Tango – Por una cabeza

I. La Mulata
(corregida + no aumentada)

“Andar con putas jovenes es lo que tiene, me pierdo”, pensó mientras se quitaba el gabán en aquel salón de baile con parquet recién abrillantado. Se sentía indefenso por dos razones: no sabía cómo demostrarle que no era ningún conocido suyo disfrazado en internet y temía haber tocado sus fibras dolorosas. Si lo había hecho deseaba con todas sus fuerzas suplicarle perdón. No la conocía de nada (ganas tenía, eso sí) y… bueno, que ahora que se iba a enfrentar a ella bailando un tango, sentía la inseguridad de no ser nadie. Todo nuevo: jamás se había relacionado con una tía más joven por internet.

“Para amores y amistad resulto muy mayor para tu edad y tus aspiraciones, -le había escrito el primer día- para cyberamistad pues la verdad, no encuento que puedas llegar a sentir esa necesidad, entonces… ¿qué hago en tu mail?. Anda por favor, búscame un sitio, una utilidad, un rincón, algo que no me haga pasar vergüenza o sentirme incómodo cada vez que piense “voy a escribir a esa chiquilla de Aranjuez”. Joder… aquello era muy fuerte, y él lo sabía, pero en medio de la pista la estrechó contra el pubis, se miraron con ira y comenzaron: dos pasos, tres al frente y en seguida el paso de talón hacia atrás.

La fecha de caducidad viene en el código de barras que todos llevamos impreso en la cabeza y en el corazón. Siempre ocurre, pensar lo contrario es irrisorio. Es cierto que tenía amigos en internet que jamás dejarían de serlo (no les gustaba el tango). Jamás los había visto, ni por webcam; a ellas tampoco. Jamás habrían tenido intención de viajar para conocerlo, pero chateaba en ocasiones, le enviaban cosas por mail y nunca se les pasaban ciertas fechas que a nivel personal son importantes. Mismamente competir a ver quien felicitaba antes el año nuevo el 1 de enero. ¡Ves y pilla un ordenata cerca a esas horas!. Era pura amistad. Pero esto de ponerse en relaciones… todas terminan y lo que urge es aprovechar mientras se dan. Se abalanzó sobre ella que dejó rozar su cabello con el suelo de parquet y llegó a su rostro el aliento húmedo y la respiración que comenzaba a ser jadeo en ella.

Si ella quería tener un mail esperando cada vez que llegara a casa después de su trabajo en el “night-club”, no tenía más que pedirselo. No podía garantizarle siempre las mismas frases porque el orígen de las palabras se confunden, y porque además no siempre encontraba una forma concreta de decir las cosas que “parecieran” bonitas. Si en vez de follar con empresarios que acudían a las ferias de muestras escribiera un blog, conocería la gente que escribe de p.m. muchísimo mejor que lo que pudiera escribirle él o arrastrarla como ahora, a impulsos bravos y electrizantes como el tango que para ellos sonaba en aquel vacío salón.

Al tercer día lo había comparado con el protagonista de “Vendetta”, recordaba ahora mientras su cuerpo se pegaba al de ella y el deseo se desabrochaba entre las piernas de los dos. No contaba con ello, hacía años que nadie le hablaba de su verdadera vocación. “Muchísimas gracias -dijo- me dejas a cuadros, la verdad”. En realidad quiso decir que llevaba tres días padeciendo de vértigos, volvía a él todo su pasado: el arte, la música, astronomía, y el puto y jodido teatro: Manuel Dicenta, Pedro Pablo Ayuso, Jose María Rodero. Como siguiera retrocediendo en el tiempo acabaría en escena con Rodero representando “Historia de un caballo”. Ella en cambio, lasciva, se pedía a Pepón Nieto para trincarselo. Esto ¿era?…¿Crisis de los 70 adelantada?. No sabía que hubiera crisis de los 70. ¿Alzehimer incipiente que le hacía retroceder en el tiempo hasta los 20?. ¿Delirios de juventud por algún golpe en la cabeza y no se he dado cuenta?. Por razones que no venían al caso, estaba reviviendo con su zorra cosas suyas que ya las había dado por perdidas y sobre todo abandonadas, entre ellas ver cortos. Su pasión contagiosa les llevaba a ver tres o cuatro películas en un día y luego pasarse el domingo en la cama “filosofando” sobre tal o cual escena, buscándola en el video de sus cinéfilas cabezas y volviendola a pasar una y otra vez sólo para dilucidar si la chica habia dicho en realidad “como muertos a escena” o “cómo ha muerto esa escena” pensando que una cosa u otra podía dar un giro tremendo al significado último de la película…

Fecha de caducidad… a ella “se le olvidó” decirle adiós el día que decidió que ya no había más guión para su propia escena. Pero así, con esa frescura que hay que tener para decir por teléfono a las tan sólo 24 horas: “Ah pero… ¿No lo sabías?. Hombre me sabe mal porque ya sabes que tú eres el mejor amigo que tengo; él ahí ya se las estaba tragando como puños y con mucha saliva porque eran lágrimas muy amargas. Pues igual es que no te comenté nada pero…sí, hace tiempo que había decidido que mejor tirar cada uno por su lado. Pero vamos que ya sabes… tú y yo, osea que lo nuestro siempre estará ahí”. Fecha de caducidad. Sí, aquello fue su extinción. O acaso una de tantas.

Por eso ahora a sus 67 años o se negaba a toda novedad así fuera una puta con una mente superdotada y prodigiosa, más un pelín de locura extrema (no te rías, las hay y lo que es peor: además están muy buenas) y seguía dentro de su concha de felicidad absoluta, o se dejaba arrastrar por la primera furcia con dos dedos de inteligencia que le pusiera la mano en el hombro diciendo: “Venga abuelo, usted callao que aburre con sus batallas, pero vengase a la pista que este tango tengo que enseñárselo a bailar”, y el escuálido viejo se quedó sin argumentos e instalado en la catapulta para el último y más sonado ostión de toda su vida. Si todo acaba mal, cuando la diferencia de edad es considerable, acaba peor. Vislumbró la vendetta, sólo para sus ojos, de toda una vida. Le dió las gracias de nuevo por dedicarle el tango, por invitarlo a bailar, y gracias por estar tan buena y abierta de piernas como invitandole a entrar.

La ortografía no está en las palabras, sino en las emociones. Los sentimientos le provocaban y para su asombro, los de aquella muchacha habían sido buenos para con él. Algún día habría de preguntarle: “¿Realmente llegué a darte miedo?. Ya sabes, por ser tan viejo…”. Entonces todo lo que le hizo y dijo durante aquel fin de semana tendría más valor aún para él. Nunca supo si fue su sombra lo que le hizo verse más grande, porque presencia… poca era la que tenía él.

Uno tras otro fueron terminando los polvos que echaron aquel fin de semana, nunca supo ni quiso saberlo cuántos había eechado en realidad, en cualquier caso le dejaron sensación de haber sido cientos. Pero el de hoy… el de hoy quería que fuese un polvo único y resuelto. ¿Razón?. Era el primero que echaría al acabar de bailar aquel tango.

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10 Responses to Tango – Por una cabeza

  1. Landahlauts dice:

    Conocer a una persona por Internet tiene esa ventaja: conoces su forma de pensar antes incluso de ver su apariencia física.

    Además, como tú dices, “la fecha de caducidad viene en el código de barras que todos llevamos impresa en la cabeza y el corazón” así que, la fecha del DNI no tiene demasiada importancia.

    Que buen tango, en La Arbonaida ha sonado alguna vez.

    Una cosa: cuando cargo tu blog, me sale una entrada de 27 de FEbrero, no me sale la última. A la última llego por el lector de feeds. ¿Me ocurre sólo a mi? ¿Qué es lo que pasa?

    Saludos ….

  2. Johnymepeino dice:

    Lo cual significa, querido Landahlauts, que si cambiáramos nuestra cabeza y nuestro corazón, podríamos llegar a la relación infinita.

    Usa siempre Firefox (de entrada :D) y dale siempre (incluso en IExplorer) al “botoncillo” actualizar. A mí también me ocurre, salvo lo de los feeds que no sé como manejarme en esa selva.

    Qué gracia, ya tengo un “reader” Se dice así ¿no?. No tenía ni idea 😀

  3. Anonymous dice:

    Llega tu recuerdo en torbellino.
    Vuelve en el otoño a atardecer…
    Miro la garúa y mientras miro
    gira la cuchara de café…
    Del último café
    que tus labios, con frío
    pidieron esa vez
    con la voz de un suspiro…
    Recuerdo tu desdén,
    te evoco sin razón,
    te escucho sin que estés:
    “Lo nuestro terminó”,
    dijiste en un adiós
    de azúcar y de hiel…
    Lo mismo que el café,
    que el amor, que el olvido,
    que el vértigo final
    de un rencor sin porqué…
    y allí con tu impiedad,
    me vi morir de pie,
    medí tu vanidad
    y entonces comprendí mi soledad
    sin para qué….
    Llovía y le ofrecí el último café.

  4. Maik Pimienta dice:

    Querido Johny:

    Me parece tan humanista dejarse arrastrar por la fuerza invisible de la debilidad; por la necesidad de ser más que uno aunque te rodees de mentiras, que no voy a decirte más que: yo tambiñen espero que me enseñen a bailar el tango, cualquier día de estos.

  5. Suzanne dice:

    Conocí esta canción gracias a Calamaro, ya me inclusión en el tango nunca ha sido mucha, y me gusto muchísimo, pero la versión de Gardel, es mejor (sin quitarle méritos a Calamaro, peazo de artista)
    Saludos

  6. Carman dice:

    Bonito tango, bonita historia 😉

  7. Conejín dice:

    Pues lo siento yo estoy ya más que caducao, y voy a meter en el sobre, no antes sin haber cumplido con mis deberes.
    Saludo y click del conejo.

  8. Dammy dice:

    Me voy para Valencia en 60 minutos, jejeje, que ganicas ya. 🙂

    Te lo cantaría en un tango, pero oye, uno es demasiado simple para ello.

    Un blogabrazo.

  9. mireias32 dice:

    Como siempre… Un placer leerte. ¡Que tengas buen fin de semana!. Un saludo. Lady Bourbon.

  10. Persio dice:

    hermosa lectura, carlitos cada dia canta mejor, saludos y mi apoyo de siempre!

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