Viernes Santo

“¡Tiene una navaja!”. Dijo la mulata apretando sus labios mientras estiraba su barbilla hacia abajo, abría sus ojos redondos de par en par, soltando unas lagrimitas como acostumbraba y parpadeando a mil por hora. Quería conseguir dando pena, lo que no había conseguido en tantos años de estéril persecución. Gimoteó como la eterna adolescente que era: “¡Ayyyyy, tiene una navaja!”.

De repente, todos los presentes como si hubiera soplado un viento maligno y vengativo, de boca en boca, llenos de malícia, apasionamiento y odio, bisbisearon con la mirada perdida: “Tiene una navaja, tiene una navaja… tiene una navaja”. Cayó una pedrada, nunca se supo de dónde salió (para que se cumpliera lo que había dicho la Ojirris: -que nadie sepa de dónde ha salido la piedra- y golpeó en medio de la frente. Un “cloc” trágico y un borbotón de sangre que ensangrentó la cara de la infeliz isa que cayó al suelo desplomada tan grande como era. El silencio era atronador, todo se sucedió en el más absoluto silencio mientras una frenética multitud que la emprendió a pellizcos, pisotones, golpes, puñetazos y hasta los más crueles la inchaban con navajas, agujas y todo lo que tuvieran a mano en medio de un delirante silencio, de un escalofriante bisbiseo apenas perceptibles de insultos, imprecaciones y las más sucias obscenidades, más doloras aún que ciertos aguijones. “!Jas, por ladrona!. ¡Por falsa, ¡Por gandula!, ¡Por puta!, ¡Por beata!.

Uno de los dos chicos que iban vestidos de mujer se quitó una horquilla del pelo, separó las puntas e introdujo una de ellas por debajo del ojo derecho de aquella pobre chica, “¡Para que dejes de ver tanto a Dios!”, y estiró con fuerza, con tan mala suerte, que uno de los nervios ópticos no se rompió y el globo ocular quedó colgando ensangrentado sobre la mejilla de la muchacha.

En medio de la calle y bajo un sol de justicia, sucia de tierra y sangre, con los brazos abiertos, mostrando un muslo joven y rotundo que las faldas arremangadas habían dejado al descubierto. El pelo enrojecido rodeando la cabeza, la cara como si fuera de cera, más blanca que las moraduras y arañazos se veían a la perfección. Murió con un gesto mitad dolorido mitad de asombro, extendida en medio de un charco de sangre negra que ya estaba cuajando. La vocecita, ahora infantil, del lisiado , repetía sin parar l mismo soniquete una y otra vez: “¡Ay mi chica!”, ¡Ay mi chica!, qué mal ha podido haceros para merecer esto!.

Todas las casas estaban cerradas a cal y canto. Nadie le respondió.

Cuando al cabo de unos días se celebraron los funerales, La Ojirris, presidiendo el cortejo familiar, respondía a unos y otros: “Ya se sabe, la gente mala, acaba como se merecen: mal”.

fin

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One Response to Viernes Santo

  1. Casshern25 dice:

    Te ha faltado la figura del cura cacique, tan propia de los pueblos. Por lo demás grandioso relato, yo conozco a unas cuantas ojirris, me da que tu también.. como era esto de… “visca la cheperudita!!!”… hijasdeputa

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