A dónde los otoños

“¿A dónde se han ido?” preguntó ella. Como permanecía aún pensativo recordando sus últimas palabras, no lo oyó bien: “¿Cómo dices?”, le preguntó. Ella se giró de espaldas a la piscina y haciendo un gesto con la cabeza señaló los montes de enfrente. “¿Dónde están?. Sí, los sentimientos de todas las personas que durante cientos de años han vivido esta preciosa tarde de otoño. ¿Te das cuenta que ha sido nuestro último baño de la temporada?”. Sus palabras adoptaron un tono de preocupación: “Siento que es hoy cuando estamos dando por acabado el verano. Ya no volveremos a bañarnos más veces en la piscina, lo guardaremos todo y dentro de un rato cerraremos el chalet y nos iremos para la ciudad. Dime, ¿No sientes que se remueven bajo esta misma tierra todos los juegos amorosos que se prodigaron en verano, durante los siglos pasados a la sombra de estos mismos árboles, en las mismas orillas que ahora tiene el río?. ¿O las canciones que en su día entonaron por estas tierras, los amantes que se besaron…? ¿Cuántos primeros amores han dejado abandonados aquí los antiguos habitantes de estas tierras, porque cometieron el mismo error que todos los vecinos de esta urbanización, osea, largarse?. Tengo miedo sí, a ser tierra, a convertirme en tu escenario, a transformar en otoño lo que debiera ser tu primavera, a beberme un río que no es mío en vez de respetar su existencia, pero dejarlo en su lecho.

Él se puso en cunclillas, apoyó los brazos sobre las piernas engarzando sus manos por delante de las rodillas y la observó como quien observa la octava maravilla del mundo: “Estás preciosa”. Y sonrió, mordiendo suavemente su labio inferior. De repente, fingió acordarse de algo y se sentó otra vez sobre la barandilla: “¿Sabes?, sería irreparable que me largara ahora. Mis sentimientos me han dicho que no quieren venirse a Valencia. Compréndelo, han nacido aquí. No, decididamente no puedo irme, quiero quedarme aquí, en el verano, que sea verano todo el año. Si regreso a Valencia perdería la melodía que ahora tengo en el alma. Dió un brinco y se puso de nuevo de pie en mitad de la terraza. No había forma de que se estuviese quieto ni un sólo minuto. Era pura hiperactividad. Adoptó ahora un tono teatral como si ella le estuviera exigiendo algo que él no estaba dispuesto a consentir de ningún modo: “Sepas que yo no puedo irme de aquí. Me quedo con ellos. Si, y me quedo también con tus sentimientos”. Y se cruzó de brazos haciéndose el ofendido. Ella frunció el ceño pero le miró con ternura, ahora habló con la importancia que en verdad le estaba dando en su interior a esta despedida: “Tengo miedo porque… porque a lo mejor regreso dentro de unos meses y… ¿a dónde se habrán ido estos pensamientos?, ¿a dónde los otoños?”.

escriba en blanco, no le denunciarán

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10 Responses to A dónde los otoños

  1. Iván dice:

    Los otoños acaban engordando nuestra memoria. Como las primaveras y cada uno de los veranos donde los fugaces amores nos acompañaban. Como cada sonrisa que nos regaló nuestra madre antes de darnos las buenas noches…
    Un gran relato. Aunque veo que me he perdido alguna parte. Rebuscaré en el blog
    Un saludo!

  2. humo dice:

    No hay nada más peligroso que el temor a no vivir en el futuro nada mejor que un presente perfecto: tú mismo mutilas la posibilidad de mejorar lo experimentado.

  3. johnymepeino dice:

    Iván, el tema es que… los amores pasan, los amigos permanecen.

    Humo, o quizás lo peor es desaprovechar un presente imperfecto anhelando un Futuro Pluscuamperfecto que nunca ha de llegar.

  4. H. dice:

    Los amores pasan, y quizás los amigos que nunca lo fueron… pero los recuerdos…¿ya nadie se acuerda de los recuerdos?

    – H – prefiero que sea su dilatada piel quien me los recuerde,
    la cadencia de su voz susurrando a mi oído quien me retrotraiga al pasado,
    que los matices de su mirada provoquen en nosotros el orgullo de tener recuerdos compartidos,
    ¿acordarme de los recuerdos?, sí: mientras vierto lágrimas en el laberinto de su ombligo
    como venganza por el tiempo transcurrido.

  5. Alunizado dice:

    Esos siempre vuelven,como perros fieles a sus amos, y a veces te lamen la nuca erizándote la piel.Me quedo con esos presentes imperfectos porque al fin y al cabo cualquier futuro acaba siendo una caída de hojas.

    ¿A dónde los otoños?

    Ya te dije,está quedando pintao.

    Abrazos.

  6. johnymepeino dice:

    Quién tuviera un perro fiel.
    Quien jurara fideidad hasta la caída de la última hoja
    Y… por cierto, quién me dijera cómo coime averiguas tú el final de mis cosas 😀

  7. johnymepeino dice:

    Que dicho al revés, sería pura carnaza invernal.

  8. casshern25 dice:

    No insultemos a los perros comparandolos con nosotros…

    A mi fijate, siempre prefiero el otono y el invierno al verano. Será por eso que ni hojas caidas y na de na

  9. johnymepeino dice:

    A ti no sé si te caerá la hoja algún dia, pero fijo que se caerá: y he dicho se te caerá 😄
    En serio, no te entiendo, pero sabes que me he jurado estar siempre de acuerdo.

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