Cuento de Haloween (chapter 3)

¿Cómo entraste?.¿Encontraste la ventana abierta?. “No, la puerta de atrás estaba abierta. La ventana la abrí para airear este salón” murmuró estremecido. Inexplicablemente atribuía su incomodidad y su miedo a johnymepeino, de modo que le traicionó el subconsciente: “No me gusta… la casa. Está llena de espectros. Oí andar a alguien”. Los edificios antiguos, como las personas antíguas, suenan de un modo raro. Si hubiese alguien aquí, le habría visto al entrar”. ¡Pues a mí me han seguido!. Estoy convencido de ello. Usted cree en fantasmas ¿verdad?”, preguntó, como si el hecho de johnymepeino ser viejo le otorgara capacidad de creer en sí mismo.
Una corriente de aire glaciar se arremolinó alrededor de los pies de Johnymepeino y el fuego de la chimenea se apagó. “¡No hay fantasmas!”. Gritó johnymepeino al Cullum: “Registraré la casa para demostrartelo. En el poyete de la chimenea había una vela que a tientas cogió y se la llevó. “No tardaré. Grita si tienes miedo”. “Gritaré si no te vas, que no es lo mismo” sentenció el Gullum. Johnymepeino recordó su tiempo de domador de perros pero prefirió centrarse en los sucesos que le habían llevado a aquella casa.

Ascendió por la escalerilla que subía al primer piso, protegiendo la llama de la vela con su mano. Alcanzó el pasillo de las habitaciones superiores y creyó oir un ruido al fondo. Lo atribuyó a los ratones. Una a una abrió de un portazo las habitaciones que estaban todas vacías y las revisó con esmero: En aquella casa no había nada ni nadie. Y si nada ni nadie se movía en aquella lóbrega mansión, experimentó la horrible sensación de que algo monstruoso, algo que no podía en manera alguna impedir estaba a punto de cobrarse su tercera víctima.

Una vez en el rellano de la escalera inició el descenso y se paralizó: Los escalones en los que se acumulaba el polvo, mostraban claramente las huellas de sus pies. ¡Pero había otras huellas en sentido ascendente!. ¡Y no bajaban!. Bajo corriendo al salón, “Sin novedad, no hay peligro”, mintió con aplomo. El Cullum hispánico intentó encender un cigarrillo, pero le temblaban las manos. Johnymepeino no creía en fantasmas, era del todo absurdo, pero se le erizaron los pelos de la nuca cuando una ráfaga helada rozó su cabeza y oyó un crujido del entarimado junto a la puerta de salida. “No dejes de hablar” (Cullum estaba mudo como un muerto). Parecía que alguien estaba junto a la puerta e iba a salir de la casa de un momento a otro. Johnymepeino empezó a correr hacia la salida, percibió entonces un rumor de muchos pasos precipitándose hacia la puerta de la calle que se abrió en estampida.

Una vez fuera, la lluvia y la oscuridad le impedían ver con claridad, pero el rumor de pasos le orientó sobre la dirección de “los espectros”. Avanzó arrastrando los pies y extendiendo los brazos para protegerse. Inesperadamente, su mano tocó un trozo de carne fría y huesuda. Soltó una “pequeña” interjección, casi inarticulada que no copio por no incumplir las normas de Google y “la cosa” aquella se alejó.

Johnymepeino tropezó de pronto con la típica raíz que sale en todas las pelis de miedo cuando “el prota” va a descubrir el misterio y se desplomó de bruces golpeandose en sus pobres testículos. El dolor le dejó aturdido por unos momentos: “Años sin usarlos y encima me los aplasto”. Consideró que era demasiado viejo para iniciar una persecución. Además, ya sabía qué criatura era aquella, el tufillo a … engendro, a “presencia”, no dejaba lugar a dudas y prefirió evitar el último asesinato programado que -de no ser por el Gullum y él- se iba a producir al día siguiente. Mañana el final…

to be continued…

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