Esquelas 7

Tras firmar el finiquito y recoger sus bártulos, buscó al viejo para despedirse de él pero no lo encontró, de modo que hizo mutis por el foro y se largó. Se dirigió al ascensor que… ¿Eso de ahí detrás qué era?. Regresó sigilosamente, a hurtadillas, intentando no hacer ruido con la suela de sus deportivas y acompasando los brazos con el movimiento de las piernas arriba y abajo. Al girar el pasillo… El viejo estaba con la frente apoyada en la puerta de la Sala de Juntas, los ojos cerrados y las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta. “No sabía que eras judío”, le dijo el joven. -Y no lo soy, melón. Salió de su ensoñación un poco contrariado de que lo hubieran pillado en esa postura. -¿Quién hay dentro?. -Todos. -¿Ocurre algo?, quiero decir, además de lo de ayer. -Van a dar portazo. -Pues pobre de al que le toque poner la nariz. -Pues sí, pobre. -En fin gracias por todo, -Gracias Juan, ahora debo entrar. -Gracias ti por lo de la calle, por lo menos me he podido desahogar. -Voy para dentro. -Adiós. El viejo entró en la sala de juntas de la que salían muchas voces y él giró sobre sus pasos dirigiéndose lentamente hacia el fondo del largo pasillo donde esperaba el ascensor.

Apenas si acarició el led del botón de apertura la puerta del ascensor, al abrirse, dejó ver frente a él su propia figura reflejada en el espejo y un flash vino a su mente que lo dejó petrificado. La puerta se cerró y él volvió a pulsar el botón buscando desesperadamente el espejo donde creía haber encontrado la clave de lo que estaba ocurriendo. “Van a dar portazo”, cuando esa mañana había visto a sus compañeras y otros periodistas jóvenes en animado corrillo, comentando la famosa foto de las victimas que todos los periódicos habían publicado esa mañana en portada menos ellos “por culpa” del gordo de corbata apretada al cuello, cuando “Pobre del que le toque poner la nariz”, como había encontrado a su jefe: “¿Eres judío?”. Se puso tan nervioso que dudó por un momento qué dirección tomar. Al fín giró sobre sus pasos, llegó corriendo a los despachos de la izquierda y encontró a Miguélez. Sí, era su tipo. ¡Rápido Miguélez, ven!, esbozó una sonrisa forzada, aquel se le acercó. ¡Hola Miguélez, cómo estás coño. Ven, ven!, Le pasó la mano por el hombro empujándole con fuerza y deprisa hacia una puerta: “Entra Miguélez, te invito al servicio”. Pero… ¿Qué coño te pasa Juan?. Le agarró con fuerza del cuello y al tiempo que habría la puerta del wáter le empujó dentro y gritó: ¡Qué entres coño!.

Quítate la ropa Miguélez. “Vamos tío, ¿Estás loco?. ¡Desnúdate!. Este tío se ha grillado… ¡Vamos!, necesito tu camisa, la corbata y la chaqueta, dijo mientras él hacía lo mismo con su ropa. ¿Quieres decirme qué pretendes?. Antes que Miguélez pudiese darse cuenta, estaba desnudo de medio cuerpo para arriba y el joven reportero vestido elegantemente aunque… ¡Espera Juan!, ¿corbata y zapatillas de deporte?. Que le den, a mí lo de intercambiar calzado siempre me ha dado mucho asco. Y salió corriendo atravesando el pasillo desesperado, hacia el mostrador de la secretaria que custodiaba la Sala de Juntas.
Humm… Montse, hola, qué buena que estás. Se inclinó sobre la mesa buscando sus labios mientras sus dedos se interesaban por las caderas de la arisca secretaria. “¡Vete a la mierda niñato!. ¿A que te grabo con el móvil y ya tengo prueba?. Te voy a empapelar por acoso laboral, que soy del sindicato, ya lo sabes. Él insistía: Vamos Montse, que tú yo sabemos lo rico que está eso de follar. “O dejas de meterme mano o te disparo con este sparay”. Oh, lo que me faltaba, perfumado con “Aromas de Montserrat”. Pero para entonces la secretaria se había echado a un lado porque no atinaba con la cámara del móvil. ¡Gracias Montse, ya tengo lo que quería!. Se abalanzó sobre la mesa, asió el sillón de la secretaria por el reposabrazos y de un estirón lo alzó en vilo y lo cargó sobre su cabeza. Sin dudar, se dirigió a las puertas de la Sala de Juntas con el sillón en la cabeza y les aplicó la Ley Corcuera. ¡Poumm! y las abrió. Definitivamente ese chico y las puertas no se llevaban nada bien.

Con permiso, permisooo, ¿me deja pasar?, con permiso, un poco más y… Y fue abriéndose camino por detrás de todos los sillones ocupados, en dirección al lugar donde estaba sentado su jefe. El revuelo no acababa de tomar forma porque quien entraba de esas maneras parecía un modelo híbrido de “Hombre-sillón con patas arriba” al que no se le veía el rostro. Al llegar al lado del gordo y viejo hombre de nuestra historia, echó hacia adelante el sillón de forma que el hombrecillo soplapollas que estaba sentado allí para husmear de reojo en los papeles del viejo y chivárselo a los del grupo tácito, empujó con fuerza sus manos contra la mesa para salir disparado en el sillón con ruedas hacia atrás. “Muy hábil, sí señor. Llegas a quedarte donde estabas y te plancho”, dijo el joven, pero sonrió hipócritamente para disimular su ira hacia aquellas personas. El viejo no se había inmutado en ningún momento. Sin alzar la vista de los legajos que manejaba pronunció en voz baja y cerca de su oido estas palabras: “A los tres de tu derecha les están haciendo señas los del fondo de la sala, para que protesten o averiguen porqué estás aquí”. El joven se giró hacia ellos: la secretaria abortó hace un rato en el lavabo, yo hice lo que pude pero al final se la tuvieron que llevar. Después Don Enrique me llamó al móvil para decirme que se había dejado las gafas en casa y que necesitaba alguien que tomara algunas notas y les leyera el informe anual. ¡AAuu!. El viejo le había clavado ligeramente la estilográfica cerrada en la cintura. Bueno el informe anual no, porque todavía no es la época pero… El viejo gordo cortó en seco y le obligó a contestar lo más discretamente posible: dime Juan, porqué has entrado, y siguió con sus papeles. El joven apretó los labios y frunció el ceño antes de contestar. “Si por tener las manos limpias nunca haces nada, se te acaban manchando con la pobre sangre de los demás”.

Esquelas es una idea original de Toni
La selección musical corre a cargo de Cashhern25

Una respuesta a Esquelas 7

  1. James Joyce dice:

    Cuántos se manchan de sangre cuando resulta que todo el mundo se quiere lavar las manos…?

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