Aquel 22 de septiembre en que creí morir

Septiembre 21, 2008

De cómo a cierta edad, la vida nos compensa la falta de energía que nos produce la caída de nuestras hojas (nos vamos quedando cada vez más solos) es aún hoy, un misterio para mí. He releído todo lo que durante estos años había escrito en fechas como la de hoy: creo que las horas dedicadas a este blog han merecido la pena. Estoy en esa “serenidad” con la que algunos sustituyen la palabra felicidad; estoy serenamente saciado de cuanto podía desear en mi vocación de blogger antibloguero. Igual que vine a sabiendas que sería para quedarme, sabía perfectamente lo que nunca aceptaría ser.

Y es que, de porqué las metas marcadas cada 1 de enero (¿recuerdan ustedes las suyas?) no se han hecho realidad, pertenece más al mundo de la sensualidad y el que, por internet, a mí no se me puede enamorar. La utopía ahí queda, pero en nada desmerece que de ser un excluído social sin techo, sin familia, y sin esperanza de solución, en tres años la vida me ha rescatado, devuelto a quienes más quería, y yo he disfrutado -al contarlo- de cada una de las horas que junto a mi blog he pasado. Sin ustedes nada; sólo con ustedes fue posible; este infinito milagro se hizo realidad. Gracias, muchas gracias.

The Crossing, el juego

Vanessa Maers, Buterfly lovers


Jesús, María y José

Septiembre 19, 2008

Mira, dí “Jesús, María y José” y verás como ni te enteras. La voz de nuestras madres se tornaba plañidera como si maullara un gatito, el cuerpo lleno de sonrosadas huellas del forcejeo, la cama deshecha que parecía un campo de batalla: “Jesús, María y José” y nos lo bebíamos todo de golpe. -”¡Muy bien! ¿Ves, lo ves tú?. Ahora quédate quietecito, no te muevas, no pienses en ello, la mamá va a hacer que la habitación esté a oscuras”, decía melosa adrezando la cama. “¡Si vomitas te mato!”, nos decían cambiando el gesto y sobre todo el tono de voz en milesímas de segundo… Tal les duraba la congoja que habían fingido. 

La ciencia adelanta que es una barbaridad, tanto que parece ya pura magia. En las casas ya no se recomiendan purgas, el primer dia de clase ya no es -dicen- una experiencia melancólica para los escolares más pequeños. Ahora bien, en la vida de las personas quedan todavía muchas purgas que tragar, más que antes, incluso, al menos cuanto más viejo me hago con más claridad lo veo así. Y estas experiencias de “O lo tragas o te lo tragas” , no cabe taparse la nariz, esconder la cabeza bajo las sábanas, o cerrar la boca con tozudez, ni refugiarse en la compasión de las ayas o nuestras madres.

Cuántas veces, cuando quiero emprender alguna cosa que me parece terroríficamente difícil, me acuerdo de mi madre y de aquella invocación, cuyo significado tardé algunos años en comprender. Para mí siempre había sido una palabra cabalística sin sentido que pudiera relacionarla con la ingesta de una purga: a mis oídos sonaba como un “Ábrete Sésamo” de los 40 ladrones o el “abracadabra” de los brujos de los relatos infantiles en noches de otoño con el viento silbando en mi ventana. Así pues, cuando tengo alguna dificultad, y sólo para mis adentros, en voz baja si hay gente delante, y a plena voz cuando estoy sólo en casa o conduciendo el coche digo, y ahora dicho bien: “Jesús, María y José”, como niño que se enfrenta a su primer dia de clase.


Las madres del ayer

Septiembre 16, 2008

Faltaba por utilizar una temible apelación que a nuestras madres nunca les fallaba: “¿Quieres que se lo diga tu padre?”. No, quiero decírselo porque te matará y a mí también por consentidora, que !toda la culpa la tengo yo, solamente yo!. Si esta mañana tu hubiera llevado arreando a la escuela no estaría pasando este sofoco. Acababan llorando; bueno, haciendo que lloraban tapándose la cara con las manos y haciendo gemidos que ya conocíamos de otras veces. Pero, curiosamente, a los niños de antes nos bastaba ver a las madres hacer semejante amago de llantina para que se nos rompiera el corazón y, temblando de miedo y fastidio accedíamos a sus requerimientos al fin. Años más tarde las psicólogas “modernas” prohibieron a nuestras madres utilizar ese recurso de amago de llorar. Lo tacharon de chantaje emocional ¡pernicioso para los dioses-niños! y claro, así les va ahora a las pobres madres.

Sentados en la cama (¡qué frío notábamos en la espalda!) nos envolvían cuello y brazos con uno de aquellos delantales de tela de saco, que usaban para llevar la tierra, porque la experiencia dictaba aquella especie de precauciones para la defensa de la pulcritud del dobladillo de la sábana. Acartonado de almidón del que sobresalían los “granos”: barrocas letras con las iniciales de nuestro nombre, escritas en hilo rojo.

El miedo, el deseo de quedar bien delante de nuestras madres, tan queridas a pesar de todo, el terrible fantasma de un padre indignado, hacía que al final nos hiciésemos el ánimo para el sacrificio. Pero el estómago y toda la parte irracional presentaba una dura resistencia y la garganta se cerraba desobediente a la orden de nuestra mente cuando se acercaba a los labios el tazón sanguinario.

Nuestras madres tenían alternativas de suntuosa melifuidad y de drásticos espartanismos y mientras “aquello” iba enfriándose y el aceite de ricino subía a la superficie, había una tregua en la lucha, con tal de que la chucharilla intentara de nuevo mezclarlo con el café y así se pudiera conseguir la imposible emulsión.

Al fin, después de la última batalla, que duraba medio día, nos aveníamos a acabar de una vez, cansados y aburridos, convencidos de que nuestra lucha era inútil. Frente a la dura realidad de aquella fe en la bondad de las purgas -nuestras madres eran el más claro ejemplo de ese credo- estaba nuestra resistencia a engullir el brebaje cesaba.

Сергей Рахманинов Variation nº 18. Rhapsody on a theme by Paganini


Las tetas de las ayas eran nuestro consuelo

Septiembre 14, 2008

No había transcurrido una hora desde nuestro despertar cuando se encendía la luz de la habitación, o se abría de par en par la ventana llenándola con su insolente iluminación de los pre-otoñales rayos del sol. Nuestras madres aparecían con la temida tacita, campaneando dentro la cucharilla que removía continuamente el aceite de ricino, con un imposible empeño: hacer que se mezclara con el café, que lucía por encima “medallones” de grasa flotante.

El primer movimiento instintivo, era taparnos cabeza y todo al ver aparecer la temible poción. Primero era a las buenas, con besitos y ñoñerías; intentaban convencernos diciendo que aquello era bueno para la salud e  incluso que no hacía mal gusto: en la cocina lo habían probado ellas y no tenía gusto a nada. Mentían sin escrúpulos.

-¡Ah!, de modo que…¿no te lo crees? -decían haciéndose las ofendidas por nuestra falta de confianza. Cuando la cosa se iba poniendo peor, pedían a gritos la ayuda del servicio. – “¡Carmenciiín!, ¡Consuelitooo ! . Venid, que no puedo con él”. Subían las ayas (dormían en el piso) y tampoco se sacaba nada en claro. Al fín, de las amenazas se pasaba a los hechos y venían los cabezazos, los sonoros manotazos, los cáusticos pellizcos bajo el brazo -pellizco de monja, se le llamaba- hasta la intervención de las ayudantas sí, pero para protegernos a los chiquillos, que era lo que nuestras madres estaban deseando en realidad, con el corazón hecho pedazos.

- “No le pegue, angelito…” decían acariciándonos con sus mullidas y tiernas manos, apretándonos contra los delicados barrotes de la celda de sus tiernas costillas. Nuestros rostros humedecidos por las lágrimas, aprovechaban para hundirse en sus senos y aspirar el perfume de aquellas cálidas y virginales ubres donde gustosos habríamos tomado -sin problema- la dichosa poción. Las tetas de Consuelito, aquellos pezones rosados e intocables sí que eran un consuelo para mí. Ains… buenas chicas aquellas del servicio doméstico. Aquello sí que eran personas de buenos sentimientos, no como nuestras madres que tenían el corazón duro e inmisericorde, como aquellos monstruos gigantes que empezaban a poblar de pesadillas nuestras primeras y definitivamente frescas noches de otoño.

Sonata No. 6 In G Minor: Allegro


La prueba de la mano en la frente

Septiembre 9, 2008

¡Venga, venga que harás tarde y te castigarán, que ya hace un ratito que han pasado las cabritas”; me decía mi madre cuando estaba demasiado remolón. Pero, es que el ensueño de las vacaciones era tan delicioso, y ahora tan fresco el clima, el cielo anunciando el otoño, y las tablas de multiplicar tan olvidadas, que recurríamos al viejo truco de fingirnos enfermos.

Unas veces “la mare”, que no se sabía si llevada del amor por el niño del momento en detrimento del hombre que de nosotros querían hacer el dia de mañana, atendían a nuestro ruego temeroso y poniéndonos la mano en la frente, se quedaban un momento en silencio hasta que hacían el dulcísimo diagnóstico: “Sí, parece que estás caliente… A ver, saca la lengua… ¡Mira si sabía yo!. ¡Sucia, muy sucia!. Hala, no te levantes, te daré una purga…” Nos ordenaban la cama y los meneos de las sábanas y las mantas producían zonas menos calientes donde nos hacía gozo poner los piececitos.

Otros primeros dias de colegio el diagnóstico, después de la prueba de la frente, era inapelable: “¡Calla, calla!, levántate, levántate, verás que pronto se te pasa todo. ¿Sabes que el cabritillo ya come solo?. El pajarito, pobrecito, sin comer, está llamándote, animalito, pidiendo su alpiste. Mentía; mi madre mentía sin hacer mención de los lloros y restregando sin piedad, con la áspera toalla enrollada en la mano, cara y cuello, llenándonos los ojos si nos descuidábamos, de un jabón que picaba más que las guindillas.

Cuando la enfermedad era real siendo casualidad que coincidiera con el primer dia de colegio, o al menos tolerada, tampoco había felicidad completa. Pero es cierto que nos ahorrábamos el primer dia de colegio y los capones y palmetazos que nos infringía Don Manuel como castigo por la ignorancia de aquel “Parvulito” de Enciclopedias Álvarez en que vivíamos, nos movíamos y existíamos.

escuchando Partita in III fur violin solo in e no


La purga

Septiembre 8, 2008

Setembre fruiter, alegre i fester. Mi generación tuvo una infancia muy desgraciada. La vivimos en plena época de “la purga”. En aquella época todo se resolvía terapeuticamente, administrando por la fuerza una de aquellas terribles purgas: constipados, un resfriado al levantarse de buena mañana, dolores de cabeza ¡y hasta los granos y furúnculos!. Y no digamos cuando realmente se trataba de una indigestión, algo tan frecuente en aquella época, sobretodo en las temporadas de la fruta.

Ay, qué dolores de barriga causados por los albaricoques verdes, inolvidables por su agridulce sabor. Los cacahuetes recién torrados en la llanda, con los tramussos amarillos y húmedos, de piel estirada de tanto estar a remojo, amarguitos sí, pero frescos. Los nísperos dulcísimos y empalagosos, las “sorolles“, las bresquillas de piel roja, los higos con los que nos llenábamos la boca mientras no apareciera el amo del campo.

Mi madre, como todas las mujeres de antes, era inflexible en su fanática fe en la purga, panacea infalible para todos los males, convencida como estaba de que todo aquello que a los niños nos afligía era hijo en lo espiritual del pecado, y en el cuerpo, de la panxa sucia.

Aquellas mañanas de primer dia de colegio limpísimas por el viento fresco de septiembre iluminado, con aquella humedad valenciana tan nuestra que se nos mete en los huesos y de la que tanto nos resentíamos los niños. Cuando tocaban en el campanario de la iglesia las ocho de la mañana, nos despertaba la madre “inicialmente” amorosísima (a las y cuarto cambiaban su estrategia) con besitos, diciendonos, para que nos fuera más fácil abandonar el nido de la cama: “Mante, rei meu, mira la campaneta como os llama a ti y a todos los niños i niñas. Escucha como se sabe todos vuestros nombres. Joaqui-met levanta-té, Batis-tet levanta-té, Vicen-tet levanta-té, Saore-ret levanta-té, Ampa-rigües que li- diues…

¡Y era verdad que parecía que aquel demonio de campana nos conocía y nos llamaba de uno en uno con su metálica voz desde lo alto de la iglesia que el viento transportaba por todas las callejuelas de mi pueblo. Es cierto que yo no la escuchaba, como decía mi madre, llena de bondadosa y alegre obstinación, sino tan imperativa y cruel como el agua fría con que nos lavaban  se llevaba, a trozos, como delicadas telarañas,  las dulcísimas ensoñaciones que teníamos en aquel mundo venturoso de los sueños en los que no había escuela ni campanarios ni…  pero para ese momento ya era tarde. Primer dia de escoleta y la madre iba a emplear otra estrategia más contundente.

escuchaba  “País petit“, Lluís Llach


Y la policía

Febrero 6, 2008

La reunión de la mafia había comenzado con la llegada de los amantes de Gordiel (gorda ella gordo el) escondiendose de la vida tras sus eternas gafas negras. Era el revuelo ideal para iniciar el descenso del tejado y alcanzar cuanto antes la tapia del chalet de Núria. “Tristán, Sultán, vosotros os quedais aquí. Vigilad al prisionero”. Pero lo que tenía que haber vigilado era la altura considerable desde la que iba a caer. Sonaron tejas rotas por todas partes, su pierna se resintió. Aún así, el jaleo en el patinillo de la vecina con la música de pasodobles taurinos a toda pastilla, evitó que le pillaran. A duras penas alcanzó la tapia del chalet de Núria y saltó por la ventana del baño quedando a salvo, de nuevo, en el interior de la casa.

La vecina anfitriona había cogido por banda al incauto francés haciéndolo víctima de (más o menos como ésta) su peculiar forma de hablar. La negra, con su afectado francés,(más o menos como ésta) montaba uno de sus pijos numeritos con la mujer del policía, haciéndola partícipe de sus próximos proyectos de boda con el francés. Nadie podía sospechar que en la polea que coronaba el tejado, un pato, con nombre en clave “Duck 1″, estaba enviando “vía móvil” anillado a su cuello, toda la conversación. El receptor era un segundo móvil manipulado conectado al portátil de Germán retransmitiendo via wifi, que a su vez era controlado por internet por Héctor desde su casa de Valencia. Germán llamó a Héctor que le reprochó la música de pasodoble: “Lo siento Héctor, la música es cosa del policía”, y haber olvidado suministrar al pato dos cápsulas de Fortasec: “Te dije que a los patos les entra diarrea cuando se ponen nerviosos. Como se siente alguien debajo nos van a pillar McAfee”.

El gran susto se lo llevó Núria. No sólo por el golpetazo que provocó aquel bruto saltando por la ventana del cuarto de baño, con todo lo grande que era, sino al ver la sangre en los dedos de Germán: “¡Pero Germaaán!. ¿Qué significa esto?”, preguntó enfadada señalando una cagada de pato en el jersey de Germán. “¡Uy!, pues no sé, la verdad. No he tocado los patos de la vecina”, trato de disimular Germán. “Ah, ¿No?. ¿Entonces qué es ésto?”, y tomó de los alborotados pelos de Germán una pluma de pato que se había quedado enganchada. “¿Puedes explicarme qué has estado haciendole a los animales de la vecina?”. Pero mientras Germán buscaba alguna mala excusa, Núria reparó en la sangre: “¡Dios mío Germán!…¡Estás sangrando!”. Tomó sus manos y las giró para ver las muñecas. Germán hizo un gesto de dolor y exclamó airado como un viejo excombatiente incomprendido: “A ver si te piensas tú que amordazar al pato con cinta aislante ha sido pan comido”. Núria se llevó las manos a la boca y dijo horrorizada: “¡Pobre pato!”. A lo que Germán, poniendo las manos bajo el chorro del grifo, dijo con tono de frustración: “Mujeres…”.

escriba en blanco, no le denunciarán


Comfortably Numb

Febrero 1, 2008

Decía Cesare Pavese que, a partir de los 50, uno es responsable hasta de su cara. Núria estaba espléndida aquella mañana y así se lo hizo saber Germán: “Quince días sin verte pero… ¡qué coño!, aquí estás… y estás preciosa”. “Pensaba que eras tú el que me iba a quitar la costumbre de soltar tacos cuando no encuentro adjetivos con los que expresar mi descontento”, sonrió Nuria. En el equipo de música de descapotable sonaba su música preferida: “Comfortably Numb“. Germán preguntó: “¿Me dejas llevarlo yo?”. “Ni lo sueñes”, respondió ella. Él fingió llevarse una sorpresa, sonrió y al ajustarse el cinturón dijo: “Adelante, tenemos una misión en tu chalet. Y quiero que hagas una entrada triunfal, que te muestres segura, una mujer espléndida, decidida”. Preguntó Núria con gesto incómodo: “¿Qué te parece la carta que me envió el ayuntamiento?. Lo de hacer catas en mi jardín y los minerales preciosos y todo eso?”. “Héctor dice que en internet no aparece nada de esa trola. Recuerda a los sabios Núria: “la imaginación tiene sobre nosotros mucho más imperio que la realidad. Y alguien, en algún lugar, se ha trastornado con su pasado, obsesionado contigo y… hoy mismo ese misterio lo voy a desvelar. ¿Has comprado la ternera?”. Núria sonrió: “No entiendo nada, pero sí, la tu ternera para el ragut está en la bolsa de atrás”, “¡Estupendo!”, contestó Germán. “¿Sabes?, traigo en la bolsa el portátil, y llena de cables, móviles modificados, tarjetas SIM manipuladas… Es todo obra de Héctor. Ha preparado un plan genial para mí y para Sultán”. Núria se asombró: “Pensaba que odiabas los perros!”. “Sí, ya lo sé” (Sultán por si acaso se escondió bajo el asiento de atrás). “Perooo… a partir de ahora Sultán… ¿digamos que me es necesario?”.

A dos kilómetros del chalet había una gasolinera solitaria donde pararon a repostar. “¡Pídeme un café Núria, por favor!. Sultán. ¡Sultán!, vente conmigo, los hombres meamos allá”. El perro estaba desconcertado, jamás le había permitido acercarse ni lo más mínimo ni a sus zapatos y ahora estaba siendo llevado en volandas, al pecho de Germán, cubierto con sus brazos y siendo objeto de sus arrumacos. Nada más salir del alcance de Núria, Germán tiró al suelo al pobre perrito negro: “Eh chucho, súbete ahí. ¡He dicho que ahí!. Así, obedece o te capo, macho”. Se puso en cunclillas, lo miró fijamente y le amonestó con su dedo índice: “Tengo una misión muy arriesgada para ti. No puedes hablar de esto con nadie. Nada más llegar al chalet te vendrás conmigo a a dar un paseo. Bueno en realidad vamos a colarnos en el chalet de la vecina. Tenemos que averiguar qué trama la bruja esa. Pase lo que pase, ¿me estás oyendo?, pase lo que pase estamos juntos en esto. Si te pillan a ti, a mí no me conoces. Erm… tranquio, si me torturan yo también diré que no te conozco de nada”. Dicho esto, se puso a mear entre los pinos cuando reparó en que Sultán le miraba: “¡Tú qué!, ¿eh?, ¿de Miranda de Ebro?”. Pero Sultán no dejaba de mirar algo. Germán miró al perro, después se miró a sí mismo y exclamó: “Ah… es por esto… Macho es que estoy desesperado. A mi edad no puedo seguir esta marcha que lleva Nuria. Pero si todo sale como tengo pensado, esta noche por fín solucionaré también este problema: esta noche habrá sexo. Pero date la vuelta perro, que no me gusta que me miren”. Y el pobre animal, como si hubiese comprendido, se giró dándole la espalda a Germán. “Eso está mejor. El que vayamos a ser colegas no te da derecho a… ¡joder que estoy hablando con un perro!, jajaja”. Acabó y volvió a tomarlo en brazos y se reunieron con Nuria a tomar el café.

A la entrada de la urbanización se cruzaron con un coche conducido por una negra y un francés que los miró con cara de Martin Feldman. Iban discutiendo: “Ya estamos, como siempre, yo… la última en enterarme”. Germán reconoció de inmediato a la negra de haberse cruzado con ella varias veces en el último mes. Pero lo peor lo iba a descubrir Núria en cuanto giró el coche frente a la puerta de su chalet.

Alguien había colgado de la verja un cartel. Frenó en seco en cuanto leyó: “¡Zorra!”

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Domingo 27 de octubre

Enero 27, 2008
Era domingo. 27 de octubre. Diluviaba en la comunidad valenciana. El río Algar se había desbordado y Núria estaba allí, en Altea. No había querido que la acompañase y él ahora veía claro que no debía haber respetado esa decisión. Llevaba desde la mañana intentando contactar con ella. Ya era de noche, las 20:30 y aún no lo había conseguido. El N95 de Vodafone se había ido varias veces a tomar viento por encima de su escritorio, chocando con el teclado del Mac. En todas las ocasiones lo había lanzado con irritación, cada vez que salía aquella estúpida cantinela del buzón de voz. La amaba, estaba claro. No había terminado de comer por falta de ganas, se había retirado a su habitación de donde no había salido en toda la tarde, y sin embargo ni había estudiado el tocho de la universidad, ni había practicado para el exámen de piano, y había cancelado la clase de piano que daba al hijo de una vecina por temor a comérselo vivo. Odiaba la gente que se empeña en aprender a tocar el piano sin un mínimo de ternura ni aprecio por el arte musical. Pero, ¿Dónde estaba Núria?. Y sobre todo, “¿Cómo estará?”. Necesitaba saber de ella, poder escuchar su tranquilizadora voz, o de lo contrario esa noche tampoco podría conciliar el sueño. Se aproximaba otra noche de domingo, de un domingo de nada, de un domingo de vacío y un domingo de soledad.
Entreabrió la cortina de su ventana, apoyó el puño sobre el cristal y a continuación descansó la frente sobre su mano. Al fondo, y entre la copiosa lluvia, se descubría una infinidad de pequeñas luces provenientes cada una, de una casa habitada agrupadas en inmensos edificios unidos entre sí por el efecto de la perspectiva con que él los observaba. Como vectores imaginarios que confluían en el skyline que ahora observaba, lucían los puntos luminosos de la Avinguda de les Corts apenas entrecortadas por el Sorolla Palace y el Hilton. En cambio su habitación permanecía a oscuras, tan fría como su mano, como su mente; tan trágica como sus presagios. Su rostro reflejaba una serenidad admirable. Sufría, pero no desesperaba. Deseaba, pero no lo convertía en ley para los demás. Esa noche de domingo más que ningunas otras le dolía la soledad, pero inexplicablemente, era una soledad confiada. Sonaba el segundo movimiento de la sonata “Patética”, de Beethoven, cuando sonó el teléfono.

Winterreise – Viaggio d’inverno

Enero 23, 2008
Durante un instante, permaneció pegado al respaldo mientras observaba de frente a aquella imagen que el buscador le había devuelto. “¿Quién será esa mujer?” se preguntó en voz alta su madre. “¡No!, eso es lo que quiere que nos preguntemos. Pero hacerlo, sería un ejemplo de lógica equivocada, sería entrar en el guión que ella quiere que interpretemos. En cambio, si averiguo porqué lo hace, llegaré más pronto al fondo de todo esto”. Su madre no se separaba del quicio de la puerta de aquella habitación, aunque más por conocer la última palabra con la que su marido daría por zanjado el asunto, que por esperar nada que tuviera sentido de aquel loco científico que tenía por hijo y con el que -pensaba- la naturaleza les había castigado por haber cometido algún pecado antiguo. “¿Vais a estar toda la tarde mirando esa foto en el ordenador o puedo ir a hacer el hervido?”. Germán, sin despegar ojo de la pantalla alzó la mano hacia atrás haciendo un gracioso movimiento con el dedo índice: “Buena idea mamá, así invitais a Núria a cenar y hablamos del tema”. Sin apenas levantar el rostro y con voz queda exclamó su padre: “Y una mierda, con esa mujer se ha acabado el tema”. A la sonrisa de Germán frente al ordenador incluso se le añadieron sus blanquecinos dientes.Pero pudo haber sido tan sólo un espejismo, porque aquellas últimas palabras de su padre fueron un duro golpe que ni a duras penas pudo disimular.
Diluviaba en media España aquella semana de otoño, pero el jarro de agua fría que le iba a echar su madre encima no se lo esperaba. Dirigiéndose a su marido con intención de acelerar el final de aquel tema, su madre pronunció aquellas malditas palabras: “¿Le has preguntado lo del chico ese, Héctor?”. Germán se incorporó súbitamente, apretando los labios igual que sus puños que colocó a ambos lados del teclado.Pegó su frente al borde superior de la pantalla del ordenador y clavó su mirada furiosa sobre los ojos de aquel híbrido de mujer que parecían sonreir ahora, satánicamente, desde la pantalla. “Mi novia, mis padres, y ahora mi amigo. Nota mental: estás obsesionada en hacer un largo viaje en invierno, conmigo.”

“¿Y bien?”, le preguntó su padre. “Nada papá”. Permaneció un momento en silencio antes de contestar: “Los ángeles existen, es sólo que… cuando no tienen alas, les llamamos amigos”.

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Schubert-Der Lindenbaum. ciclo “Winterreise” (Viaggio d’inverno)