Domingo 27 de octubre

Era domingo. 27 de octubre. Diluviaba en la comunidad valenciana. El río Algar se había desbordado y Núria estaba allí, en Altea. No había querido que la acompañase y él ahora veía claro que no debía haber respetado esa decisión. Llevaba desde la mañana intentando contactar con ella. Ya era de noche, las 20:30 y aún no lo había conseguido. El N95 de Vodafone se había ido varias veces a tomar viento por encima de su escritorio, chocando con el teclado del Mac. En todas las ocasiones lo había lanzado con irritación, cada vez que salía aquella estúpida cantinela del buzón de voz. La amaba, estaba claro. No había terminado de comer por falta de ganas, se había retirado a su habitación de donde no había salido en toda la tarde, y sin embargo ni había estudiado el tocho de la universidad, ni había practicado para el exámen de piano, y había cancelado la clase de piano que daba al hijo de una vecina por temor a comérselo vivo. Odiaba la gente que se empeña en aprender a tocar el piano sin un mínimo de ternura ni aprecio por el arte musical. Pero, ¿Dónde estaba Núria?. Y sobre todo, “¿Cómo estará?”. Necesitaba saber de ella, poder escuchar su tranquilizadora voz, o de lo contrario esa noche tampoco podría conciliar el sueño. Se aproximaba otra noche de domingo, de un domingo de nada, de un domingo de vacío y un domingo de soledad.
Entreabrió la cortina de su ventana, apoyó el puño sobre el cristal y a continuación descansó la frente sobre su mano. Al fondo, y entre la copiosa lluvia, se descubría una infinidad de pequeñas luces provenientes cada una, de una casa habitada agrupadas en inmensos edificios unidos entre sí por el efecto de la perspectiva con que él los observaba. Como vectores imaginarios que confluían en el skyline que ahora observaba, lucían los puntos luminosos de la Avinguda de les Corts apenas entrecortadas por el Sorolla Palace y el Hilton. En cambio su habitación permanecía a oscuras, tan fría como su mano, como su mente; tan trágica como sus presagios. Su rostro reflejaba una serenidad admirable. Sufría, pero no desesperaba. Deseaba, pero no lo convertía en ley para los demás. Esa noche de domingo más que ningunas otras le dolía la soledad, pero inexplicablemente, era una soledad confiada. Sonaba el segundo movimiento de la sonata “Patética”, de Beethoven, cuando sonó el teléfono.
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4 Responses to Domingo 27 de octubre

  1. Toni dice:

    Qué maravilla. Contigo me pasa como con los grandes escritores: es leerte y querer emularte. Querer escribir en blanco para que no me denuncien.

    Un abrazo!

  2. johnymepeino dice:

    Si te pasa conmigo como con ellos significa que al menos reconoces que ellos son Los grandes escritores y servidor no lo es. Aún tienes esperanza.

    EMUL+ARTE significa descargarme por internet y estoy demasiado gordo para acaber 😀

  3. Luis Amezaga dice:

    Un clásico al que la lluvia de fondo sobrecarga. Hay cuadros donde el paisaje lo es todo.

  4. johnymepeino dice:

    La vida nos viene como nos viene D.Luis 😀

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