When The Saints Go Marching In

La castañera es una figura muy literaria: está ahí, en la calle, pugnando contra la llegada del mal tiempo, como en un cuento de Hans Christian Andersen. Es como una criatura imprescindible en el paisaje invernal. Cuando volvemos del cine, salimos del teatro o de un concierto o abandonamos la ópera y la zarzuela, lo ideal es encontrarse con un cucurucho caliente de castañas. Y compartirlas, boca con boca, frío con frío, como antes compartimos la magia, un paisaje virtual o los sones de una melodía inolvidable. Milagrosa, “Mila”, está ahí, en su caseta de madera, con las castañas en su punto: cocidas por igual, con la hendidura sobre el marrón de la piel, con el ardor adecuado en su carne de pálida nata. Para ella su oficio es un ritual que le hace sentirse bien, tranquila, y le permite practicar lo que más le gusta: observar al que pasa, escuchar los acentos y las conversaciones, hacer amigos en un intrascendente comentario sobre la tarde glacial que avanza o acerca de ese terco cierzo que llega hasta los huesos y le revuelve la rubia melena.

Es castañera por puro azar. Está en Zaragoza también por puro azar. “Vine de golpe y porrazo y aquí me he quedado. Ahora no cambiaría la ciudad por nada”. Procedía de Corella, aunque nació en Tudela. Sus padres eran campesinos, y lo que más le gustaba de su niñez era coger espárragos con ellos y llevarles la cesta, de abril a junio. En la escuela era feliz en las clases de dibujo: pintaba paisajes y retratos egipcios. Le gustaba bailar en la discoteca “El nido” y el escenario de sus mejores sueños era el viejo salón de cine: tenía las sillas de bandera y exigía, en medio de la oscuridad, erguir los pies del suelo porque pasaban correteando algunos ratones. Luego remodelaron la sala y le prohibieron entrar a una película cuyo contenido desconocía: “Emmanuelle”.

Tenía 21 años cuando llegó a Zaragoza. Ver una ciudad que se le antojó tan grande y con tanta gente le metió el susto en el cuerpo. En cuanto descubrió las salas de cine, los comercios y, especialmente, “la amabilidad de los aragoneses, su sentido de la hospitalidad”, se sintió en su casa. Residía en la zona de Montemolín y era una asidua pasajera de los buses 25 y 40. Pronto se decantó por la venta ambulante, un trabajo que entraña inestabilidad y dureza, y que exige constante disposición para coger el petate e irse a las grandes fiestas de ciudades y pueblos, o trasladarse a Madrid y Barcelona para comprar bisutería o telas en los mayoristas. Los anillos de plata, ha comprobado, atraen siempre la gente: es una joya de moda perpetua, “aunque yo prefiero vender bisutería: latón, alpaca, chapados y baños. La gente tiende a marginarnos un poco, parece que menosprecia al vendedor ambulante. Yo vendo una joyería menor y eso lo entienden los clientes, pero también tiene su encanto”.

Las fiestas más duras son los sanfermines. Allí llevan un puesto móvil, “la percha”, con ruedas; la policía, cada cierto tiempo, les exige que cambien de lugar. En Pamplona vende camisetas, pañuelos, fajas y boinas, y deben permanecer 24 horas ininterrumpidas bajo la “percha”. Se come mal, casi siempre bocadillos, y hay que esperar y esperar para conseguir el alquiler de una ducha. “En cambio, el Pilar es mucho más cómodo. Antes teníamos nosotros el puesto, pero desde hace un tiempo nos alquilan las casetas. En Pamplona hacen falta dos personas, pero aquí estoy yo sola, de once a dos de la mañana. A la gente le dejo que vea el género, que lo toque, le doy confianza y a los hombres les ayudo a elegir un regalo si me lo piden. Lo peor de Zaragoza es que las casetas con luz cuestan muchísimo: entre permiso y caseta hay que abonar 100.000 pesetas y hay gente que no lo saca en los nueve días”.

En estas andaba, viajando de aquí para allá, por Pamplona, Jaca, Illueca, Zuera o Utebo, cuando le salió la posibilidad de trabajar de castañera. Ni se lo pensó. Al día siguiente se embutió en el mandil, se colocó los guantes de cuero y aprendió los secretos del nuevo oficio, un oficio que se concentra desde mediados de octubre a enero: se hizo castañera. Se habituó a ese olor peculiar de la castaña y a su reducido habitáculo. Lleva dos años. La pasada campaña tenía una castañera o asadora convencional: era un soporte redondo con cuatro patas y una rejilla. Se alimentaba de carbón vegetal, que encendía con papel de periódico y con un poco de gasoil. Al cabo de una hora, ya tenía las primeras castañas, hendidas por un cuchillo ajeno o por una máquina. Este año, le han cambiado la asadora, que ahora es algo más sofisticada y rectangular, y va remeciendo los frutos por igual, de tal modo que se asan en media hora. Le costó un poco conseguir la perfección en el cucurucho, pero ahora ya es una experta. “La gente es agradecida, y cuando las castañas son buenas te dicen que están buenísimas, y repiten. Y se convierten en clientes fijos. A mí me gusta tratar bien a la gente, crear un clima de confianza y escuchar a quien le gusta que lo haga. Tengo una clienta que viene a menudo, me compra dos o tres docenas de castañas y se las come delante de mí, mientras me cuenta sus problemas”.

Mila suele vender entre uno y tres sacos de castañas al día. Está contenta en el puesto: si la tarea no es agobiante, puede pensar en sus cosas; si el día se presenta animado, se concentra por completo en su tarea. “El día que más castañas vendemos suele ser la víspera de Reyes, tras la cabalgata. Los días de frío, de mucho frío, son los peores: a la gente ni le apetece quitarse las manos de los bolsillos. Creo que este es un trabajo bonito: tengo la sensación de que cada vez vamos a menos, pero creo que no se perderá la tradición. A mí me alegra el corazón. Cuando cierro en enero, noto que me falta algo. Un día tuve que irme a casa por enfermedad, llegué, me senté en el sofá y padecía melancolía. Me sentía hasta más sola.

Se va a casa tras haber vendido castañas, crema de castañas, marrón glacé o castañas en almíbar, que de todo tiene, y se sienta ante el televisor, que es su refugio. Ve películas y más películas, y disfruta con los muchachos de “Gente de Primera – 2005 ” y “Gran Hermano 7”, como más de medio país. Si echan a alguno de la casa, se siente conmovida y llora. “Lloro de pena y de alegría. Soy sentimental, sensible, de lágrima fácil”.

Una respuesta a When The Saints Go Marching In

  1. corsaria dice:

    Una entrada muy bonita. Creo que ahora miraré a las castañeras con otros ojos.🙂

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