El rumor del mar

También las tellinas y los caracoles con pinchos, y “les figues” de mar que son los ermitaños, tan preciados para la paella (de entonces, conste). Los cangrejos, los más humildes de los mariscos que en compañía de las galeras, que hieren dolorosamente la boca de los ingénuos que pretenden devorarla como si fueran cigalas, son también firmes colaboradores en la obtención del caldo más suculento. Hay un enorme cangrejo, aristócrata de la familia, tan exíguo de carne como sus parientes, pero también gran contribuyente en hacer buen caldo. Es el pescado que se hace una bola mientras conserva la vida y tiene una cáscara con la calidad de las más finas porcelanas. De pequeño me aterró ver morir hirviendo a los cangrejos.

Un capítulo aparte merece la reina de los mares: la langosta de inquisidoras antenas, que al romperse -eso dicen- pierde parte de su sabor a causa de la mutilación. Vestida ostentosamente con la rica coraza, teñida con los colores vaticanos, púrpura y oro. Aún las veo siendo partidas por la mitad estando vivas, hay cosas que en gastronomía no han cambiado despues de tantos años. Cuando voy a Carrefour hablo con ellas y les hablo de sus bisabuelas de Cullera, es que ahora soy mayor y tengo muchas cosas que contarles.

Vareaban en la playa las barcas de otros puertos, a menudo forasteros, del Grau de Valencia o del de Gandía, y hasta -raramente- del puerto de Ibiza. Pescaban más lejos, donde sólo se distiguía un profundo azul. Entonces las pescaderas ofrecían a sus parroquianas las capturas, que sólo los pescadores más sortudos habían podido sacar del mar: lucios grises de enorme boca depredadora, “llobarros” tránsfugas del rio. En ocasiones la chiquillería pudimos ver grandes peces a los que les faltaba medio cuerpo. Eran mordiscos ocasionales, provocados por los palangres y otros accidentes producidos al estar próximos a las partes menos bondadosas de las redes. Nos hacían pensar con miedo en qué tipo de monstruos marinos habrían podido dejar a aquellos peces así de destrozados.

Como es natural, los vendían a bajo precio. Pocas veces ofrecían aquellas grandes caracolas de las bellas conchas mitológicas que aparecían en los grabados a plumilla de la enciclopedia escolar, que aprovechaban como trompa de aviso, o para comunicar los indígenas o – nos decían- si acercábamos el oído escucharíamos el rumor del mar.

4 respuestas a El rumor del mar

  1. HeV dice:

    menuda racha mas marinera que llevas xDDD

    aún sigue en obras el mercado central? pq mi padre, al que le encanta el pescado y marico disfruta yendo de compras allí

  2. Johnymepeino dice:

    Es que tu padre es viejo… como yo😀
    El mercado central?, Núse, estoy de vacas hasta septiembre y no piso la city ni de coña😄

  3. mahaya dice:

    Yo no me acuerdo pero mi madre me contaba que me compraron un cangrejo y lo tuve en la mano envuelto en el paquete todo el santo dia. Animalito.
    Lo dejaron cuando me acostaron en la mesa de la cocina y aun asi aun pudo salirse del papel, cruzar la mesa caerse de ella y lo cojieron ya muerto por la mañana cruzando la puerta de la cocina.
    Hoy en dia personalmente no me gusta para nada ni el marisco, ni cosa parecida, me parecen insectos gordos alguno hay y ademas la gente se los come con muchisimo gusto que es igualico que una araña

  4. Casshern25 dice:

    Eso por no hablar de las anguilas. ¿Has tenido alguna entre las manos? Es entre asqueroso y excitante, por lo menos cuando eres pequeño.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: