Blanca Vilela. Tú al plato, yo a un relato

noviembre 12, 2009

Todas las comparaciones son odiosas, de modo que no voy a equipararme con Frederick Tácito. Soy viejo y lerdo pero no padezco la estultícia del soberbio, de modo que no cito a Frederick Tácito por el autobombo. Aprecio más de lo que él entiende a Frederick Tácito, pero otros me han visto entrar a saco en este mismo tema, porque lo mío es ya una cruzada contra el autoendiosamiento cibernético y las letras españolas, como Rimbaud orinaba sobre los libros abiertos de Moliere y Dumas. Este surealismo rimbaudiano mío que practico y la edad, son cosas que me separan del Señor Frederick Tácito. Pero señora Blanca Vilela, sepa que escribo este post como lector de Tácito, no como “fan”. Él, porque no lo necesita, usted porque me parece que lo suyo no tiene nombre.

Columnistas del diario “Levante EMV” publicando con su nombre y apellidos, textos sobre la “Mierdosfera” refiriéndose al mundo de los blogs, blogueros “pro” de esos del EBE, y algún/una reconocido/a escritor/ora contemporáneo/ánea (nunca les llamen modernos porque no llegan ni al betún de los zapatos del modernismo), me han entrado con el ritual “yo no me escondo detrás de ningún nick”. ¿Habremos inventado nosotros los pseudónimos?, Es más, ¿Camilo José Cela -su mentor, señora Vilela- no le enseñó la diferencia entre nickname y pseudónimo?. ¿Acaso quienes más los usaron no eran como nos, vulgares aficionados más llenos de inspiraciones que de aspiraciones?. “Yo no me escondo detrás de ningún nick”. ¡Ni yo me escondo tras unos apellidos consagrados, que es vuestra única coartada para que os paguen por escribir memeces sobre tanto cuánto desconoceis!.

Señora Blanca Vilela, venir a estas alturas con que “fue una cosa de la imprenta”, la coloca en la misma estantería que Ana Rosa Quintana, plagiadora oficial del Reyno de España, con aquello de “fue una cosa del sistema informático”, o Lucía Etxebarría (do más grande corta-pega de las letras hispanas), con su “fue una cosa del procesador de textos”. Eso ya dice mucho de usted pero, puesto que otorga el epíteto “rastrero” al Sr. Frèderick Tàcito, atienda a lo que ha hecho usted.

Fréderick Tácito crea contenidos de su puño y letra, mas no seré yo quien el dia de mañana ofrezca por internet su único y escueto correo electrónico que me envió, para demostrar que tuve trato de amistad con él. Soy viejo, mas por ello obligado a dejar en buen lugar a los de mi edad. Los viejos no traicionamos una amistad vendiendo un par de frases a cambio de reconocimiento. Niega el desaire a Yolanda Castaño y se ofrece a hacer público un  mail que recibió de ella para demostrar su amistad. Los que empleamos un pseudónimo en internet jamás cometeríamos semejante infamia con un amigo, señora. ¡Ni las quinceañeras de Tuenti hacen eso!. Que venga usted con la metralla de sus menciones honoríficas, premios, conferencias internacionales, etc no es sino esconderse tras un apellido consagrado. Y su semifinalista “Premio Internacional Rubén Darío” a cuestas, empleando la expresión “emilio” (por correo electrónico) para entrarle en plan colegueo a Fréderick Tácito, es de lo más penoso, lamentable y al tiempo revelador. Señora Vilela, no soy escritor, pero como viejo y en nombre de otros viejos que convivimos en internet con autores jóvenes le digo: compórtese en internet atendiendo a su edad coño: con honor.

Afirmaciones de que puede permitirse el lujo de publicar un libro al año “no como otros” en varias editoriales porque usted lo vale, y por tanto identificar toda  crítica literaria negativa como fruto de la sola envidia… entre los bloggers españoles -por desgracia- de eso ya andamos servidos, para más de lo mismo no la necesitamos a usted. Cierto blogger mexicano, lo habría resuelto de un plumazo con el tan manido (como mentiroso), concepto de “troll”. Las personas que como él y usted, señora Blanca Vilela, tienen tan exígua masa encefácila que no llegan más que para hacer esta suma: “me critica + usa un nickname = eres imbécil, eres un troll”,  tenían que tener prohibido el acceso a internet. Escupirle al Sr Friéderick Tácito sus 21 años ¿Sabes?: “aún te queda mucho por aprender” es, sencillamente, una falta de educación.

Por último, voy a hablar de lo peor, de lo que no tiene nombre. Jamás he pertenecido al círculo de amistades de Fréderick Tácito. Jamás, voto a bríos,  he tenido trato con nadie de su familia. Pero no por ello eludo una defensa que me parece obligada, a tenor de un suceso personal que me ha sangrado leyendo el post (esto no debiera seguir ocurriendome, a mi edad no, por favor).
Sólo la muerte vió el final de nuestra guerra. No sé en qué coño de gen del ADN de los putos fachas españoles, se esconde la alusión (voy suave señora, no crea; debería haber empleado la expresión “amenaza”) a la familia de uno, para hacerle callar la boca. Su “Ya sé quienes te rodean” dirigido a Frèderick Tácito, me recuerda a un “ahora ya sabemos quienes son tus amigos” que me enviaron via Twitter hace año y medio a raíz de una agria polémica sobre domainers y blogs. Usted no lo sabe, doña sabelotodo, el malnacido que me envió aquel mensaje tampoco, pero esas fueron justo las palabras que escuchó mi abuelo antes de ser fusilado en la Ciudad Universitaria, durante la guerra civil española. No, no me entre ahora por la vena del: “revanchismo” “demagogia”, “yo no fui…”. Sólo me he preguntado muchas veces, y se lo digo con un nudo en la garganta, porqué cojones mis ojos han de seguir soportando que los nietos de los fascistas españoles, aún podais hablarnos, en pleno s.XXI, igual que vuestras familias le hablaron a nuestros abuelos.

los_ojos_de_un_niño_que_lo_vio_todo

escuchaba mientras posteé: esto


MP3 de la Psicofonía en la cripta (final)

julio 15, 2009

En el momento que uno de los guardia civiles presionó la tecla Play, con la cara A del cassette lista para ser escuchada, Emilio y yo decidimos alejarnos un poco de ellos y encendernos un pitillo. Aquellos tipos no sabían lo que estaban haciendo.

Habíamos negociado no bajar a la cripta porque demostramos que no habían pisadas en la arena del suelo,  ni huellas de nuestras manos sobre el polvo de las lápidas. Apelamos a sus creencias católicas implorando su caridad para con el descanso de los venerables muertos (a los que habríamos visto el careto, de haber tenido que bajar a taparles las tumbas), pero no hubo manera en lo de esperar allí dentro a escuchar el contenido de la cassette.

Finalizada la cara A por la grabación, aquellos mamelucos pusieron la cara B que no nos inquietaba en absoluto. Pero ahora estábamos oyendo ya aquello que habíamos ido a registrar en la cripta de San Frutos…

El inicio había registrado nuestra respiración al elevar el cassette, el roce de las cuerdas mientras lo descolgábamos por el foso que daba a la cripta, y luego ya, el silencio. A poco de apagar la colilla del que ya sería nuestro segundo o tercer cigarro, Emilio y yo quedamos sobrecogidos: aquella era la primera vez que habíamos obtenido nuestra propia psicofonía. Audio1.
Vale que no era una voz, pero la verdad, casi mejor. Los civiles se volvieron a nosotros para preguntarnos qué habíamos hecho. Les dije (Emilio estaba insistiéndome en que saliéramos por piernas de aquel monasterio) que “Es extraño, porque si se fijan, aquí no hay ningún objeto de madera…”

Apenas un momento antes de que la cara A llegara al final, el cassette había registrado este otro sonido: Audio2,

Hubimos de ir escoltados al cuartelillo, nos preguntaron por separado una y cien veces las mismas preguntas. Nosotros empleamos la técnica del espejo, a cada pregunta de “qué habeis venido a hacer aquí”, nosotros recordábamos que a las 12 salía nuestro autocar para Madrid. A cada pregunta de “porqué hicisteis noche allí arriba”, nosotros machacábamos como la prueba que más nos interesaba realizar antes de abandonar Sepúlveda: “Usted ha llegado a oir algo en esa cinta o estaba vacía?”. Necesitábamos salir de nuestra subjetividad; nuestro triunfo sería el testimonio de aquellos dos ceporretes.

A punto de montar en el autocar, la mujer del hostal se acercó a devolvernos el sobre que le habíamos entregado el dia anterios. Emilio soltó un: “Mierda, aún está la lacra sin romper”. ¡La guardia civil no sabía lo de las psicofonías!.  Aquella experiencia nos dejó claro dos cosas: las psicofonías existen, no porque nadie nos lo hubiera dicho, sino porque nosotros habíamos “cazado” un par de ellas. Y dos: si el registro sonoro de una psicofonía puede considerarse un dato objetivo, el método de interpretación siempre dejará mucho que desear. A mí me había respondido el guardia civil tantas veces cuantas le pregunté, que aquello era un golpe de tos. A Emilio su interrogador le había contestado que una tecla se había saltado cayendo al suelo. A nosotros sólo nos llenó de satisfacción, que dos personas corroboraban por tanto, que aquella cinta contenía sonidos. Eso nos bastó.

Psicofonías inéditas comentadas por el propio Jiménez del Oso, que dedico al causante de que este episodio de mi vida, haya acabado convertido en un post. Para PABLO BLASCO, por su cumpleaños.


Psicofonía en la cripta del Duratón IV

julio 13, 2009

Resulta fácil comprender el simbolismo de la expresión “La luz que vence a las tinieblas” y cómo desde los albores de la humanidad, ha penetrado en nuestras mentes como un arquetipo. En verano a las 6 de la mañana, el cielo dibuja “un altre blau”; se perfila el cielo, separado de la tierra; lo que son árboles, de lo que son laderas; el agua, del lecho del río; y al tiempo que la luz rasga las tinieblas, van disipándose los miedos y resurge en nosotros la fortaleza. Evocar aquí películas como Titánic, Soy Leyenda, y las series de mi tiempo sobre comisarías de policía y hospitales, que terminaba siempre el capítulo cuando entraba el turno de la mañana y andaban todos con las tazas de café en la mano.

Habíamos superado la prueba, en Madrid nos esperaban largas tardes de verano en las que contar a los amigos nuestras hazañas. Empezaríamos a desmontar nuestra base de operaciones cuando el sol se elevara sobre el horizonte, de modo que mejor pegar un bocado antes de entrar por última vez a la iglesia a recoger nuestra grabadora. Empezaba a untar unas aplastadas rebanadas de pan de molde Panrico con mantequilla sabor a chocolate (Nocilla era sólo para bolsillos pijos), y nos pareció escuchar un extraño zumbido proveniente del otro lado de la iglesia. “¡Para!. ¿Oyes lo mismo que yo?”, me preguntó Emilio. Por un momento creí escuchar, es cierto, algo así como un ronco zumbido, pero como había ya tanta claridad como hambre le dije: “Por las mañanas NUNCA ha pasado nada Milio, joder”. Mi amigo se quedó medio convencido (pobrecito, si llego a saber lo que ocurriría después, le habría hecho caso).

Al entrar en la nave de la iglesia, las trampas que habíamos preparado nos daban luz verde para acercarnos al foso: habíamos borrado nuestras pisadas con hierbas para comprobar si “algo” había plasmado dibujos sobre la arena del suelo, los bloques de piedra desprendidos aparecían en la misma posición, el encoltorio de plástico del cassette virgen seguía donde lo habíamos dejado con una piedrecita encima, y las cuerdas que sujetaban el radio-cassette estaban tensas.
Recuperamos la grabadora: las teclas Play y Record habían saltado. Levantamos la tapa y el cassette ¡Eureka!, había llegado al final. Eso significaba que había estado 45 minutos grabando. ¿Cabía más felicidad?. Habíamos enrrollado ya casi todos los tramos de cordada, me acerqué a Emilio para que me diera sus cuerdas, e inadvertidamente rocé sus dedos: estaban húmedos y extremadamente fríos. Aquí lo llamamos “La gelor de la mort” (el frío de La Muerte”). “¿Te encuentras bien?”, le pregunté. “No tanto”, me respondió. Salí al exterior algo preocupado, parecía que se encontrara francamente mal.

Estaba metiendo las cuerdas al fondo de la mochila cuando, desde dentro de la iglesia, Emilio dió un grito desgarrador. En ese mismo instante una negra sombra cruzó corriendo a mis espaldas y sentí un aire helado que me llegó desde la nuca hasta cada punta de mis extremidades. La neurología afirma que nuestro cerebro es incapaz de tener dos pensamientos en un mismo instante (facultad reservada a la inteligencia artificial), pero creo que ese día estuve cerca de conseguirlo. Emilio se habría precipitado accidentalmente por el foso a la cripta, y yo acababa de tener una experiencia parapsicológica sensorial. Fué una micra de segundo, justo antes de que unas manos huesudas se hundieran en mis hombros, su capa rozara mi espalda y yo diese -lo confieso-  el grito menos viril que haya podido dar en toda mi vida. ¿O acaso es que después de matar a Emilio me iban a matar a mí también?.

Me giré y al ver aquel rostro me zafé y caminando de un lado a otro del muro , al tiempo que estiraba los brazos y manos hacia el suelo, repetí una y otra vez: “¡Joder!, ¡Joder!, ¡Pero joder!”. El guardia civil no me quitaba ojo de encima. Al instante apareció el pobre Emilio llevado del pescuezo por otro número de la benemérita. Al verme exclamó: “Creía que me quedaba seco del susto que me ha pegao el cabrón”. Claro, el pobre Emilio saliendo de la iglesia al tiempo que, recortándose a contra luz,  una figura con capa se abalanzaba sobre él y le agarraba del pescuezo…

Rodolfo Martín Villa, con su constumbre de salir en la única tele de España  explicando cómo identificar a ” Los ETA”: pelo largo, camisa a cuadros, pantalones vaqueros y zapatillas de deporte ¬¬ hizo que la mujer del hostal creyera ver en nosotros a dos de “Los ETA”, y tras pensarlo un poco, dió parte al cuartelillo más cercano. Por la noche habían recorrido la zona tratando de buscarnos (los destellos que creímos ser las almas de los eremitas), y cuando al clarear vieron nuestra balsa negra amarrada a los arbustos, decidieron cruzar a por nosotros en su patato-lancha  (el zumbido que dijo Emilio). Ahora el cassette con la grabación “de lo que sea”, esquivaba su obligación de volver a Madrid con Emilio y yo.

Habíamos recorrido muchos kilómetros para registrar 45 minutos de grabación en una cripta abandonada, habíamos remado contracorriente, habíamos pasado miedo, hambre, frío, y que justo cuando ya teníamos en nuestras manos el material y dábamos por finalizada la expedición, apareciera la Guardia Civil, lejos de tranquilizarnos, comenzó a presagiar una más terrible pesadilla que la de haber pasado allí la noche. Comenzamos a temer lo peor sobre el destino de nuestra cassette.

Sí porque claro, esto no es américa ¿sabes?. En las películas catastrofistas americanas, cuando la situación llega a un punto insostenible y el fin del mundo parece inevitable, siempre surge un menda de entre la multitud al que la policía intercepta diciéndole: “¡Alto ahí, está prohibido el paso!, dónde cree que va”. Y el menda responde: “Soy, ciudadano de los estados unidos de américa”, y ya sabes que a partir de ese momento a los malos les va a ir de puta pena, los buenos van a hacer muchas explosiones, y al final el bien y la verdad triunfan sobre el mal y tal. PUES NO: aquí los de la benemérita sólo nos dieron dos órdenes: 1) que Emilio y yo teníamos que bajar a la cripta a poner bien las lápidas y 2) que mientras, ellos oirían el contenido de esa cassette para saber qué ocultábamos.

Osea, total y casi nada: sabiendo que si hubiéramos tenido la suerte de captar una psicofonía  (cosa improbable) , cuando empezara a escucharse ellos iban a ser los primeros en salir corriendo ladera abajo dejándonos sólos en la cripta, encima tener que acercarnos a unos sepulcros medio abiertos con el alma en vilo mientras ellos allá arriba oían “la nada” , pero que si después empezaban a oirse psicofonías a todo volúmen, nosotros allá abajo, abandonados por la benemérita, rodeados de tumbas y con los gritos de los muertos sonando a todo trapo. No, el cine en España no es como el de América.

Himno de la Guardia Civil


Psicofonía en la cripta del Duratón III

julio 12, 2009

Si han viajado a lugares donde se producen fenómenos paranormales se habrán percatado que, por más fuerzas telúricas que existan en la zona, a plena luz del dia nada invita al miedo ni se siente inquietud alguna. Remábamos en bañador pendientes de las horas de luz solar que nos quedaban sí, pero lo suficientemente relajados como para buscar las “bocas” negras en las laderas del Duratón, porque sabíamos que esos huecos negros indicaban que pasábamos por delante de una de las cuevas donde vivieron en su época los eremitas templarios. Emilio y yo relatábamos en voz alta pasajes de la historia sepulvedana, el eco nos divertía, y nuestra pasión por las historias de caballeros templarios, batallas, monasterios asaltados, etc, se desataba conforme nos adentrabamos en las aguas que ya lamían la ladera del priorato.

Amarramos la balsa a unos arbustos al pie del peñasco e iniciamos la subida a pie entusiasmados. Al coronar el ascenso, las ruinas del monasterio, el silencio, el viento soplando en nuestros oídos, la satisfacción de haber logrado nuestro sueño escolar, el paisaje de tanta hermosura que contemplaban nuestros ojos, nos hizo comprender definitivamente el empeño de un puñado de hombres por erigir, en aquel lugar, un priorato.

Nos adentramos en lo que quedaba de la nave principal de la iglesia, y ante nuestros ojos apareció el foso, en medio del suelo, que daba acceso a la cripta donde estaban sepultados los monjes benedictinos. Calculamos los pasos necesarios para entrar y salir de la iglesia por si fallaban las linternas, los metros de cuerda necesarios para bajar el radio-cassette que habría de registrar una hipotética psicofonía, removimos algunos bloques de piedra desprendidos para la sujección y otros para señalar el límite al que podíamos aproximarnos al foso sin correr peligro de caernos. Siempre habíamos pergeñado la idea de bajar a la cripta, colocar el cassette encima de uno de los sepulcros (algunas lápidas, ciertamente, estaban abiertas), y pernoctar allí pero, sinceramente, una vez dentro del priorato, nos convencimos de que “¡Y una mierda, bajo yo ahí!”.

Cerca de la media noche, nos acercamos al foso abierto que daba a la cripta. Desprecintamos la cassette, la introdujimos y pulsamos las teclas Play y Record. Descolgamos el radiocassette tres metros, para que quedara suspendido en mitad de la cripta. Anudamos las cuerdas a los pedruscos que habíamos preparado al efecto. Nos alejamos cuanto pudimos para alcanzar la salida al exterior d la nave, y una vez al raso nos acurrucamos junto al camping-gas aplastando nuestra espalda contra un murete. Aquella noche allí no iba a dormir ni el Tato.

A pesar de la maravillosa noche estrellada, a pesar de la luz de la luna, a pesar de las viandas que descansaban olvidadas en el fondo de nuestras mochilas, a pesar de ser una mágica noche de verano, pensamientos sombríos se iban apoderando poco a poco de nosotros. Primero fue un mal presagio de que en los 45 minutos que duraba la cinta no se grabara nada, pero que de madrugada empezaran a producirse voces, gritos audibles, o fenómenos paranormales sin que -a oscuras- pudiéramos escapar. . Después nuestros negros pensamientos se transformaron en culpabilidad: que si habíamos ido demasiado lejos con nuestra afición a estas cosas, que nosotros éramos de Madrid y quieras que no aquello no era Madrid sino un pueblo perdido en la provincia de Segovia, que cualquier desalmado podría habernos seguido desde lo alto de las hoces que bordean el priorato sin que nosotros nos hubieramos apercebido entretenidos como estábamos remando con la balsa, o algo que en España en aquella época no era inusual: la existencia de perros sueltos que hubieran contraído la rabia y por la noche nos vinieran a atacar.

Ya de madrugada (la cinta habría dejado de grabar), empezamos a observar un extraño fenómeno, una especie como de destellos ténues asomaban por los promontorios que coronaban las hoces, al otro lado del río. Emilio me ofreció su mano, nos estrechamos la mano con una fuerza inusitada. Creo que jamás unos ojos han podido transferir más gigas de información en apenas unos segundos, que los nuestros en aquel instante. Íbamos a apagar el camping.gas para descartar que los destellos fueran un efecto óptico por estar tanto rato pegados a su luz. Pero suponía quedarnos a oscuras en aquel priorato, y nuestras miradas silenciosas gritaban que los ténues destellos perfectamente podrían ser las almas de los eremitas de las cuevas; que algo incluso peor nos ocurriría si decidiesen cruzar el Duratón, porque no lo harían precisamente nadando, sino que se dirigirían volando sobre las hoces hasta el punto donde nos encontrábamos, habría que fijarse en qué momento una primera luz nos pareciera que “flotaba” en el aire en vez de seguir la cota del horizonte; que si venían por propia iniciativa, o estaban siendo reclutados por los cadáveres de los monjes de la cripta que yacían bajo nuestros culos. Ríanse ustedes si quieren, pero al apagar el camping-gas las luces allí estaban otra vez.


Psicofonía en la cripta del Duratón II

julio 10, 2009

Así como ahora la gente se niega a quedar o viajar con descoñocidos, en mi época se montaban las excursiones de improviso, precisamente para convertirnos en coñocidos, aquellos que no nos coñocíamos de nada. Venía uno y nos decía: “Oye que dicen unos de Hortaleza que si nos vamos con ellos a La Pedriza”, y dicho y hecho: a la vuelta las dos pandillas de los dos barrios ya éramos como una piña. La ocasión se daba por buena para aumentar una banda de barrio. Puede que por eso haya tanta gente en Facebook que se sorprende cuando les agrego “para” conocerles. Dicen “Pero si no te conozco de nada”, y yo respondo: “Coño, por eso mismo, si las redes sociales no sirven para socializarnos, no sirven de nada”.

El coraje también es ajeno a estos tiempos que corren, así como la natural confianza. Recuerdo hace un par de veranos, tomando de postre un helado en Sagunto, seis personas (distinta procedencia, distintas edades, distinto todo) completamente calladas, Dije: “Podríamos ir a cenar a Andorra, así a los postres en vez de estar todos callados, seguro que hablamos como cotorras”. “¿Estás loco?” me dijeron, “¿Irnos hasta Andorra a estas horas, así, sin pensar?”. Al rato ya estábamos en la autopista dirección Reus. Y efectivamente, aquella noche en Andorra tras la cena, la tertulia fue de lo más animada. La mitad de aquellas personas no se habían atrevido jamás a hacer una cosa igual, en mí es algo inherente a mi demencia senil. No es que viajar sea una terapia, es que en el fondo, tenemos un miedo terrible a nuestra libertad. Emilio y yo, no nos conocíamos de nada, y nada teníamos en común: nos hicimos inseparables en el colegio porque ambos adorábamos el medioevo. Por eso queríamos ahora entablar “amistad” con los benedictinos enterrados en las Hoces del Duratón, pero lo que no sospechábamos es que se iban a interponer los templarios..

Emilio y yo salimos hacia Segovia a las seis de la mañana. Radio-cassette, cinta virgen sin ni siquiera retirar el precinto plástico en que venía cuando la compramos la tarde anterior, y poco más. Camping-Gas porque, aunque en las películas siempre hay una ráfaga de viento que apaga las mechas en los momentos de más pavor, los campos de fuerzas telúricas suelen inutilizar los aparatos eléctricos. No obstante me llevé dos linternas, si quiera para cuando hubiera que empezar a bajar a aquella cripta en la que, se decía, las lápidas de algunas sepulturas ya estaban rotas.

En el autocar de La Sepulvedana íbamos repasando nuestra bitácora, en la que habíamos anotado todo como si de un viaje espacial se tratara. Y al igual que en las re-entradas en la atmósfera tras un viaje a la luna, teníamos un sólo plan para la ida, pero varias opciones para bajar escapar de aquel monasterio según nos fuera aquella – para nosotros- auténtica noche de Valpurgis. Al aproximarnos a Sepúlveda, la fantasmagórica imagen de las hoces a lo lejos, hizo que se nos acelerara el corazón. Dejamos un sobre lacrado (éramos geniales, de verdad jajaja) en el Hostal del pueblo, donde se recogían nuestras últimas voluntades y la verdadera intención de nuestro viaje. Le dijimos a la mujer que nos atendió que si al dia siguiente a las 12 del mediodía no habíamos aparecido que abriera el sobre y ella ya sabría lo que tenía que hacer. Hecho esto, sólo nos quedaba bajar al río a estrenar la lancha.


Psicofonía en la cripta del Duratón

julio 9, 2009

Madrid, julio de 1977, son las cuatro de la tarde en el reloj del andén del metro. Me instalo, aburrido, en uno de los asientos de la izquierda de un vagón semivacío. Silencio. En la siguiente estación se abren las puertas y entra un tipo que al reparar en mí exclama: “¡Tú, rata inmunda, la has cagao!”. Era Emilio, antiguo compañero de clase, teníamos una cuenta pendiente que saldar. En los asientos de la derecha del vagón, abrió rápidamente un cuaderno y escribió compulsivamente una nota que, en silencio y tras incorporarse lo justo para pasármela, estampó sobre mi pecho. Ponía: “La tengo”. Hice un gesto reclamándole el boli que me lanzó certero. Escribí lo más rápido que pude: “¿Pelas?”. Le entregué la cuartilla aplastándola sobre su pecho, y le pasé el boli cuando me lo pidió, de igual modo que él me lo había lanzado a mí. Escribir y entregar: “500 pts”. Esta vez se pasó un pelín al estamparme el papel de marras. Le reclamé el boli de nuevo y en el poco espacio que quedaba para escribir le metí la puya: “No tienes cojones”. Antes de que le diera tiempo a escribirme su respuesta, se abrieron las puertas del vagón. Nos bajamos en la parada tan a prisa como si se hubiese iniciado para nosotros una cuenta atrás. “Es justo la que necesitamos, hinchable, dos plazas, suficiente para alcanzar la orilla del monasterio”. Nos cambiamos de andén mientras le decía: “Macho, lo peor va a ser que mis padres aflojen las 500 pesetas”. Emilio me dijo:”Déjalo en mis manos que soy especialista en dar pena a las madres” A lo que yo repliqué: “Nosotros sí que vamos a dar pena, cuando aparezcan nuestros cadáveres en aquella cripta, con los ojos desencajados y más secos que la mojama”, y por las mismas nos dispusimos a regresar cagando leches a mi barrio. Así, como si no hubieran pasado tres años desde la última vez que nos vimos, Y es que, aquella excursión a las Hoces del Duratón para realizar unas psicofonías en la cripta abandonada del Priorato de San Frutos, la teníamos pendiente desde la escuela elemental. Aquel encuentro fortuíto de dos críos locos, que urdieron la aventura en lo que da de sí una parada de metro, haría que aquel verano les dejara un espeluznante recuerdo para el resto de sus vidas.

Nuestro pensamiento científico nos había desencantado de Erick Von Daniken y de Jiménez del Oso. Por ejemplo, si en todos los lugares donde se cometieron asesinatos durante la guerra civil tuvieran que aparecer caras como las de Bélmez de la Moraleda, las cocinas de España lucirían unos estampados de órdago. ¿Porqué todo lo paranormal es siempre un relato en pasado?. Iker Jiménez pasaría mucha hambre si no se hubiese dedicado a la re-edición de las historias de Jiménez del Oso, Von Daniken, etc. Nosotros buscábamos tener una experiencia actual y propia. Nuestro bagaje cultural hundía sus raíces en la literatura y no en fanzines del sector. Tradición oral, en el caso de Emilio, cuya familia era toda ella gallega y se sabía un par de buenas tradiciones, Edgar Alan Poe (sí, en aquella escuela no leíamos a Harry Potter ni SuperKika ¡Laus Deo!), y servidor -siempre más modesto- que me aterrorizaban las Leyendas de Bécquer, leídas a la luz de una vela por aquello del Zeitgeist. Y es que no toda verdad ha de ser científica: el conocimiento, aun no siendo ciencia, contiene su propia verdad.


“Yo nunca seré judío”

junio 28, 2009

Lo soez impregna no pocas veces el discurso del enemigo: tú echa mano de la cultura. Empiezo esta curiosidad de la historia por el final. Kristian Cvetkovic es el primer niño europeo que con apenas 14 años interpretó al piano, como solista de la Orquesta Sinfónica de Lugano (Suiza), el Concierto nº20 en D menor, opus K466 para piano y orquesta, de Mozart. Su hermano pequeño era videoblogger (sí, el hermano pequeño de un niño de 14 años) . Grababa sus audiciones en casa con su cámara de video, y luego las colgaba en internet. Claro, al ser gente culta, estos niños no salen en los blogs ni de coña, pero no pasa nada ustedes ya me entienden.. 😉

El Chopin de Arthur Rubinstein (judío) y Vladimir Horowitz (ruso y homosexual) tiene consenso general como el mejor Chopin. En cierta ocasión a Rubinstein le preguntaron al respecto de su competencia con Horowitz, qué hacía falta para ser el mejor. Arthur Rubinstein respondió: “Para ser el mejor hay que haber nacido judío u homosexual”. Esto último iba dirigido a Horowitz.

Aquella tarde en clase, aprovechando que a uno de sus alumnos le habían señalado como mejor pianista de la UE, el profesor “aprovechó” para contar a sus alumnos la “genial” frase de Arthur Rubinstein: “Para ser el mejor hay que haber nacido judío u homosexual”.

Conforme iban creciendo las risitas a su alrededor, y las miradas se clavaban en él con más malicia, el muchacho se puso en pié y mirando a su profesor exclamó con voz grave, mezcla de infantil heroicidad y lamento: “Yo nunca seré judío.”

Como siempre en este blog, les dejo una opinión totalmente distinta a la mía: la de Martin Varsavsky que opina que el problema lo tienen los judíos exitosos, a causa del antisemitismo.

Este es Kristian Cvetkovic que el dia de mi cumpleaños cumplirá los 18, e interpretaba a Chopin así de bien a los 15 años:


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