Al faro

Al Faro había que ir con más tiempo. Estaba lejos. Llevábamos la merienda. Pescado frito, o bien de aquel palo de chocolate duro, terroso al morder, de una primitiva industria de Torrente. Íbamos descalzos por la arena que empapaban las olas, las alpargatas empapadas, las cintas colgaban de nuestras pantorrillas. El camino tenía unos puntos a especie de etapas que lo jalonaban. Tras caminar un rato encontrábamos un famoso huerto protegido de las miradas de los viandantes por una oscura hilera de tamarindos que a penas podíamos mirar, sabiendo la terrible historia que guardaban. La bellísima hija, loca de amor por la prohibición paterna, pasaba los días dentro de aquel huerto cantando con voz ardiente o gimoteando dolorosamente por su desventura. Si los niños nos acercábamos demasiado a intentar ver algo por entre las ramas, se nos contagiaría la enfermedad de la locura. Bordeábamos aquel huerto acelerando el paso, tapándonos temerosos los oídos con nuestras manos y entornando los ojos. Unos metros después aún sentíamos latir nuestros corazones y nos costaba atrevernos a ser el primero en quitarse las manos de las orejas y recuperar la cadencia en nuestro pasear.

Llegábamos al pechinar. La mar lanzaba a la orilla montones de pechinas y cáscaras de caracoles marinos, un “tesoro” con el que llenábamos nuestros remendados bolsillos y que debido a su abundancia y vulgaridad, abandonábamos finalmente a los pocos días de comenzar la escuela.

El Puerto, o un intento de puerto que al año de hacerse, la mar se encargó de derribar y se hubo de abandonar. Quedaban batidos por las aguas los puntales de hierro que sostenían las gruesas chapas de hierro que la mar iba deshaciendo en láminas de óxido. Una gran casa ela la instalación en tierra de los servicios del puerto. Era la Casa Roja, porque la habían pintado de aquel color. Durante muchos años fue una pieza de la toponimia local reconocida por todos hasta que al final fue transformada en el actual “Hotel Sicania”. Este verano, mientras se lo explicaba a mis nietas mientras atacando una inmensa ensalada de queso, los comensales de las mesas circundantes alucinaban en colores: pensaban que me lo estaba inventando como si fuera una trama de Harry Potter, fantasear por pasar el rato, para entretenerlas. Qué pena me dió. Vale que mi historia es como mi blog: irrelevante. Pero otorgar el mismo valor a un suceso real que a uno inventado; haber perdido el interés por la intrahistoria de cuanto nos rodea; que el Ministerio de Educación haya conseguido a través de los años inculcar en la mente de los estudiantes “Si no lo sabes da igual, te lo inventas” me parece una particular tragedia doméstica imposible de reparar. Pretenden escribir la “Historia de la blogosfera española” (ya ves tú ¬¬) y qué poca gente recuerda tardes a la fresca o noches de verano, escuchando historias de cómo fueron los veraneos de papá o mamá.

3 respuestas a Al faro

  1. Casshern25 dice:

    Ahora es más importante ver que contar… y total la excusa de “eso a ellos no les interesa” es de muy fácil y apetitoso uso.

  2. LUIS AMÉZAGA dice:

    Caballero, usted no habla o escribe del ayer. Lo trae de la mano y nos revienta los sentidos con su fuerza actualizada.

  3. Anonymous dice:

    Hola. Estoy creando http://www.disemdi.com, un periódico digital y me gustaría que colaboraras conmigo.
    Concédeme una entrevista a través de Messenger o gmail, mi correo es lonuestro27@hotmail.com. Un saludo.Jose Guillermo.

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