La casa

Comprobó la hora. Dió un respingo: “Vaya, qué tarde se ha hecho”, y apagó nerviosa el cigarrillo. Él guardó silencio. Estaba aterida de frío. Ajustó su albornoz al cuerpo tanto como pudo y lo abrochó con esmero, si bien sus pechos quedaron medio descubiertos. Tomó de la hamaca de lona la toalla que en un principio estaba destinada a secar la piel del invitado, la cajetilla de tabaco, la botellita del bronceador, el mp3, el vaso de cristal de tubo de su Tai-Mai (*) que había dejado a medias y con todo ello colocado entre sus brazos se calzó las chanclas. Él tomó sus gafas azules de buceador poniendose en cunclillas junto al borde de la piscina para limpiarlas. A modo de pulsera las colgó en su muñeca izquierda. Se acercó a ella lentamente y cuando estuvo a su altura pasó su brazo derecho por encima de sus hombros, la estrechó delicadamente contra su cadera y le besó las sienes. Silenciosamente iniciaron el descenso por las escaleras, atravesaron en diagonal el pequeño jardín sorteando los setos, (junto al rodeno vio unos tallos de cilantro) .Aún no estaba oscureciendo. Entraron en la casa.

Frente al espejo, en su cuarto, no pudo evitar un rictus amargo al contemplar su madura desnudez. Sentada en el centro de la cama terminó de secarse las puntas de su melena y el pecho, sobre el que empezó a aplicarse una leche hidratante. A él, en el baño, le costó poco desprenderse del escueto bañador y, seco como estaba, luchaba ahora por enfundar “aquello” dentro de los vaqueros. La camisa siempre por fuera; sus sentimientos, como una obsesión, siempre por dentro: se enfundó el suéter. Se dió unos toques con el índice en los bucles del flequillo, estiró de las puntas de la camisa y salió al salón dejándose caer en el centro del sofá. Las piernas totalmente abiertas y los brazos completamente extendidos por encima de los cojines blancos que había a ambos lados. Tomó el mando de la tele con indiferencia y lo dirigió, como si de una estocada certera se tratara, al centro de la pantalla del televisor al tiempo que apretaba uno de los botones.

escriba en blanco, no le denunciarán

Anuncios

2 Responses to La casa

  1. humo dice:

    Me ha dado un escalofrío al leerlo.
    Y lo de los tallos de cilantro a la orilla del sendero ya me ha dejado cao: todo eso ocurre, nos ocurre, y dejamos que nos suceda sin pegar gritos de horror, porque es normal, completamente normal y sano; lo veo en una peli y me digo “qué natural”. pero leyéndolo me ha dado como un repelús que no sé explicar.
    Si estuviera mal escrito no me hubiera impresionado, claro.

  2. johnymepeino dice:

    Humo: “¡Qué natural!”, dices. y me conmueves Humo y la ausencia de gritos y exclamaciones de “¡Horror!” Ojalá pudiera … pero no, he de continuar la historia tal y como quedó escrita. Más que nada por salvar la cronología real. Un besazo Humo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: