Cuando los pobres veraneaban

A 8 días del estreno de la nueva versión yo… sigo. San Sebastián es la playita que acogía una colonia de veraneantes y daba tranquilidad a las madres respecto a la gente menuda, que nadaba como quería en un agua que mlagrosamente hace un metro de profundidad hasta muy adentro del mar. La isla protege la playa de vientos y de la mar. A la vertiente protegida de la isla crecía un olivar. El resto de la isla estaba desnuda de arena y vegetación sometida a las embestidas del mar.

Una caseta humilde de una planta se repartía aislada por pa vertiente del monte hacia el camino. Los habitantes eran de los pueblos de alrededor, aficionados a pescar que encontraban en las rocas el lugar donde podían realizar su afición favorita. Pasaban las horas desde que aún era de noche hasta bien puesto el sol. No obstante estar todo rodeado de huertas, el faro siempre daba la sensación de secano y hasta algunas costumbres recordaban a las de los montañeses. Solían ser siempre los mismos veraneantes que venían a pasar el verano hasta la siega del arroz y se conocían de padres a hijos. Todos eran de los pueblos de alrededor, todos se conocían, todos tenían las mismas costumbres, la misma forma de pensar, muchos eran parientes y hasta se casaban entre ellos. Personajes importantes de aquellos veranos de mi infancia eran los carabineros de grandes bigotes y miserablemente vestidos, cuando no estaban de servicio. Hábiles pescadores que no pescaban animados por ningún espíritu deportivo: lo hacían con tal de poder añadir a la miserable olla que sólo les permitía su sueldo de auténtica miseria. Eran mentores de muchos pescadores que les aconsejaban sobre los mejores lugares en la costa pedregosa y el puesto más adecuado en cada caso. Aquellos Luján, Corbí, Martín y tantos antepasados de los magnates de la construcción que ahora son sus nietos y poco se acuerdan de sus orígenes. Sus consejos les proporcionaban una magra ayudita para comer, precursora de la paga de verano que más tarde se había de establecer en toda España.

Una torre de piedra roja coronaba una loma que miraba a la mar y prevenía de la venida de piratas bereberes. Al borde, una cuadrada ermita permitía algún domingo que se celebrara la misa. Había sido una mezquita. Decían…

Nuevo post sobre “Energía infinita” en Zhuque

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