Martes Santo

Siempre habían sido muy, muy felices. Y ahora lo iban a ser más. No así las cuñadas, que bramaban contra aquella “monjona”. No perdían ocasión de insultarla. La más cruel y deslenguada era La Borda, una mulata, un chicote agresiva y desvergonzada con lengua de estropajo. Llevaba siempre manchas y pelos en el vestido, restos de legañas de aquellos dos mocosos legañosos y sucios nacidos despues del negrito, que eran el terror del pueblo. Que si miedo les daba la madre con sus palabras y sus golpes, ellos no se quedaban atrás con sus diestras “manitas” en destrozar cuanto encontraban a su alcance cada vez que los llevaban de visita y arramblaban con todo lo que consideraban de valor: elefantitos de marfil, monederos, llaves, zapatillas, libros, todo lo que fuera útil para la reventa. Y es que cuando se ha vivido toda la vida criando mascotas como si fueran bebés se termina criando a los bebés como si fueran mascotas. Por ser tan mal afamada La Borda pecisamente la convertía en menos peligrosa, todos sabían a qué atenerse con ella. Nadie se lo decía a la cara, pero en cuanto giraba la esquina comenzaban a murmurar: “Mira que es mala la tía”. De ahí lo de Borda. (Borde)

La Ojirris no era como ella, era su antítesis física y moral. Grasienta, de tez aceituna, boquita ajustada (las pocas veces que la tenía cerrada, claro) el morrito fino y la barbilla puntiaguda que enfilaba hacia su interlocutor cuando le hablaba en voz baja. Eso en la calle, porque en casa cuando se daba de ostias con el marido o los hijos lo más flojo que soltaba era gilipollas y a voz en grito. Pero cuando salía a la calle se enseñoreaba con sus vestidos, muy pulida, pintandose hasta donde no se puede, llevando el hábito del carmen por cosas de marineros. Tenía un nene y una nena. Muy apañados. El primero le limpiaba la casa y la segunda le guisaba, así ella podía dedicarse a lo suyo: ir de puerta en puerta, de tienda en tienda a despellejar.

Nunca hicieron buenas migas las dos cuñadas. Siempre como el gato y el perro, La Ojirris no soportaba a la rabalera de la Borda y a está le pagaba una patada en el vientre aquella “señoritinga de mierda”… como la llamaba. Pero, mira por dónde, aquella pobre infeliz de Isa obró el milagro. Tener una enemiga común les había hecho la ilusión de ser por fín “como una familia”, que a su manera capitaneaba La Borda, con tal de conseguir el desprecio de la gente de aquel pueblo de los años 40 que siempre había considerado a Isa muy simpatica y una modesta muchacha a la que siempre gustaba pasar desapercibida.

Ojirris, temiendo discutir con La Borda y dividir fuerzas, ni osó decirle que erraba la estrategia pues todos conocerían su animadversión hacia la muchacha. Esperando, cauta, a que se aburriera la otra, paso a paso iba madurando su propio plan. Poco le iba a costar vencer a esa figona (mojigata) de Isa. Aquella ladrona no podía slairse con la suya robando lo que siempre había considerado que acabría siendo para sus hijos y las bestias de su cuñada. Lucharían lo que hiciese falta, pero astutamente, “como las señoras” , decía, con conocimiento, sin errar los pasos, no como pretendía aquella ligera de cascos de La Borda. “Que ninguno sepa nunca de dónde salió la primera piedra”, era su estilo. ¿Cómo?. Ya se vería. Ocasión no habría de faltarle. Lo que no imaginaba, es que los acontecimientos se iban a precipitar de aquella manera.

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