Jueves Santo

“Tú no te acuerdas, pero cuando eras pequeña tu madre abusó de tí. Es que a ella le gustan las mujeres. No te sepa mal lo que voy a decirte, pero tu madre es una ladrona, robaba a tu abuelo para manteneros porque como nunca trabajaba. ¿A que ahora estás más tranquila?. De las perzonas así es mejor alejarse”. Ojirris y toda su “grandeur”. Estas cosas y otras les inculcaba a las pobres criaturitas en cuanto tenía ocasión de quedarse a solas con ellas. Había envenenado toda su vida a sus propios hijos y ahora tocaba hacerlo con los hijos de los demás. Y llegaban ellas a casa como un San Lázaro y lo contaban llorando. “¡Puta! , ¡Mala zorra!”, murmuraba dolida y amenazaba: “Qué bruja que es. Emponzoña y cizañea y a mí me dá otra imagen. ¡Se va a enterar eixa “filla de puta” a la que abandonó su padre putero por una mala pécora!”. Y al día siguiente fueron al notario y ella puso todo a nombre de él por si acaso. Con plenos derechos, en plena propiedad. Y si morían ellos, hasta los 18 años de las crias no se tocaba ni un céntimo. ¡Cariño que se joda la Ojirris!”.

Como si hubiera sabido lo que se le venía encima, al despertarse, se dio cuenta que él no se movía y con la boca llena de espumarrajos se le había girado un lado. Dió un bote, lanzó un grito y quedó aterrada, sin saber qué hacerle. Como sus gritos y sus lloros los habían despertado, enseguida acudieron los vecinos con una taza de YerbaLuisa. El médico fue parco: “Se ha ido de la cabeza, la absenta ha hecho su camino”.
Ella se transformó en una santa, una de clausura paciente y cuidó de aquel trozo de carne, de aquel viejo prematuro que la “imbecilidad” había convertido en un niño. Ella lo lavaba, porque siempre se ensuciaba como los bebés y hasta tenía que darle de comer cuando se negaba a hacerlo él sólo. Jamás se la pudo escuchar echarle nada en cara, ni un reproche, ni una queja, ni un gesto de cansancio, ni de repugnancia en el cumplimiento de su deber de enamorada. Y el bandido la conocía, como si en la niebla que ofuscaba su cerebro se abriese en contadas ocasiones un agujerito por donde se colara un rayito de sol: Era ella, sí, y la llamaba por su nombre esbozando una sonrisa.

Aquel caluroso viernes santo a las tres en punto de la tarde, sentados a la puerta de su casa como habían hecho desde niños, en unas sillas altas y sin esconderse pues tenía ella la defensa de su conciencia tranquila, los dos esperaban apareciese por la esquina la procesión del silencio con el Cristo Agonizante. El silencio era absoluto como manda la tradición. Un sol de justicia a mediodía y apenas se percibía “el respiro” de él. Todo habría transcurrido en paz y gloria de dios si no fuera porque ¡A qué mala hora! apareció La Borda teniendo la jeta, delante de todos, de acercarse a decirle al oído de la muchacha lo primero que le vino en gana, como siempre que había alguna fiesta, para llamar de ese modo (era la eterna pequeña) la atención.

(mañana el “capítulo” final) 😀

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