sus andares propios y otras resbalando. “¡Eureka!” exclamó. El pato le miró de soslayo, pero ni se inmutó.
escriba en blanco, no le denunciarán
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