Con el corazón abierto en dos mitades me empiezo a escribir, que nó desnudar. Me la soplan los talibanes del “los blogs antes eran arte y literatura”, pues ya veis, hoy es lo que me sale de la entrepierna que, por cierto, no sé qué le ocurre a mi pantalón: se comporta como un paquete de palomitas dentro de un microondas a máxima potencia. Me consta que no existes, a qué engañarnos, pero te he soñado durante tantos años (18) que al probarme hoy las camisas de manga corta, he sentido la seda como si fuera la de tus manos recorriendo con ternura mi espalda desnuda. No me has besado el hombro, porque mi imaginación no da para tanto, pero me ha hecho bien sentir tu afecto más allá de las palabras. Con saliva pueden crearse mundos ficticios, pero yo la prefiero mojando mi piel y viéndote dejando surcos de humedad sobre el abandonado cuerpo de éste que te escribe, acariciar tus cabellos mientras te hundes en mis escarpadas laderas, para tu deleite y mi sinrazón.
Hubo otras tardes de primavera en Madrid. Fueron tan exuberantes en sol y amor (Madrid me puede) como lo puedan ser hoy, es sólo que apenas queda nadie limosneando ternura en el Parque de Berlín, besándose en la parada del bus de la Avenida de América y menos aún entrar en la boca del metro tomados de la mano como tú y yo, cuando aquella tarde de mayo franquea mos la boca del metro de García Noblejas como si para nosotros fueran las mismísimas puertas del paraíso. La barra a la que nos asimos era nuestro único nexo, apenas nos conocíamos. Yo de vista, cogíamos el bus a la misma hora (porque yo me había aprendido tus horarios, claro), a ti te habían hablado de mi: “ese cantautor del barrio de Hortaleza”. Cuando nuestros cuerpos se rozaban por los vaivenes del vagón mi cerebro sufría lo indecible por si es que yo me arrimaba descaradamente, o si se trataba de una casualidad, o si es que pretendías decirme que sentías amor: osea, lo mismo que yo por tí. Vamos, como ahora me ocurre con el twitter.
Bajarnos en Marqués de Vadillo sufriendo como un imbécil por si al abandonar la estrechez que nos había unido durante el trayecto, fueras a unirte a la gente de tu clase olvidándote de mi. Y el estremecimiento de mis piernas al verte en medio del grupo girar el rostro y detenerte hasta que de nuevo te alcanzaba y perderme en la inmensidad del anden caminando a tu lado. Salimos a flote. Todos vosotros del asfixiante calor del metro, yo por medio convencido que mi amor había conseguido despertar el amor en ti. (amor que no mueve a amar, no es amor).
Lo trágico de lo imprevisto, que de repente te acordabas que tenías que hacer una llamada a una amiga con la que habías quedado a cenar y ya era muy tarde, y que tenías que avisar en tu casa. Y yo (que no puedes figurarte lo imbécil que puedo llegar a ser), sintiendo un nudo en la garganta como si me fuera en ello la vida. El grupo marchando para el pub de General Ricardos, tú haciendo ademán de alejarte calle abajo y yo en medio como un gilipollas pensando si decirte en voz alta que te quería. Tu “¿Me acompañas?” sonandome como la más bella balada jamás sentida, escuchar una insulsa conversación teléfonica que ahora se revelaba innecesaria.. o sí. Me invitaste a meterme en la cabina contigo donde ya no pude evitar mirarte a los ojos y sonreirte. Mientras sacaba mi cartera para pedirte foto, número de teléfono y un cabello (todo en el mismo pack), apoyabas tu barbilla sobre mi hombro prometiendo amor eterno a la del teléfono mientras estudiabas anatomía con mi cuerpo, al tiempo que peleábamos sin convicción: yo por encontrar las únicas 100 pesetas que me quedaban para invitarte y tú por descubrir la foto de mi DNI.
Anduvimos de modo errático sin ganas de llegar a ningún lugar, yo sintiéndome el único habitante del planeta a quien todos los astros envidiaban y tú – lo confesaste más tarde- feliz por que me viste decir y hacer todo lo que siempre me negué a hacer o decir a nadie. Ya sabes, para mi amor es exclusividad: palabras nunca antes pronunciadas, gestos de cariño jamás llevados a cabo. Apenas nos mirábamaos cada media hora, esa fue toda nuestra conversación. Y acariciar inadvertidamente mi cabello cuando Madrid, a cada semáforo, te entraba por cada poro de la piel. Para servidor enamorarse siempre fue y será siempre ahogarme por Madrid, bendito atasco, sinó de qué.
Me consta que no existes y, lo que es peor… jamás volverá a ocurrir (a estas edades…), a qué engañarnos, pero te he soñado durante tantos años (18) que al probarme hoy las camisas de manga corta, he sentido la seda como si fuera la de tus manos recorriendo con ternura mi espalda desnuda. No me has besado el hombro, porque mi imaginación no da para tanto, pero me ha hecho bien sentir tu afecto más allá de las palabras. Moriré al atardecer y esperando en ti (sin acento)